FICHA TÉCNICA



Título obra Con la frente en el polvo

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Alejandro Bichir

Elenco Sergio Bustamante, Luis G. Basurto.

Espacios teatrales Teatro La Capilla del Centro Cultural Helénico

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Con la frente en el polvo” en El Día, 18 julio 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Con la frente en el polvo

Malkah Rabell

Nada más difícil para mantener el interés del público durante un prolongado lapso de tiempo, que una representación teatral con sólo dos actores en el escenario. La pieza de Luis G. Basurto: Con la frente en el polvo, lo logra casi inexplicablemente, y ha sido considerada en los años de su estreno, en 1967 o tal vez 1966, como la mejor y más ambiciosa obra del autor de Cada quien su vida. Trátese en realidad más de una situación que de un argumento. Situación que pone frente a frente a un obispo con un simple cura de parroquia quien en la época de seminarista del prelado fue su maestro, o ni siquiera tal, sino un prefecto de la escuela religiosa. "Un humilde prefecto", como el padre Terencio mismo le recuerda a su "Excelencia". Este se presenta en la pobrísima casa del cura pidiéndole que lo escuche en confesión. Y los dos actos de la obra abarcan esa extraña confesión que un "Eminencia Violeta" hace a un simple cura.

Esa confesión más bien presenta sentimientos –o falta de sentimientos– que acciones. O como el Obispo admite, goipéandose el pecho: "Acúsome padre, de no haber practicado jamás ninguna de las virtudes teologales, de no haber enjugado una lágrima, ni remediado ningún mal, ninguna injusticia.¡Acúsome de haber desperdiciado inútilmente durante más de veinte años, mi talento, mis conocimientos, en cuidar las apariencias, la máscara, sin haberme atrevido siquiera a obrar por pasión, a equivocarme noblemente, sinceramente... a entregarme a ningún otro sentimiento que no fuera mi amarga frustración de hombre, así como mi envidia y mi rencor ante la grandeza de Dios!" Me hubiera gustado –y creo que al público también– que nos demostrara con ejemplos, o por lo menos con explicaciones más amplias, esta envidia de la grandeza de Dios", que es un sentimiento bastante raro, bastante poco común. Sin duda hay muchas personas, sobre todo en política y en el Poder, que se sienten iguales a Dios, pero no creo que envidien a su Hacedor. Tal vez hasta creen que Dios los envidia a ellos.

No es un secreto para nadie que Luis G. Basurto es un católico militante. Conoce muy bien las enseñanzas teológicas, así como el mundo eclesiástico. Ese diálogo continuado a través de dos actos se realiza con mucho conocimiento de causa y con una gran economía de medios. Este "caso", pese a la ausencia de acción y de argumentos, nos mantiene permanentemente interesados (sobre todo en el segundo acto), porque desnuda las luchas de una conciencia; porque, como frente a un psiquiatra o a un psicoanalista, el prelado –el hombre en el prelado–, abre el caudal de sus combates íntimos, en tanto que su confesor descubre a menudo las razones subconcientes de su penitente. que éste no siempre está dispuesto a admitir. Esta situación de un prelado, con la frente en el polvo, ante un humilde cura quien, no obstante, le devuelve su confianza en sí mismo y en la vida, y le demuestra que aún puede hacer mucho bien a sus feligreses, no sólo como obispo, sino como cardenal, dignidad para la cual ya lo designó el Papa, no deja de ser original. Ya, he presenciado una obra donde una madre superiora discute durante todo un acto con una psiquiatra, como en Ausencia de Dios; he presenciado una pieza donde un sacerdote ya maduro discute durante dos actos con un seminarista, como en Alerta en misa; pero nunca he conocido una representación donde la Confesión de un Obispo sea el meollo del drama.

En el montaje un joven director de escena, Alejandro Bichir, dos actores, Sergio Bustamante y Luis G. Basurto, se entregan a sus personajes con mucho oficio y aún mayor disciplina y entusiasmo.Sergio Bustamante como el Padre Terencio, el humilde cura de poca brillantez pero de gran corazón, logra una creación como hace mucho no le vi. Sus diversas reacciones las realiza con una gama multiple de matices: ya es el viejito asustado y respetuoso ante la fama y el poder de su ex alumno; ya es el sacerdote que ante la grandeza de su misión adquiere una nueva fuerza persuasiva. Es ya tierno, ya severo. ¡Excelente!

En cuanto a Luis G. Basurto, no es nada fácil ser juez y parte, autor e intérprete de su propia obra. Sin duda su alta figura impone a su personaje mucha nobleza, aunque lo obliga a cierta rigidez. Desde luego entiende mejor que nadie a su propia criatura. Mas, por curiosidad me hubiese gustado ver como otro actor enfrenta al protagonista.

En una figura, muda, más simbólica que real, pero muy expresiva, Gloria Mestre realiza en forma de pantomima, el único personaje femenino.

La pieza se presenta en la Capilla del teatro Helénico. Capilla de estilo gótico, muy bella, pero bastante incómoda por las columnas que dividen el escenario de la sala, incómoda tanto para el actor como para el público.