FICHA TÉCNICA



Título obra Electra

Autoría Sófocles

Dirección Marta Luna

Elenco Ángeles Marín, Silvia Mejía, Néstor Galván, Hernán Ibarra

Grupos y compañías Compañía Titular de Teatro de la Universidad Veracurzana

Espacios teatrales Sala de la Alianza Francesa

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Electra de Sófocles con la Universidad Veracruzana” en El Día, 13 octubre 1983, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Electra de Sófocles, con la Universidad Veracruzana

Malkah Rabell

Ese domingo en la tarde, cuando se presentaba la última función de Electra de Sófocles, en la reducida sala de la Alianza Francesa de Polanco, hasta el último asiento estaba ocupado. Y era un público muy extraño, tanto por el lugar, como por el autor. Un público de lo más popular y de lo más modesto. Un auditorio que generalmente se encuentra en los teatros vaudevilescos. Delante de mí había cinco filas con muchachos de blancas camisas domingueras, como si fuera un uniforme, típicos jóvenes que van por lo general a la Carpa México. Pero aquí, en este teatro que a todas luces les resulta extraño, se mostraban extremadamente respetuosos. Nada de gritos, de exclamaciones bullangueras. Durante toda la duración del único acto de esa tragedia de Sófocles, la sala permanecía en un silencio total. Y su asiento, su respeto, resultaban realmente emocionantes.

Es bien sabido que las obras clásicas necesitan grandes actores. Lo que no era el caso en esa representación debida a la Universidad Veracruzana, cuyos jóvenes intérpretes poseían pocas tablas, muy poco oficio. Pero en cambio era visible y sensible la mano del director, de la directora, Marta Luna, que impuso a su breve conjunto un control de cada movimiento, de cada paso, de cada palabra. En el papel de Electra, la hija de Clitemnestra que mató a su esposo, el generalísimo de los griegos de Troya el día mismo de su vuelta a Argos; Electra que impuso su nombre al complejo de amor más allá de la normalidad al padre y al hermano, en la interpretación de esa joven actriz veracruzana, Ángeles Marín, fue mucho mejor intérprete de lo que podíamos esperar de tan inmadura actriz. Todo el mundo conoce más o menos la historia de esa terrible familia, cuyo hijo Orestes, salvado de niño por su hermana de la mano criminal de su madre, vuelve para vengar a su padre, Agamenón, y bajo las órdenes del dios Apolo, mata a Clitemnestra y a su amante Egisto.

La que menos nos pareció apropiada para el papel de la reina fue Silvia Mejía. En mis oídos todavía resuena la voz de profunda y grave de Ofelia Guilmain, y es muy difícil aceptar una joven aún desconocida, sin experiencia, en el mismo personaje. Néstor Galván, como Orestes convencía, y su gran juventud lo ayudaba en ese papel de adolescente vengador. De esos seis personajes, quien más me llamó la atención fue el pedagogo, el hombre que recibió al niño Orestes de las manos de su hermana y lo salvó. Hernán Ibarra como el ayo, tiene algo en sus rasgos de escultura griega que lo hacía muy apropiado para una figura de tragedia.

Lo que por lo general tiene mucha importancia en una obra clásica, es el coro con todas las posibilidades vocales y coreo-gráficas que un director logra imponerle. Lamentablemente esa Compañía Titular de Teatro de la Universidad Veracruzana cuenta con pocos medios para explayar en el escenario el tradicional coro griego. Y Marta Luna trató de emplear a cuatro de los personajes, que según sus papeles entraban y salían de escena, como parte del coro, cambiándoles las que en cierto modo les cubrían la mitad del rostro. Modestas búsquedas, con sus luces bien manejadas que reemplazaban la escenografía, que según Sófocles debía ser: "Palacio real de Micenas. Una explanada que va al Valle de la Argólida", con sus túnicas que cubrían a todos los actores con igual vestimenta. Modestas búsquedas que completan el espectáculo y le permitían salir triunfante de las tan difíciles exigencias que tienen las obras clásicas.

Y cuando la obra terminó, aplaudida con un entusiasmo emotivo, por un público que en gran parte veía una tragedia clásica por vez primera: en tanto todos salíamos, escuché a uno de esos jóvenes que durante dos horas prestaron una intensa atención a los sucesos escénicos, preguntar a uno de sus amigos: "¿Te gustó?"; y el otro, con un ingenuo amor naciente por el teatro, trató de explicar sus dudas: "Sí, me gustaron los personajes, pero no me gustó la obra".

Y yo pensé para mi: "México tiene un pueblo que nació para el teatro, y un día no sólo entenderá a los personajes sino a los autores..."