FICHA TÉCNICA



Título obra El brillo de la ausencia

Autoría Carlos Olmos

Dirección Julio Castillo

Elenco Irma Lozano, Enrique Rocha, Alma Muriel, Juan Peláez

Escenografía Alejandro Luna

Espacios teatrales Teatro Reforma

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El brillo de la ausencia” en El Día, 7 noviembre 1983, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El brillo de la ausencia

Malkah Rabell

Desde más o menos una década el estilo del "Teatro del Absurdo" ha llegado a decaer y cada vez más perder la importancia que tuvo durante los veinte años del reinado de los Ionesco y de los Beckett. Lo que no impida que en nuestro ambiente, donde el anti-teatro llegó con retraso, hemos podido observar –con cierta sorpresa– la vuelta de esta corriente en los dos últimos estrenos, con Los de arriba en el primer caso, y con El brillo de la ausencia, en el último estreno que tuvo lugar hace unos días en el teatro Reforma.

En este último anti-drama, el autor, Carlos Olmos, nos presenta a dos parejas de refugiados mexicanos instalados en París bajo el pretexto de haber tenido que huir y abandonar su país, México, debido a razones políticas, debido a los peligros que los acechaban. En realidad el joven dramaturgo, con muy poca simpatía para sus protagonistas, los señala como farsantes. Cada uno de los cuatro personajes inventa actos y actitudes que sólo existen en su propia imaginación, y los hace sentirse heroicos. La que más se da cuenta de la mitomanía de sus compañeros, es Sonia, una bailarina que comparte su vida con un novelista fracasado, Miguel, que imagina que sus aventuras de "héroe" obligado a huir ante peligros imaginarios, lo ayudara a crear la novela de su vida, que le dará fama y dinero. La otra pareja no deja de ser extraña en un ambiente que se precia de politizado. Ambos, Annie y su marido Raymundo son elementos religiosos, unidos a sectas místicas, a comunas de hippies y círculos de estudios budistas. Ella es una histérica que inventa historias descabelladas sobre su vida de "resistente", y él es un fracasado que nunca logró terminar sus estudios universitarios ni obtener su diploma. Después de una temporada en San Francisco, se han instalado temporalmente en París, donde ayudan a sus nuevos amigos, Sonia y Miguel a no morirse de hambre.

El título: El brillo de la ausencia, no se refiere a un juego de palabras, para contrarrestar la expresión: "brilla por su ausencia". En esta obra que aúna lo figurativo con lo fantástico, el título tiene un sentido realista. Ese "brillo de la ausencia", se refiere a México, sobre todo en lo que a Sonia comprende. Alejada de la patria, poseída por una tremenda nostalgia, y también agobiada por la miseria en que vive en su estado de exiliada, sueña con la patria lejana, que en su imaginación se presenta como lo más maravilloso del mundo que la atrae con toda la fuerza de una última promesa de salvación. ¡Volver! ¡Volver! es en realidad el sueño de los cuatro. Pero sólo Sonia se atreve a gritarlo a voz en cuello, es la única que se atreve a decir que nada los amenazaba en el hogar, ni tampoco nada los amenaza en esta ciudad extraña donde nadie los conoce ni se preocupa por ellos. Es la única que se atreve a decir que nada los amenazaba allá, porque nada habían hecho.

El sueño de Sonia se hace imaginativamente realidad cuando arranca el trapo que cubre la ventana bajo el pretexto que los están persiguiendo y espiando hasta en París. Con la luz que penetra en la pobre habitación, el sueño toma cuerpo, y al abrir la ventana, no es alguna calle parisiense que aparece allí abajo, sino su adorada Av. Reforma, más bella que nunca, más hermosa y sugestiva que todas las avenidas europeas. La escenografía divide el foro en dos. Por una parte el oscuro y triste departamento de los exiliados, de los escondidos; del otro lado de la ventana en cambio está la avenida Reforma, que brilla con todas sus luces no con todas sus luces de la ausencia. Debida esa Av. Reforma a Alejandro Luna, ofrece toda la hermosura de la realidad a la vez que de la fantasía.

La obra no deja de ser enrevesada, complicada y casi incomprensible. La dirección de Julio Castillo –que se me hace una de sus más logradas, una de sus mejores– se impone con severidad para aclarar el texto y darle mayor comprensión. Julio Castillo que siempre ha sido un director imaginativo, ha hecho el máximo esfuerzo para dominar su propia fantasía e imponer ante el público una obra límpida y clara. Probablemente sin la mano firme de Julio Castillo todo ese enrevesado escrito se nos hubiese escapado.

Pero lo más llamativo de la representación fue la actuación de los cuatro actores. ¡Los cuatro estupendos! Irma Lozano, como la bailarina Sonia, con sus tonos dramáticos; Enrique Rocha, que hace mucho falta de los escenarios capitalinos, creó un carácter de extrañas facetas en Miguel, que se figura ser un "héroe" de la resistencia en la cual pasó por imaginarias torturas. La bellísima Alma Muriel, probablemente la más hermosa de nuestras actrices, sacrificó su agraciado físico para crear el tipo de la histérica y ya envejecida santurrona. Ni un instante dejó de ser Annie, la protegida de las monjas, ni un solo instante dejó de ser la histérica que se achaca constantemente nuevos embarazos que nunca se realizan. En cuanto a Juan Peláez, aunque nunca lo he visto con anterioridad, se me ha hecho un actor muy completo tanto en sus escenas serias como cómicas.

En resumen, un espectáculo donde el texto pese a sus complicaciones y faltas de claridad, resulta muy interesante por su aceptación de que no todos los residentes, no todos los militantes políticos son héroes, ni tienen derecho a imponerse como tales; donde la dirección es excelente y digna de admiración por la severidad artística con la cual enfrenta el texto; por la escenografía que nos ofrece una Av. Reforma muy real y muy imaginativa a la vez. Y sobre todo por la actuación de esos cuatro actores que han creado a sus personajes con mucho mayor valía artística de la que les dio el dramaturgo.