FICHA TÉCNICA



Título obra Todo se vale

Dirección Rafael Banquells

Elenco Julio Alemán, Rocío Banquells, Rafael Banquells

Coreografía Fabiola La Rue

Música Cole Porter

Espacios teatrales Teatro Aldama

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Todo se vale, en el Teatro Aldama” en El Día, 8 agosto 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Todo se vale, en el Teatro Aldama

Malkah Rabell

La vida en un barco de pasajeros es un tema bienvenido tanto en las novelas como en el cine, por el numeroso grupo de gente que se puede manejar. Las novelas policíacas lo han usado a menudo, y la televisión hasta lo ha empleado como propaganda de viajes lujosos en su serie: Crucero de Amor. En el teatro este elemento aparece con mucho menor frecuencia, y la comedia musical: Todo se vale –de cuatro autores norteamericanos cuyos nombres no vale la pena apuntar, porque nadie los conoce–, por su empleo de un trasatlántico corno marco de su acción, es bastante novedoso. Allí se encuentran, como en un hotel de lujo, la lady inglesa, la actriz norteamericana, el sacerdote, el aventurero simpático y el gangster. Como en cualquier comedia cercana a la farsa, todo el mundo se encuentra, se desencuentra, se enamora, se desenamora, y hasta varios pasajeros se casan a bordo.

Como en cualquier comedia musical, lo principal es la música. Esta pertenece a Cole Porter mucho más conocido que los autores del libreto. El programa de mano afirma, con letras mayúsculas, que se trata de una música inolvidable, pero me parece que la mayoría del público la ha olvidado antes de llegar a la salida del teatro. Probablemente lo triste de estas comedias líricas actuales, es que toda su música y todo su canto resultan grabados. En realidad no sabemos quién canta y quién mueve simplemente los labios. Los micrófonos instalados en la sala y puestos a todo volumen, se tragan al actor. A menudo ni siquiera sabemos cuál de los actores habla en el escenario, cuando –por ejemplo– un intérprete habla a la derecha y el micrófono está instalado a la izquierda de donde nos llega su voz, y cuyo dueño inútilmente buscamos entre varios personajes de la comedia, que precisamente en ese momento se encuentran en el foro.

Por lo menos, cuando de la danza se trata, no hay manera de equivocarse –por el momento–. Que Dios se apiade de nosotros y no inventen una computadora que reproduzca en el escenario a toda la compañía, mientras ésta se halle cómodamente instalada en sus casas, sentados sus miembros frente a una pantalla donde se verán a sí mismos y podrán criticar en toda libertad a sus compañeros. Por fortuna aún no hemos llegado a tales extremos. Hemos visto bailar a todo el reparto, unos un poco mejor y otros un poco peor, pero todos bailaban, hasta Rafael Banquells que no es precisamente muy ligero para mover el cuerpo. La coreografía se debía a Fabiola la Rue quien supo, de manera bastante hábil, entremezclar sus veinticinco bailarines profesionales con todo el resto de su compañía, sin que sea demasiado visible la diferencia.

Pero, lo mejor del espectáculo era indudablemente, la presencia de Julio Alemán. Siempre lo tomé por un actor dramático, y de repente me enfrento a un Julio Alemán cómico hasta la punta de los dedos; habilísimo para imitar voces y acentos diversos. En su papel de un viajero metido de contrabando en el trasatlántico, se viste e imita a los más diversos personajes: ya a un marinero cubano, a quien resulta difícil distinguir de sus demás compatriotas; ya a una mujer con su voz de dama ya entrada en años y bastante desvergonzada; ya a un gangster famoso, desde luego de origen italiano, como lo impone la leyenda gangsteril. En cuando a los demás actores del reparto, nadie se impone especialmente, aunque Rocío Banquells no deja de ser bonita y excelente cantante. A veces creernos ver en el escenario a "Evita"; sobre todo en el segundo acto cuando canta desde un balcón del trasatlántico para bendecir a las parejas que se casan.

Ante la puesta en escena de Rafael Banquells –quien además interpreta un papel cómico, él de un viejo gangster disfrazado de pastor anglicano–, no podemos menos que considerar su dirección falta de ese ritmo endiablado que distinguen a las comedias musicales norteamericanas. Lamentablemente no es lo mismo Los tres mosqueteros que Veinte años después.

Mas, este espectáculo tenía una estrella más importante que los intérpretes, la dirección, la coreografía y Cole Porter. La auténtica estrella de esta representación fue el teatro. Un nuevo teatro muy cómodo, espacioso y agradable: el Aldama, que el día cuando asistí a la función estaba casi completamente lleno.