FICHA TÉCNICA



Notas Semblanza de Georges y Ludmila Pitoeff, actores y esposos rusos.

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los Pitoeff, los rusos que conquistaron París” en El Día, 6 julio 1983, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los Pitoeff, los rusos que conquistaron París

Malkah Rabell

Allá por los años 1954, estaba yo en París y asistí a una representación de El jardín de los cerezos de Chejov ofrecida por Jean Louis Barrault y Madeleine Renaud. Aún no había caído el telón del primer acto cuando y detrás de mí, como a mi lado, empezaron a oírse susurros: "Ay, los Pitoeff", "No, no son los Pitoeff". Luego, vino el primer entreacto, y al caminar entre las filas de butacas pude oír acá y allá los mismos susurros, ya en voz más alta, ya en voz más baja: "¿Recuerdas a Ludmila en el mismo papel?", "No, nadie como los Pitoeff", ni Jean Louis Barrault ni la deliciosa y tan francesa Madeleine Renaud podían ser como los Pitoeff en una obra rusa. Ya no hubo nadie, después de ellos, de ese matrimonio de actores, de creadores, de locos del teatro, de esa pareja, Georges y Ludmila Pitoeff, que pudiera reemplazarlos en cierto género de teatro.

Ludmila llegó a París de adolescente. Hija de un general y de una corista que se cansó de vivir Tiflis, Caucaso, con un marido que le triplicaba en edad. Entonces la señora Anna Andreivna Samanov decidió transferir su hogar, junto con su única hija, a París. Mientras el viejo general mandaba las mensualidades, todo marchaba bien: Ludmila estudiaba en el Conservatorio, y su madre se dedicaba a perder cuantiosas sumas de dinero en las barajas. Luego, el conde de Smanov se cansó de mantener una familia prácticamente inexistente para él y le cortó los víveres. Como resultado, Ludmila se dedicó a dar clases de ruso, mas, no dejaba de ser la señorita de buena familia; había fracasado en sus exámenes de Conservatorio (como Sarah Bernhard) donde sus maestros la encontraban: "Muy rara... muy rara", y se desquitaba representando comedias en los salones de sus amigos. Por fortuna llegó Georges, Georges Pitoeff, y la salvó del teatro de aficionado.

Pitoeff ya había hecho teatro profesional en su país. Había actuado con Vera Kamisarjevskaia, considerada por algunos como la máxima intérprete de Chéjov, y también habla hecho una gira con Meyerhold; conocía a Stanislavsky y a todo lo más brillante del teatro ruso. Había nacido casi entre actores. Su padre, un millonario armenio de la ciudad de Tiflis, fue toda su vida un amante de las artes escénicas y tenía su propio teatro con su propia compañía, puede decirse al estilo de los antiguos señores renacentistas. A los 24 años, ex-alumno de arquitectura, Georges con su sólido bagaje literario y matemático, tenla una sola pasión: el teatro. Hacía parte de esos círculos estudiantiles y artísticos; la intelligentsia rusa que buscaba un teatro, un teatro más allá de las apariencias superficiales.

"Sin alejarse de la verdad –escribía Pitoeff– el arte escénico busca lo correspondiente a esta verdad en lo consciente como en lo inconsciente, en lo visible, como en lo invisible. El teatro se volvió lo suficientemente valiente como para penetrar en el misterio de las cosas. Bajo rasgos distintos, la verdad que no vemos se nos aparece tan palpable como la que vemos. Es hacia la realización escénica de una verdad secreta que tiende la puesta en escena actual".

Pitoeff también escribió en sus recuerdos: "Actué en Moscú y en Petrogrado, a través de Rusia y de Siberia: Actué ante toda clase de públicos; ante la élite artística y ante los snobs, ante el público burgués y ante el público popular, pues durante mi estancia en Rusia tuve el tiempo de dirigir el teatro del Pueblo de Petrogrado. Conocí el público de Vladivostok, donde Siberia tiende la mano al Japón, y aquel de todas las pequeñas ciudades perdidas de la inmensa Rusia. Yen todas esas ciudades representé a Shakespeare, Musset, Shaw, Moliere, Ibsen Tolstoi, etc... Era un periodo heroico del teatro ruso".

Ese era el joven que en 1913, a la edad de 29 años, llegó a París, donde conoció a Ludmila, se casó con ella y con ella, ya en los años de las guerra de 1914-1918, se instaló en Suiza, donde fundó un teatro nuevo, con una compañía joven, donde se inició Michel Simon, en papeles insignificantes, donde algunos de los principiantes se hicieron más adelante actores de sólido oficio y siguieron a Pitoeff hasta los últimos momentos de su vida y donde la misma Ludmila se hizo actriz, no porque la inició su marido, sino porque Jacques Copeau descubrió su genio en una noche cuando en su casa le leyó un fragmento de una obra que acababa de traducir del ruso: "Si no fuera más que por esa lectura –escribió Copeau en sus Souvenirs du Vieux Colombier– nunca hubiera olvidado el sonido de esta voz, ni el movimiento de sus ojos. Fue así como me fue permitido ser uno de los primeros, tal vez el primero, en descubrir el hermoso genio de Ludmila."

Un extraordinario realizador y una extraordinaria actriz, tal era la pareja que de Suiza volvió a Francia por los años 1926 y conquistó París después de no pocas dificultades, sufrimientos y hasta hambre. Algunos papeles de ella, y algunas puestas en escena de él, quien casi no podía actuar por su invencible acento ruso, quedaron como datos históricos en el teatro francés, y no fueron precisamente ni obras ni papeles eslavos. Ludmila alcanzó los más altos pináculos del drama con Santa Juana, y Georges, uno de los cuadro del Cuartel junto con Dullin, Baty y Jouvet, logró corno nadie unas puestas escénicas de Macbeth, de Hamlet, de El enemigo del pueblo, su última obra antes de morir, donde por fin pudo vencer todas las resistencias de la crítica tradicional. Y uno de sus éxitos más brillantes fue aquella Ronda de Arthur Schnitzler a la cual Antoine renunció por las dificultades de su montaje y quien dijo a propósito de la realización de Pitoeff: "Demostró una ingeniosidad, un arte notable y logró conservar la originalidad audaz de la obra sin provocar el menor escándalo...".

De los siete hijos que Ludmila dio a luz, cinco mujeres y dos varones, hoy, desaparecidos los padres, sólo Sacha sigue los pasos de Georges, y ya conquistó –luchando con esa dificultad de ser hijo de un progenitor célebre–, un lugar envidiable de director de escena, sobre todo en los montajes de las obras de García Lorca. Desaparecidos Ludmila y Georges, Otro Pitoeff sigue conquistando París.