FICHA TÉCNICA



Título obra Ausencia de Dios

Autoría John Pielmeier

Dirección Enrique Gómez Vadillo

Elenco Marga López, Teresa Rivas, Blanca Guerra

Escenografía Federico Sánchez

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Ausencia de Dios: drama original” en El Día, 14 marzo 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Ausencia de Dios: drama original

Malkah Rabell

Por fin, nos toca ver un auténtico drama, que NO hace reír a los espectadores. La tendencia y la moda de las bautizadas "comedias dramáticas" han acostumbrado a los asiduos al arte teatral a reírse ante los más trágicos sucesos y los más desoladores problemas. Los productores y la mayoría de la gente de teatro ha llegado a convencerse de la imposibilidad de éxito sin risa, sin diversiones. Ausencia de Dios demuestra todo lo contrario. Mantiene al público en tensión a todo lo largo de dos actos. pese a la poca acción, a los largos parlamentos, y a la falta total de comicidad.

Drama de John Pielmeier, ignoro si el autor es norteamericano o inglés. Hasta ignoro si es católico. Aunque la obra se halla situada entre los muros de un convento. Las obras teatrales que suceden en una Casa de Dios, no abundan (sólo se me ocurre pensar en Pueblo rechazado de Vicente Leñero, donde los protagonistas son todos masculinos; y el drama de Georges Bernanos: Las Carmelitas). Las discusiones entre una madre superiora y una médica psiquiatra tampoco son frecuentes, Y el dramaturgo parece no estar muy convencido de las razones ni de una, ni de la otra. Hasta el final permanece ante una interrogante: ¿La víctima es una santa o una loca? ¿Sincera o mitómana? ¿Convencida de sus afirmaciones o comediante? ¿La mató la disciplina religiosa o pusieron fin a su vida las interpretaciones psicológicas, la falta de fe en todo lo ajeno al realismo más desalmado que distingue a los psicoanalistas?

En el escenario tres excelentes actrices que nunca vimos juntas: Marga López, María Teresa Rivas y Blanca Guerra: La primera durante mucho tiempo estuvo ausente de los escenarios capitalinos, y volvió más o menos hace. dos años; Asimismo María Teresa Rivas estuvo ausente desde bastante tiempo. En cuanto a Blanca Guerra, es una muy joven actriz que pese a su juventud vence todas las dificultades de un papel extremadamente complejo. Un personaje que no debe convencernos ni de su locura, ni de su santidad. De cuyas razones y confirmaciones duda el propio dramaturgo. En cambio convence a todo el público de sus virtudes de actriz y de su auténtica belleza, con su silueta tan esbelta que parece transparente, como lo parece su pálido rostro. Las tres actrices hacen gala de una muy clara dicción, pero es sobre todo María Teresa Rivas que la tiene perfecta, no se pierde ni una frase, ni una palabra. En el papel de la Madre Superiora, la Sra., Rivas es toda una señora gran actriz. Su alta figura y su rostro sereno, imponen respeto. En cuanto a Marga López, es ya intérprete que hizo sus armas en los más diversos escenarios y nada nuevo podemos decir de ella.

Desde algún tiempo he leído varias críticas de algunos colegas, sobre todo los jóvenes (y algunos de edad) que reprochan a los actores mexicanos su falta de dicción elaborada. Lo que se me hace raro. Es cierto que hace unos veinte o quince años, los actores nuestros hablaban con menos perfección, y algunas veces se me perdían los detalles. Pero ya es historia antigua. Actualmente no se me perdió pormenor alguno, aunque sean largos los parlamentos en Ausencia de Dios. Y esto no es una virtud mía sino de las tres actrices que se encontraban en el escenario.

En cuanto a la dirección, de Enrique Gómez Vadillo, el único defecto, el único detalle que se me hizo poco aceptable –o de plano inaceptable– es esa silla colocada en medio del escenario, que ocupaba ya una ya otra de las protagonistas. No sé muy bien por qué figuraba en la escenografía ese elemento muy útil para la acción, pero muy feo desde cualquier punto de vista estético o dramático. Me gustaría saber cuál es la explicación del director o del escenógrafo Federico Sánchez, tampoco se me ocurre nada que podría reemplazarlo. En cambio, el director es indudablemente responsable de las excelencias interpretativas, de la disciplina artística, y sobre todo es el responsable de la selección tan adecuada de esas tres protagonistas.