FICHA TÉCNICA



Título obra Teatro del terror

Notas de autoría Edgar Allan Poe / autor del cuento El corazón delator; Howard Philips Lovecraft / autor del cuento La declaración de Randolph Carter

Dirección Eduardo Ruiz Saviñón

Elenco Alejandro Camacho

Notas de Música Eduardo Ruiz Saviñón / musicalización

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Teatro del terror” en El Día, 1 marzo 1984, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Teatro del terror, con Poe y Lovecraft

Malkah Rabell

Creo que el joven director universitario, Eduardo Ruiz Saviñón, tiene una pasión especial por el terror en el escenario, por un teatro del terror. Hasta se me hace que se halla en vías de imponerlo como un género muy especial. Caso raro, llegó a descubrir una obra mexicana que presentó el año pasado: El árbol de Elena Garro, que ofrecía no pocos rasgos de misterio y de terror. El árbol era sobre todo un drama netamente mexicano, teatral y poético. Mas, en su nueva puesta en escena, que se presenta en el foro Shakespeare bajo el título: Teatro del terror, también surge de las plumas de dos poetas: Edgar Allan Poe, y el mucho menos conocido por nosotros, Howard Phillip Lovecraft. Hasta podría titularse este espectáculo como: Poesía en el terror. Para sentirse atraído por semejante genero, hay que tener un gusto muy especial por un arte emérito y terrorífico. Mas, demuestra que existe en México un amplio público –especialmente juvenil– atraído por esta tendencia. un público que permaneció inmóvil, durante las dos horas de representación, para romper su silencio al final con una auténtica y entusiasta ovación.

Pero el interés del espectáculo no residía en esos dos monólogos: El corazón delator de Poe, y La declaración de Randolph Carter de Lovecraft, interpretados ambos por el muy joven actor Alejandro Camacho, sino en el arte del intérprete. Nada más difícil que mantener el interés del público durante un tiempo prolongado, con una sola presencia, con una sola actuación en el foro. Alejandro Camacho venció esta terrible dificultad. No sólo demostró talento, sino audacia. La audacia de enfrentar semejante arte en plena juventud, en plenos inicios de su carrera Y logró triunfar. Más aún, es de suponer que el primer personaje, en El corazón delator, debe ser un hombre ya de cierta edad. ¿Un mayordomo? Probablemente. Y Alejandro Camacho, sin maquillaje, con el solo juego de su rostro y de su cuerpo impuso una presencia de persona madura.

El texto de El corazón delator, que no era de un dramaturgo, sino de un poeta, de un gran cuentista, la voz de Edgar Allan Poe, dramatizada en una adaptación de Guadalupe Escamilla, resultaba fácil de comprender: un asesinato realizado por un demente, un crimen que no se explica de otra manera si no es por la locura. La interpretación de Alejandro Camacho es muy comprensiva, con una dicción muy clara y un ritmo justo. Mucho menos comprensivo nos resultó el texto de La declaración, de Lovecraft. Tal vez Alejandro Camacho para subrayar la diferencia entre sus dos personajes, entre sus dos protagonistas, cambió la relativamente lenta exposición oral, por un lenguaje muy rápido. Un hombre que declara ante una invisible policía; un hombre que trata de explicar no sólo su propia presencia en un misterioso lugar ante un caso muy poco comprensible, sino también la de otro personaje, con sus gritos, con sus misteriosos aullidos y toda su carga de enigmas. Una doble presencia que, según explica Joaquín Armando Chacón en el programa de mano: "Y quizás de aquel otro lado oscuro, lo único que existe es un espejo". La otra enigmática presencia es indudablemente el reflejo de un inexistente espejo. Y también es indudable que el "héroe" de Lovecraft es un demente. Interpretar a dos insanos mentales la misma noche, en el mismo escenario, no es nada fácil. Y este segundo papel de su segundo monólogo, no tuvo –quizás para mí– la misma claridad interpretativa que la del personaje de Poe.

Al director Eduardo Ruiz Saviñón se debió la muy justa musicalización, la iluminación, dentro de un semioscuro ambiente, que dio a toda la representación un tono de misterio, y tal vez hubiese sido más necesario diferenciar las luces de los dos monólogos, para crear una diferente interpretación. También al director se le debe seguramente la excelente interpretación del muy joven actor.

En resumidas cuentas, dos monólogos que encontraron su director, su intérprete, y hasta su público apropiados.