FICHA TÉCNICA



Título obra Lou Andreas Salomé

Autoría Enrique Luis García

Dirección Julián Pastor

Elenco Anna Silvetti, Eva Calvo

Escenografía Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Lou Andreas Salomé en el teatro universitario” en El Día, 18 abril 1984, p. 20




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Lou Andreas Salomé en el Teatro Universitario

Malkah Rabell

En el transcurso de los últimos años, hemos podido presenciar en el teatro de México y entre los dramaturgos mexicanos, una tendencia a llevar al escenario a mujeres famosas, sobre todo por los amores que tuvieron con personalidades célebres. Después de Tina Modotti y de Antonieta Rivas Mercado –que realmente tenian poco de interesante– le toca el turno a Lou Van Salomé Andreas [sic], "vampiresa cosmopolita", tan poco importante como sus colegas anteriormente mencionadas. A nadie se le ocurre escribir sobre la Krupskaya –pongamos por caso– la esposa de Lenin, una personalidad de luchadora política cabal. pero sacan a relucir a Tina Modotti, una fotógrafa algo menos que mediocre. Por fortuna Madame Curie tuvo no pocos biógrafos, y entre nosotros un dramaturgo como Federico S. Inclán, dedicó un drama a Frida Kahlo que además de mujer con vida trágica, era una gran pintora.

En cuanto a Lou Andreas Salomé –tal como ella misma firmaba–, era la hija de un general del imperio ruso, nacida en San Petersburgo en 1861 y fallecida en Gottingen, ya bajo el régimen nazi, en 1937. Se la considera como una feminista activa, pero esa sobre todo una activista en el campo de su propia femeneidad, preocupada en atraer cuantos hombres célebres se la ponían en frente, Según el autor de la pieza, el polítólogo Enrique Ruiz García –él mismo muy conocido entre nosotros con otro nombre–, Lou Van Salomé llevaba su femenismo hasta negar la "posesión de su cuerpo" a sus enamorados más célebres, como Federico Nietzsche y Paul Ree, y su vida matrimonial con el profesor de lenguas orientales, Carl Andreas, tue del todo platónica. Ella aseguraba que no podía pertenecer a nadie por orgullo femenino. ¿No sería más bien por frigidez, o por miedo al sexo? ¿Y hasta –quizá– por algún impedimennto patológico? Es también posible que fuera lesbiana que aún no lanzó el grito de liberación. ¡Una lesbiana inconsciente! En esa clase de mujeres se da el deseo de conquistar a los hombres para demostrar su poder de coquetas, que pueden pero no quieren ser de nadie.

Muchos hombres que la amaron no dejaron de ver su auténtico carácter. Nietsche la llamó "gata narcisista"; Sigmund Freud sospecha en ella a un animal de presa; y la hermana de Nietzsche, Elizabeth, la acusó de aprovechar a todos los hombres célebres que había conocido. En realidad ninguno de esos reproches era gratuito. Lo que extraña es que Freud –de quien Lou Salomé llegó a ser la asistente, dedicándose luego a atender a sus propios pacientes–, no fue más allá del orgullo feminista para buscar en la conducta sexual de Lou una mayor lógica. De todos modos, lo que interesa mayormente en la pieza de Ruiz García, no es la figura de Lou Andreas, sino las de los hombres famosos que la rodearon: Nietzsche, Paul Ree, Freud, María Rainer Rilke. Lástima, que el dramaturgo no logró –o no quiso– crear y ahondar en el ambiente, en la atmósfera donde evolucionaba su heroína. Un ambiente de una época donde estaba muy de moda el cosmopolitismo entre las clases privilegiadas.

La obra –probablemente la primera en la carrera de Enrique Ruiz García, más dedicado al periodismo político–, busca un formalismo novedoso. Todos los protagonistas permanecen constantemente en el escenario, sentados cada uno en una silla que lleva en el dorso inscrito el apellido del personaje. Y la heroína habla ya con uno, ya con otro, sin tomar en consideración las diferenciar, de tiempo y de lugares, empleando parlamentos que lanzan una luz didáctica sobre el carácter de cada protagonista. El director de escena, Julián Pastor, logró imponer un mayor orden, una máxima unidad dramática a los parlamentos en cierto modo caóticos, y darle cierta unidad a toda la obra. La escenografía, de Gabriel Pascal, única a todo lo largo de dos actos, es muy funcional y da una idea de conjunto sin señalar un determinado ambiente. Los actores son casi todos jóvenes, salvo uno o dos protagonistas. Anna Silvetti, como Lou Andreas, cumple con su cometido, sin llegar a grandes honduras artísticas. Lo mismo sucede con todo el reparto. La única actriz conocida en este conjunto de actores universitarios es Eva Calvo. y su profesionalismo se nota de inmediato. La representación la pueden ver en el teatro universitario Juan Ruiz de Alarcón.