FICHA TÉCNICA



Título obra Rashomon

Autoría Ryunosoke Akutagawa

Notas de autoría Luisa Josefina Hernández / traducción y adaptación teatral

Dirección Rubén Broido

Elenco Narciso Busquets, Marta Verduzco, Aarón Hernán, José Carlos Ruiz, Eduardo López Rojas, Julián Pastor, Angelina Peláez, Guillermo Hernández

Escenografía Aarón Swirski

Notas de coreografía Rosa Pallares / ritual; Héctor Ortega / mímica de lucha

Vestuario Lucille Donnay

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Productores Manolo Fábregas, Rubén Broido

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Rashomon”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 28 noviembre 1965, p. 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Rashomon

Mara Reyes

Teatro Manolo Fábregas. Autor, Ryunosoke Akutagawa. Traducción, Luisa Josefina Hernández. Dirección, Rubén Broido. Escenografía, Aarón Swirski. Vestuario, Lucille Donnay. Reparto: Narciso Busquets, Marta Verduzco, Aarón Hernán, José Carlos Ruiz, Eduardo López Rojas, Julián Pastor, etc...

La presentación que hace Manolo Fábregas de la obra Rashomon, de Ryuonosoke Akutagawa es, por todos conceptos, digna de elogio. Primero, porque demuestra con ello su inquietud por presentar buen teatro, a riesgo de no recuperar la inversión (en la que tengo entendido también colaboró Rubén Broido, el director) y en segundo lugar, por la calidad de la representación. La escenificación de esta obra, a más de sus dificultades técnicas, tenía que enfrentarse a otro escollo: la sombra del filme extraordinario que se realizó hace años en Japón, llevando como figura central a Toshiro Mifune. Y luchar contra un recuerdo es como luchar contra un fantasma; no obstante esto, la realización que hacen Rubén Broido (como director), Narciso Busquets, Aarón Hernán, Marta Verduzco, José Carlos Ruiz y el resto de los actores, tiene un valor intrínseco que está lejos de la copia o la imitación.

El director supo adentrarse en ese enfrentamiento conflictivo con la Verdad, que el hombre ha buscado siempre y que aparece en Rashomon como algo tan inasible como una ilusión de óptica, que según el punto desde el cual se mire, toma una configuración diferente.

Cada uno de los relatos que del mismo suceso hacen los cuatro participantes, tiene una atmósfera diferente, según los personajes son contemplados o juzgados por los otros tres. El mensaje de la obra, diáfano como el agua, sale de boca de un personaje común, de un ladronzuelo, que escucha las distintas versiones del drama y que dice el sacerdote [sic] con palabras sencillas que el hombre ve en los hechos lo que él quiere ver y que cuenta a los demás lo que desea que los otros crean de él.

Cuando se trata de escoger de entre las cuatro versiones la más valedera, se inclina por la versión del otro ladronzuelo, que es el relato menos épico, el que pinta con colores más brillantes la pequeña dimensión de los hombres, sus mezquindades, sus cobardías, su índole vanidosa, pues –añade– el hombre fantasea siempre con su grandeza; cuando admira a alguien quiere verlo como un héroe inmaculado y omnipotente y cuando desprecia a otro, desearía que éste fuera capaz de las mayores abyecciones; sin embargo, ni las grandezas ni las bajezas del hombre son tantas.

Ni el héroe es siempre héroe –habría que verlo cómo en la intimidad tiembla de miedo– ni el bandido es tan bajo que no sea capaz de un instante de ternura –habría que verlo arrodillarse frente a una mujer para pedirle un poco de afecto.Y así la obra termina con la adopción de un niño abandonado en una puerta. Es la vida que renace, a pesar de todo, y que aunque el hombre no pueda hacer de ella una joya pulida y perfecta, siempre será bella por el solo hecho de ser Vida.

Narciso Busquets, a quien no puedo dejar de recordaren su creación de El gorila de Kafka, hace un trabajo excelente. El personaje del bandido posee, según el relato en turno, diferente textura emocional, lo que no es fácil de conseguir.

Marta Verduzco, que desde La historia de un anillo ha ido situándose entre las mejores actrices jóvenes de nuestros escenarios, da un paso firme en esta ocasión, a pesar de haber tenido una situación adversa el día del estreno, pues se le llamó para la interpretación de éste, precisamente en las vísperas de dicho estreno, lo que habla en favor de su talento y de su profesionalismo, en contrapartida con Elsa Aguirre, quien haciendo gala de un antiprofesionalismo que debiera ser castigado por la Asociación Nacional de Actores, abandonó el papel casi el día del estreno, con la excusa de los ineptos, que es de que no le daban el “crédito” que pedía. ¡Como si la valía de un actor dependiera del lugar que ocupa su nombre en la cartelera y no de sus propios méritos en la escena!

José Carlos Ruiz y Aarón Hernán, dos actores muy destacados y poseedores, ambos, de voces ricas en matiz y de una amplia gama de recursos, dan a sus actuaciones una consistencia sólida y madurada, en las mejores condiciones.

Bien Eduardo López Rojas, Julián Pastor, Angelina Peláez y Guillermo Hernández en los papeles que secundan a los cuatro personajes principales. La escenografía ideada por Aarón Swirski es de incalculable importancia en esta obra, en la que todo gira dentro de una atmósfera salvaje y a la vez refinada, en la que la introspección de los personajes tiene algo de selvático como la propia escena en que éstos se mueven. Puede decirse que el bosque (como en otro sentido el del Emperador Jones de O'Neill) es como la materialización de la intrincada mente humana, en donde hay mil y un caminos para penetrarlo, pero todos cerrados por la maleza que debe desbrozarse a machetazos.

Debe sentirse satisfecho Rubén Broido, quien se presenta por primera vez como director profesional, por los resultados obtenidos, en los que colaboran también Luisa Josefina Hernández, autora de la magnífica traducción –ignoro de qué idioma, pues no creo que haya sido del japonés. Otro colaborador fue Héctor Ortega, autor de la mímica de la lucha y que pudo haberlo sido también del ritual de invocación del espíritu de samurai, que fue encomendada a una bailarina, Rosa Pallares, y que de habérsele dado un carácter más mímico que danzante, quizá habría ganado en eficacia.