FICHA TÉCNICA



Título obra La verdad sospechosa

Autoría Juan Ruiz de Alarcón

Dirección Oscar Liera

Elenco Sergio López, Rodolfo Arriaga, Claudia Apodeco Gloria Levi

Grupos y compañías Grupo de la Universidad de Sinaloa

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Notas El grupo de la Universidad de Sinaloa participó en la VI Muestra de Teatro de Provincia de 1983

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La verdad sospechosa con el grupo de Sinaloa” en El Día, 26 octubre 1983, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La verdad sospechosa con el grupo de Sinaloa

Malkah Rabell

Hace unos años presencié la comedia de Juan Ruiz de Alarcón: La verdad sospechosa en el teatro del Bosque con la Compañía Nacional del Bellas Artes y con ese estupendo actor Jorge Ortiz de Pinedo en la figura central de Don García, en tanto en el papel de su sirviente, Tristán, figuraba otro excelente intérprete, Óscar Servín. Entre ambos lograron un mano a mano difícil de olvidar. Volver a presenciar la misma comedia con jóvenes estudiantes –como es el caso de ese grupo de la Universidad de Sinaloa que ha sido seleccionado como uno de los mejores de la VI Muestra de Teatro de Provincia de 1983–, y darse por satisfecho, no es fácil. Desde luego, es menester juzgar a ese grupo que se presentó en el teatro Jiménez Rueda, desde el punto de vista de aficionados, a nivel universitario. Hagámoslo así, y olvidémonos de comparaciones.

En esa comedia, que mucha gente idónea considera la mejor de Juan Ruiz de Alarcón, el enredo se basa en uno de los más complejos sentimientos del alma humana: la mentira, que cuando se repite en la boca de quien mentir acostumbra hasta la verdad vuelve sospechosa. Y son tantas y tan imaginativas las mentiras que siembra a su paso nuestro joven protagonista, Don García, que hasta el propio espectador queda a menudo a ciegas. En su tiempo la obra sirvió de modelo al poeta trágico francés, Corneille, para su obra cómica: Le menteur. Hoy lo llamaríamos El mitómano y con nuestros conocimientos modernos de la psicología, demostraríamos mayor comprensión por las debilidades del joven hidalgo, cuyas mentiras el comediógrafo consideraba atributo de su educación en Salamanca con estudiantes de su generación, pero que en la actualidad conocemos como mitomanía y consideramos como una deformación psíquica que no se cura ni se transmite por herencia. Víctima de sus propias mentiras, Don García se coloca en situación tan embrollada que ya ni la verdad más sincera, ni la confesión debida al arrepentimiento lo pueden salvar. Y como castigo de su conducta ha de casarse con una joven que no ha elegido su corazón. Pero como también ésta es buena moza y además enamorada de nuestro mentiroso, la suerte de Don García no es tan de lamentar. Más bien lamentaríamos la suerte de esa joven que ha de ser su esposa y que nunca logrará cambiar el carácter de su futuro cónyuge. Mas, el interés del grupo sinaloense y de su director, el dramaturgo de la nueva generación, Oscar Liera, es más bien social en lugar de psicológico, y Liera subraya en el último acto, que en un país donde se engaña a la población desde muy altas esferas políticas, no es nada extraño que la juventud adquiera iguales vicios.

El director no se contenta con modernizar la mentira y hacerla política, viste de trajes actuales a sus protagonistas. También la escenografía trata de reproducir los tiempos nuestros, introduciendo en el escenario elementos de usos múltiples, como escaleras de mano, que iban y venían de un lado para otro, tanto sobre el terreno del foro, como fuera de éste, entre bambalinas. Tanto las escaleras de mano como los cortinajes que colgaban de las paredes, servían para muchos menesteres. Las primeras se transformaban en caballos que cabalgaban Don García y su padre –lo que no dejaba de ser un invento gracioso–, y las cortinas vestían a las actrices a la vista del público, transformándolas en damas del siglo XVII, con el ancho vuelo de sus faldas y con unas extrañas cofias en su cabello moderno. Mas, este constante cambio de lugar, este bajar y subir cortinajes y empujar las escaleras de mano de un sitio para otro, dando muy brechtianamente el trabajo de tramoyistas a los propios actores, cansaba al público. Las mismas actrices, moldeadas por los velos y las sedes arrancadas de las paredes, transformaban a las damas de la corte en horrendos piltrafos. En cuanto al escenario, con tanto ir y venir de los supuestos muebles, el espectáculo adquiría un tono caótico, ruidoso, que a menudo nos impedía escuchar el texto y nos hacía perder parte de la acción dramática. Creo que con un poco de calma y de orden en el foro la representación ganaría mucho. sobre todo en el campo de la actuación, que parecía mover con exceso a los actores, desde Sergio López como Don García, Rodolfo Arriaga como Tristán el gracioso criado del anterior, hasta las damas jóvenes, Claudia Apodeco y Norma Ley.