FICHA TÉCNICA



Título obra El buque fantasma

Autoría Richard Wagner

Dirección Ariel Blanco

Elenco Guillermo Sarabia, Malcolm Smith, Myrna Bismarck

Escenografía Antonio López Mancera

Música Richard Wagner

Notas de Música Lazlo Root / director concertador

Notas de grupos y compañías Coro del Teatro de Bellas Artes

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Ópera de Wagner: El buque fantasma” en El Día, 6 agosto 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Ópera de Wagner: El buque fantasma

Malkah Rabell

Las óperas de Ricardo Wagner no son frecuentemente representadas en México. Y la que menos suele subir a la escena del Teatro de Bellas Artes es probablemente El buque fantasma, ópera romántica en tres actos, compuesta por Wagner en París, durante su estancia en la Ciudad Luz entre los años 1839 y 1942.

Es extraño cómo apenas abierto el telón, el escenario es distinto de cualquier otra época. Se diría que es diferente el color de esta obra lírica. La mayoría de las óperas tiene colores vivos, no sólo en su vestuario y en su escenografía, sino en su manera de ser. Hay en sus estructuras el rojo, el verde y el amarillo. En cambio, El buque fantasma es casi en su totalidad de color café. No sólo en la escenografía muy sugestiva de Antonio López Mancera, sino en su psicología. Ese barco que en el siglo XVIII aparece en las costas de Noruega, que surge de las profundidades del mar como un fantasma, no tiene color. Es algo oscuro y triste. Pero cuando los marineros a bordo de otro barco, el del capitán Daland, empiezan a cantar en el coro masculino del primer acto, la atmósfera se trastorna, adquiere ecos de vida y todo en su derredor se vuelve maravilloso. Por fin escuchamos música en vivo, que vira bajo la batuta del director concertador, Lazlo Rooth, en lugar de las tan frecuentes grabaciones, en otros teatros, y en otros géneros.

Igualmente maravilloso es el coro femenino del segundo acto, cuando cantan las hilanderas. Y por fin, el tercer coro, el del último acto, cuando alzan sus voces entrecruzadas hombres y mujeres; los marineros y las mozas del puerto, quedarnos trastornados. El oyente adquiere una inesperada felicidad sin saber de dónde le llega ni por qué. Estamos felices los que nos encontramos en la sala, los que escucharnos. Aunque este último acto pone punto final a la tragedia de el Holandés quien ha retado al diablo y satanás lo ha condenado a navegar por el océano hasta que encuentre una mujer que le sea fiel hasta la muerte. Y en ese tercer acto, la hija del capitán Daland se arroja al mar desde un alto y saliente acantilado, por amor al Holandés, y con este acto que se cierra con una muerte y una vida. Senta, la bella joven, hija del capitán Daland, muere por amor, y el Holandés, conocido como Vanderdechen, recupera el derecho de vivir y ser feliz, en tanto su barco maldito se hunde entre las olas. El texto termina por una alegoría: "Por tanto afán y desvelo, Dios permite que a la vez las almas –en casto anhelo– de Santa y el "Holandés" unidas vayan al cielo".

La música de Ricardo Wagner, por más trágicos que sean sus acordes, nos hace feliz por su belleza. Es como un bálsamo que aquieta nuestras penas y nuestros personales dolores. Las voces de Guillermo Sarabia en el papel de el Holandés y la de Malcolm Smith en el del capitán Daland, cuyo barco se encuentra con el buque fantasma en medio de una tormenta, dieron todo su valor a la música wagneriana. El auditorio del Teatro de Bellas Artes los aplaudió con un infatigable entusiasmo. Igual entusiasmo despertó en el público la voz y la actuación de Myrna Bismarck en el personaje de Senta, que además de su hermosa voz tiene mucha presencia escénica. Mas, personalmente, lo que más me gustó, fueron los bellísimos coros cantados por el Coro del Teatro de Bellas Artes, especialmente dotado. Quizá lo único que creaba como una mancha en el conjunto, fue la dirección escénica de Ariel Blanco que no siempre manejaba con la plasticidad debida las escenas colectivas.

Mis conocimientos de música y sobre todo de óperas son reducidos. Nunca me he permitido escribir acerca de una ópera. Pero esta vez mi entusiasmo fue tal, me sentía tan feliz de escuchar por primera vez esta hermosa ópera wagneriana, que me permití, simplemente, desbordar mi felicidad.No es la mía una opinión de profesional, sino un grito de alegría que me sale del corazón. Desde luego, por haber sido el ídolo de Hitler, debería Wagner resultarme odioso. Mas, ¿puede un genio dejar de serio porque un loco lo eligió como el máximo músico de su régimen, cuando el gran compositor fallecido en Venecia en 1983, ya no podía ni protestar, ni negarse?