FICHA TÉCNICA



Título obra El atentado

Autoría Jorge Ibargüengoitia

Dirección Rogelio Luévano

Elenco Ignacio Borges, Graciela Orozco

Grupos y compañías Vámonos Recio

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El atentado con el grupo Vámonos Recio” en El Día, 14 agosto 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El atentado con el grupo Vámonos Recio

Malkah Rabell

Ya es la tercera puesta en escena de El atentado del malogrado novelista y dramaturgo mexicano, Jorge lbargüengoitia –uno de nuestros mejores escritores fallecido en un accidente de aviación–, que presenció en los últimos diez años. Vi la obra por primera vez puesta en escena por Felio Eliel, en forma de farsa, en 1975, en la temporada popular: la segunda vez la vi en el montaje de Gurrola, en forma de comedia musical, en 1976. Y esta vez la veo en tono casi –casi– de seriedad, en el montaje del grupo teatral: Vámonos Recio, en el lejano y poco "calentado" teatro del Seguro Social, el Cuauhtémoc, bajo la dirección de Rogelio Luévano.

La que más me gustó de las tres representaciones, fue la primera, la debida al actor y director Felio Eliel, que casi rozaba la tragicomedia. La puesta que menos me interesó y casi me indignó, fue la de Gurrola, que sacrificaba el texto en aras de canciones y danzas. Y la dirección que me pareció bastante seria, pero aún Muy alejada de la perfección, fue la de este tercer Atentado, realizado por un grupo muy joven, que se dio a conocer hace unos años con el montaje de una obra de Juan Tovar, Al amanecer que luego fue filmado por Ludwik Margules, y dio muchas esperanzas –quizás prematuras–, por este juvenil conjunto.

Lo que Vicente Leñero escribió con aliento dramático, en su El juicio, Jorge Ibargüengoitia lo transformó en comedia, o mejor dicho en farsa, en su El atentado. Historia de un atentado que le costó la vida a un ex presidente en vías de ser reelecto. Un asesinato realizado por un joven católico en busca del martirio. En la obra de lbargüengoitia, el personaje asesinado con siete balazos se llama Borges, y el joven fanático, Pepe, simplemente Pepe, aunque los verdaderos protagonistas históricos son fáciles de adivinar. Y como el autor presenta a los dos bandos con igual feroz ironía, no hay medio de saber contra quién usa sus armas, y hacia quién dirige su simpatía. En cierto modo en la actual versión de Rogelio Luévano es donde se hacen claras las simpatías y antipatías del dramaturgo, tal vez por una serie de frialdad que el director impone a todo el espectáculo. La falta de pronunciamiento en favor de unos o de otros, es tal vez una virtud, pues el mejor teatro es aquel que permite a los hechos hablar por si mismos.

De lo que recuerdo de la dirección de Felio Eliel, lo mejor, lo más desgarrador resultaba el final, cuando por encima del cadáver de Pepe, los dirigentes de los dos bandos adversos se estrechan las manos y luego del brazo, uno del otro, el obispo y un ex presidente a quien todos sospechan de ser el autor intelectual del asesinato, se alejan con un encogimiento de hombros ante el pobre diablo que les hizo el juego a todos, y lo pagó con su vida, asesinado "legalmente" puesto que la pena capital no es más que un asesinato "legal". En la versión directiva de Rogelio Luévano, esa escena se lleva a cabo sin la presencia del cadáver de Pepe. Y es extraño cómo esta ausencia del cuerpo del joven asesino, no menos víctima que el asesinado, suprime gran parte de la emoción.

En general, la obra no tiene mucha unidad entre sus diversos elementos. La primera parte relata en tono de farsa un atentado sin víctimas, que sólo deja destrozados los sanitarios de un edificio gubernamental, donde un desconocido depositó una bomba. No se sabe muy bien qué relación tiene esta primera parte, bastante deshilvanada con la segunda donde el texto penetra de lleno en el argumento del Atentado y del proceso que lo sigue, que condena a la pena capital al culpable y a veinte años de presidio en las Islas Marías a la abadesa considerada cómplice.

La dirección de Rogelio Luévano trató de subrayar el tono de farsa del original, dando a la presencia de reporteros en todas las escenas colectivas, donde intervienen personajes políticos, un reflejo cirquero. Los reporteros parecen los payasos de esa, en realidad, tragedia política. El público ríe en estos episodios y en algunos otros donde el autor rechina de dientes con un humor negro, y a veces desgarrador. La obra tomada ya como farsa, ya como comedia musical o tragicomedia, no deja de ser difícil de llevarse a cabo con determinada emoción y grandeza. Le es aún más difícil conseguir tales rasgos en el presente caso, cuando los jóvenes actores son todavía muy inexpertos y carecen de la habilidad necesaria para conseguir el tono de lágrimas a través de la risa ya en las escenas humorísticas, ya en las partes emotivas. Por fortuna, en los dos papeles más importantes, los del ex presidente asesinado y en el de la abadesa, figuran dos actores invitados, Eduardo Alcántara como Ignacio Borges y Graciela Orozco como la abadesa. Ambos hacen gala de una dicción clara y de una muy buena presencia escénica y logran levantar el interés del público por su profesionalismo.