FICHA TÉCNICA



Título obra Los niños prohibidos

Autoría Jesús González Dávila

Dirección Luis Cisneros

Escenografía Máximo Tizoc

Espacios teatrales Foro Isabelino

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Juguetes para chicos y grandes” en El Día, 28 mayo 1984, p. 22




Título obra Tablero de las pasiones de juguete. Meccano dramático I

Autoría Hugo Hiriart

Dirección Hugo Hiriart

Elenco Ramón Barragán

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Juguetes para chicos y grandes” en El Día, 28 mayo 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Juguetes para chicos y grandes

Malkah Rabell

Me han hablado mucho, y con un insistente entusiasmo, de un espectáculo que se ofrece en Difusión Cultural de la UNAM en el minúsculo teatro Sor Juana Inés de la Cruz. Obra que se titula: Tablero de las pasiones de juguete, con el subtítulo: Meccano dramático I. No sé para qué se necesita un título tan largo para además agregarle un subtítulo. Admito con toda humildad que ese título no lo entiendo, ni nunca me lo pude aprender de memoria. No obstante, ante tanto entusiasmo ajeno, hice todos los necesarios sacrificios para llegar un domingo a las seis de la tarde al lejano teatrito universitario, conseguir los boletos, y con todo respeto e infinitas ilusiones me puse a esperar el principio del espectáculo. Debo decir, otra vez con toda humildad, que de esa tan entusiastamente comentada representación, escrita y dirigida por Hugo Hiriart, no entendí nada, o por lo menos la mayor parte, y como mucha gente sencilla, me gusta el arte que entiendo, que puedo interpretar, y como mucha gente sencilla no me gusta que me tomen el pelo.

El espectáculo empezó con la aparición en el escenario de un actor llamado Ramón Barragán vestido de mujer, con un turbante en la cabeza, con la boquita pintada de un rojo vivo, y con toda la barba. De esa manera se veía perfectamente ridículo. Y no deja de indignarme el director-autor por poder en ridículo a un joven actor para divertir al público. Luego aparecieron en el escenario dos actores que, según parece, eran dos ciudadanos de la antigua Roma, que llevaban una túnicas con metros de cola. Esos dos romanos decían chistes que debían provocar la risa del honorable público. Mas, tal cosa sucedió en contados casos. Al observar a los espectadores en mi entorno, veía que la mayoría se aburría igual que yo.

Resultado, lo único de mi gusto fueron algunas frases del programa de mano, escritas con letras tan minúsculas que únicamente alguna que otra frase se podía descifrar, como: "juguete, una cosa para jugar. Con frecuencia un instrumento usado en un juego" ¡De acuerdo! En cambio estoy menos de acuerdo cuando el mismo programa afirma: "El que piensa, es un esclavo; el que juega es un Dios". Entonces hay muchos dioses. Más dioses que esclavos.

Los niños prohibidos

En esta pieza de Jesús González Dávila no intervienen juguetes, pero intervienen niños como protagonistas, en sus elementos que más interesan a los adultos. En Los niños prohibidos, en realidad no son los niños los prohibidos, sino que éstos "tienen" casi todo prohibido: jugar, inventar, fantasear, mentir, con esa mitomanía peculiar de la naturaleza infantil de su magia.

Son tres historias acerca de sendos casos de la niñez: un niño con su padrino; una niña con su padre; y otra niña con su enfermera. Al principio fue el caos: con la música desatada por los micrófonos a todo volumen en una de las salas del Foro Isabelino, que ya de isabelino no tiene nada, donde parejas de jovenzuelos, en el centro del supuesto escenario, y casi a oscuras, bailaban rock. En esta casi total oscuridad, entraba el público tropezando con multitud de objetos de la caótica escenografía, debida a Máximo Tizoc, que sin embargo es un excelente escenógrafo. Al tratar de encontrar las escaleras por donde trepar a los asientos, más de uno tropezaba y sólo por milagro no se caía. Todo muy realista, hasta la copa de cuba-libre ofrecida a la entrada, como si se tratara de un Night-Club. ¡Sí! Todo muy realista, con la escenografía prolongada por toda la sala entre el público, pero muy desagradable y hasta peligroso.

Por fortuna, a los 10 ó 15 minutos, quedó silenciada la música y empezó el drama de Jesús González Dávila, a quien no pocos conocemos como el autor de Polo pelota amarilla y Fábrica de juguetes, piezas donde también los niños –representados por actores adultos, como en el presente caso– son los protagonistas. También en Los niños prohibidos, como en sus anteriores dramas de la infancia, el autor emplea un lenguaje poético, como misterioso y fantástico. Sobre todo lo hacen los personajes infantiles.

En su introducción al programa de mano, Hugo Argüelles dice: "... el contrapunto de los tres conflictos en las correspondientes historias, queda establecido entre la magia y la fantasía de esos niños operando a través de sus particulares sensibilidades y el radicalismo pragmático condicionado y "cuadrado" de los supuestos modelos y prototipos de un..."Orden". Ya no se puede agregar nada a ese análisis de los niños de González Dávila. Aunque se me hace un poco exagerado hablar de un "orden" dedicada a dominar al mundo infantil como si fuera una Sociedad Secreta. A menos que realmente Dávila emplea las figuras infantiles como símbolos, bajo cuya máscara se ocultan y se debaten los adultos.

Tres historias: la de un padrino que odia las mentiras y el secreto mundo de fantasías de su ahijado. Mas, pese a los golpes y a los castigos, el niño no cede. El segundo episodio enfrenta a la "niña mala", la que se vuelve mala debido a la incomprensión de un padre burócrata. Y el tercer episodio, creo que el mejor de los tres, presenta el caso de una niña enferma, tal vez algo anormal, que ha de pasar la noche bajo la vigilancia de una trabajadora social. ¿Por qué trabajadora social, cuando en semejantes casos se recurre a una enfermera? Todos esos jóvenes actores son aún bastante inmaduros en su oficio. Pero, el director, Luis Cisneros ha logrado sacarles lo mejor de sus posibilidades. En cuanto a la obra, me parece la mejor de González Dávila, y tal vez la dirección de Luis Cisneros le impuso una fuerza dramática muy especial, pese a los 15 primeros minutos "musicales".