FICHA TÉCNICA



Título obra Los hombres del cielo

Autoría Ignacio Retes

Dirección Ignacio Retes

Elenco Ignacio López Tarso, Aarón Hernán, Ángel Pineda, Antonio Gama, Roberto Rivero, Luis Gimeno, Álvaro Carcaño, Pablo López del Castillo, Mario García González, Jorge Mateos, Jorge del Campo, Tomás Bárcenas, Pedro Armendáriz, Antonio Brillas, Daniel Villarán, Álvaro Custodio

Escenografía Julio Prieto

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Notas Daniel Villarán puede ser Daniel Villagrán

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 31 octubre 1965, pp. 4 y 5.




Título obra México, 1900

Autoría Antonio Vanegas Arroyo

Notas de autoría Óscar Chávez / adaptación

Dirección Óscar Chávez

Elenco Francisco Xavier Montero, Fortunato Lozano, José Antonio Rendón, Delia Luna, María Elena Gastélum, Hadassa Bronstein, Ricardo Talavera, Pedro González Rubio, Arturo Sámano, José de Jesús Gama, Silvia Jeat

Escenografía José González Márquez

Grupos y compañías Grupo de Teatro de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales

Espacios teatrales Teatro Estudiantil de la UNAM (antes Arcos Caracol)

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 31 octubre 1965, pp. 4 y 5.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Los hombres del cielo]

Mara Reyes

Los hombres del cielo. Teatro Hidalgo. Autor y director, Ignacio Retes. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Reparto: Ignacio López Tarso, Aarón Hernán, Ángel Pineda, Antonio Gama, Roberto Rivero, Luis Gimeno, Álvaro Carcaño, Pablo López del Castillo, Mario García González, Jorge Mateos, Jorge del Campo, Tomás Bárcenas, Pedro Armendáriz, Antonio Brillas, Daniel Villarán.

Hasta antes del estreno de esta obra se consideraba que la mejor producción de Ignacio Retes, como dramaturgo, era su pieza Una ciudad para vivir, estrenada hace once años. Desde entonces su trabajo (encaminado hacia la dirección teatral) no había dejado más rastro dentro de la dramaturgia que su adaptación teatral de la novela de Pozas, Juan Pérez Jolote. La espera no puede considerarse infructuosa. Los hombres del cielo es la obra de un escritor maduro que da lo mejor de sí mismo. Es indudable que su labor como director ha influido en tal maduración. Hay algo en el tratamiento de la obra que lo acerca a autores dirigidos por él, como Giraudoux y, especialmente, Anouilh. Lo que no es objetable, sino por el contrario, signo de que Retes es permeable a la influencia fecunda, tan necesaria para todo aquel que de sea superarse, pues nada nace de la nada; lo importante es saber abonar los terrenos, hacerlos fértiles para que de ellos nazca el nuevo fruto. Y el nuevo fruto de Retes ha nacido. Los hombres del cielo es no sólo su mejor obra, sino una magnífica obra que exhibe de manera clara las consecuencias de la “donación apostólica” del territorio americano hecha por el papa Alejandro VI a los Reyes Católicos, que llevó a los conquistadores no sólo a la expropiación de las tierras nuevas, sino a la expropiación de las vidas de sus habitantes a los que se les mataba o convertía en esclavos. La obra presenta la lucha de fray Bartolomé de las Casas por hacer entender a reyes y prelados que la “donación apostólica no era un título legítimo de conquista” y que el indio era un ser humano con los mismos derechos que los españoles a la vida y a la libertad.

Los hombres del cielo es en mi opinión, una tragedia, aunque Retes sólo la califique como “obra en dos actos”, [p. 5] ya que representa la acción de un hombre que se enfrenta con una verdad que lo lleva a despojarse de su propio individualismo para convertirse en un portavoz del dolor del hombre que es privado de su condición humana. La lucha del personaje protagónico contra el destino –que como dijera Heráclito “la forma de pensar de los hombres es su destino”– encarnado por los españoles a los que su fiebre de oro conduce a usar a los indios como mercancía, lo hace un héroe trágico. No es la autodestrucción del protagonista trágico una característica ineludible, sino su lucha en sí por encontrar y tratar de establecer una verdad. Recuérdense las palabras de Buero Vallejo que ha dicho que “el escritor trágico lanza con sus obras su anhelante pregunta al mundo y espera, en lo profundo de su corazón, que la respuesta sea un sí lleno de luz”. Nada más evidente en la obra de Retes que esta espera de un sí lleno de luz, que el final de su tragedia en el que fray Bartolomé solo –como El enemigo del pueblo trazado por Ibsen– sintiéndose abandonado por su Dios y sin señales que lo guíen en su lucha, decide continuar, combatiendo contra todo y contra todos, por conseguir que se establezca “el Bien” y se les devuelva a los indios su condición de hombres.

