FICHA TÉCNICA



Título obra Don Quijote murió del corazón

Autoría Federico S. Inclán

Dirección Julio Castillo

Elenco Sergio Kainer, Alfredo Sevilla

Espacios teatrales Teatro La Cuidadela

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Un estupendo trío: Inclán-Castillo-Kainer” en El Día, 14 mayo 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Un estupendo trío: Inclán-Castillo-Klainer

Malkah Rabell

Es un texto difícil, el de Don Quijote murió del corazón, de Federico S. Inclán, dramaturgo mexicano fallecido hace 3 años. Para entender mejor la representación que bajo la dirección de Julio Castillo se estrenó en el teatro La Ciudadela, conseguí el original y me pasé la noche leyéndolo. Y ahora me encuentro entre dos fuegos, entre la espada y la pared. Después del estreno, sólo tenía que entender el espectáculo. Ahora he de entender también las palabras originales del autor. Por fortuna nadie ha sido traicionado. Julio Castillo, con esa maravillosa imaginación plástica, que casi pertenece a un pintor, ha conservado fidelidad a la mayor parte del texto, agregándole una fuerza trágica, que subrayó la extraordinaria actuación de Sergio Klainer. Entre ambos, director e intérprete, han transformado, tal vez inconscientemente, la "Farsa Dramática" tal como llamó a su obra el autor, en una tragicomedia, que hubiese sido, seguramente muy del agrado del dramaturgo, de vivir éste y poder presenciarla.

El ingeniero Federico S. Inclán fue un hombre muy inteligente y muy culto. Esa inteligencia y esa erudición, se capta muy de prisa a la lectura de Don Quijote murió del corazón, drama de un personaje de nuestro tiempo, enloquecido, creyéndose la encarnación de Miguel de Cervantes y de su máximo héroe: el Quijote. A Federico S. Inclán, lo consideraban sus propios colegas como el autor teatral más dotado profesionalmente en México, que escribía con la misma facilidad el drama como la comedia, pero que nunca escribió obras literarias, como novela o cuento. Mas, da la extraña casualidad que algunas de sus 34 obras, entre dramas, comedias, melodramas y monólogos son más literatura que teatro, y resultan precisamente sus mejores realizaciones, como La muerte de Sócrates y Yoshua. En cuanto a Don Quijote murió del corazón, nunca fue representada ni publicada, y tal vez el autor la consideraba todavía inmadura para el escenario, esperando algún momento de inspiración para darle los últimos retoques. Sobre todo retoques al personaje del doctor Manuel Huerta-Sancho Panza, que parece aún incompleto.

Muchos han sido los artistas que han dejado obras incompletas y han sido otras manos y otras imaginaciones que le han puesto el punto final. Esta vez le ha tocado a Julio Castillo semejante tarea. Desde el principio, desde las escenografías, se siente la mano del director. Ese ambiente que más parece una cárcel que un hospital y un sanatorio, impresiona dolorosamente. El primer acto se inicia con la "marcha de los monstruos", la marcha casi militar de las afanadoras con las cabezas y los rostros introducidos en las cubetas vacías. Algunas otras escenas debidas a la imaginación del director, como la batalla de Don Quijote con las afanadoras, resultan muy sugestivas. Pero cuando el Quijote-Klainer se levanta de su cama de enfermo mental a quien atosigan con inyecciones, y empieza a dar vida a su personaje, su interpretación se impone al ambiente, a la atmósfera, y su presencia en el escenario deja en suspenso a todo el público.

Es imposible describir todos los detalles de la actuación de Sergio Klainer. Es una presencia que nada tiene de cómico, y en cambio mucho de trágico, aunque sea un demente que se refugia en su locura con apasionamiento. Siente que fue un don nadie y ahora es un poeta. Y Klainer, desde su figura alta y delgada, hasta sus parlamentos, que constantemente pasan de la realidad de un hombre moderno a la de los sueños del héroe de Cervantes, crea una imagen trágica, la de un nuevo Don Quijote. Creo que Sergio Klainer ha encontrado en su presente papel a su mejor creación. ¡Fue extraordinario y dejó en la sombra a todo lo que había en su torno!

No le fue nada fácil sostener la competencia con el Quijote al personaje del doctor que interpretaba el excelente actor Alfredo Sevilla. Más que el texto original, fue el director quien trató de imponer a Sevilla la doble personalidad del psiquiatra y del escudero, buscando para ello una actuación muy especial. Según mi opinión personal, después de la lectura de la obra, el médico debe ser, simplemente, una persona muy inteligente, que desde el inicio del espectáculo, emite teorías de la nueva psiquiatría, como: "...aquí no hay demencia. Sólo hay personas que como usted, son diferentes de la inmensa mayoría de las gentes..." Y ese médico inteligente le hace el juego a su paciente hablándole de tanto en tanto como si fuera Sancho Panza. Un médico que se da perfectamente cuenta que su enfermo no quiere curarse de una locura que le hace feliz y le da una importancia que como persona cuerda no tenía. Y según dice el psiquiatra: "No hay peor enfermo que el que consiente su enfermedad como cosa preciosa.. ." Creo que la mejor manera de interpretar a ese psiquiatra de la nueva escuela, a ese médico-Sancho, es dar de él una imagen de profesional comprensivo, que se da muy bien cuenta de que "toda su ciencia se estrella contra tan singular testarudez". Y aunque diga: "¿Debo volverme loco para curar a un loco?", no deja de ser cuerdo.

Interesantísima representación, que seguramente hubiese encantado y dado unos años más de vida a su autor, Federico S. Inclán.