Sería prolijo enumerar los aciertos en la estructura de la obra y adentrarse en los detalles técnicos –coro, catarsis, etc.– que hacen de esta obra una tragedia moderna de gran alcance y que expone las fricciones internas de la Iglesia, integrada por hombres falibles y poseídos de intereses temporales, tal como la tragedia de la antigüedad clásica exponía las debilidades y choques de los dioses de su mitología.

Por lo que respecta a la puesta en escena, Retes se mostró, como director, sobrio y cuidadoso. Para una obra recia, una dirección sin adornos que distrajeran del meollo de la acción. Ningún detalle que salga del marco, nada que sea superficial o innecesario. Y este mismo enfoque fue el del escenógrafo que se limitó a dar indicios de los lugares donde se efectuaba cada acción sin preocupaciones estilísticas rebuscadas, ni accesorias. Los mismos actores, interpretaron sus papeles tratando de servir más a la obra que a la historia; cosa indispensable para una obra teatral que trasciende el retrato naturalista. Fue una actuación de conceptos más que anecdótica, de intelecto, más que de sensibilidad, lo cual, paradójicamente da a la obra una mayor contundencia emotiva. El trabajo de Ignacio López Tarso es, desde todos puntos de vista, excelente. Sobresalen Aarón Hernán, Antonio Gama, Ángel Pineda, Mario García González, Jorge Mateos, Álvaro Custodio, Jorge del Campo, aunque para decir verdad, el trabajo de todo el elenco, que por extenso no permite ser analizado con minucia, es ejemplar.

En mi concepto de mera opinante, Los hombres del cielo es una de las obras mejor logradas por el IMSS, dada la calidad de la obra, de la dirección, de la escenografía y de la actuación. Es lo que se llama un equipo bien equilibrado.

México, 1900. Teatro Estudiantil de la UNAM (antes Arcos Caracol). Dirección, Oscar Chávez. Escenografía, José Gonzá1ez Márquez. Reparto: Francisco Xavier Montero, Fortunato Lozano, José Antonio Rendón, Delia Luna, María Elena Gastélum, Hadassa Bronstein, Ricardo Talavera, Pedro González Rubio, Arturo Sámano, José de Jesús Gama, Silvia Jeat, etc.

El pintoresco espectáculo montado por Oscar Chávez y el grupo de Teatro de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, trae a la memoria todo aquel mundo luminoso nacido de las manos e ingenio de Vanegas Arroyo, con sus teatritos desarmables de telones y bastidores pintados, sus títeres en donde no faltaba el valedor, la bruja, los diablillos, el lagarto come hombres, el médico, el gendarme, los gachupines, el roto, el indito de guarache y sombrero de palma, la vendedora de chichihuilotitos vivos, los lagartijos y tantos y tantos personajes que aparecían en sainetes, comedias para títeres y juguetes cómicos para niños que eran editados por él con ilustraciones de José Guadalupe Posada.

Oscar Chávez seleccionó con gran acierto seis de aquellos juguetes cómicos y los hilvanó en un espectáculo que se desborda de colorido, gracia e ingenuidad. El México de 1900, el de sus calles que no el de sus “palacios”, es revivido por un grupo de jóvenes que no llevan en el morral grandes conocimientos técnicos del oficio teatral, pero sí un inmenso entusiasmo, una desinteresada entrega y una indomable voluntad de servir al teatro, cualidades éstas que no son frecuentes y sí muy estimables.

De entre los actores sobresale Francisco Xavier Montero, un joven con muchas posibilidades que sabe sacar partido de cada una de sus escenas y que posee ese don tan preciado, inaprehensible cuando no se tiene por naturaleza, que se llama ángel, además de sinceridad y vis cómica.