FICHA TÉCNICA



Título obra Mamaé

Notas de Título La señorita de Tacna / título original

Autoría Mario Vargas Llosa

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Silvia Pinal, Rubén Rojo, Adriana Roel, Sergio Klainer

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Mamaé ¿un fracaso?” en El Día, 8 junio 1983, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Mamaé ¿un fracaso?

Malkah Rabell

No asistí al estreno de la obra del famoso escritor peruano, Mario Vargas Llosa: La señorita de Tacna. Desde entonces tuve la oportunidad de escuchar numerosas y diversas opiniones. En su mayoría se mostraban disgustadas tanto con la obra como con la puesta en escena de José Luis Ibáñez. Y el disgusto a menudo tomaba tonos agudos. Por fin también a mi me tocó ver el espectáculo en el Teatro Hidalgo, bajo los auspicios del Seguro Social, Y francamente no entiendo tanta indignación. Es cierto que la obra no me entusiasmó. Pero tampoco me indignó. En cierto modo me dejó indiferente. Y a decir verdad, la indiferencia me molesta mucho más que la indignación. ¿Por qué será que el teatro Hidalgo tiene mala suerte? El caso de esta Señorita de Tacna me recuerda el fracaso de Ana Karenina, que reunía las mejores fuerzas del arte dramático del país para llegar –casi incomprensiblemente– a cero. En el presente caso, los esfuerzos son más modestos. Y por lo tanto el fracaso también es menos visible. Pero ¿Por qué?

La historia de La señorita de Tacna, llamada por su familia y sus amigos "Mamaé" como diminuto de "Mamá Elvira", no es muy interesante. Esta joven provinciana que dos días antes de su casamiento con el oficial Joaquín, se entera que su novio bienamado, sólo se casa con ella por intereses sociales y económicos, en tanto entrega su verdadera pasión a una mujer casada, que supo conquistarlo sexualmente, como una "soldadera", ya hoy, posiblemente a nadie interesa, pese a su tragedia personal de muchacha que queda soltera para toda la vida, estado que ella misma ha elegido. La historia de Mamaé como de toda su familia –tíos, hermanos y primos– es mucho más novelesca que dramática. Hay demasiados temas y personajes, como en una novela; y como en una novela desaparece la unidad, tan importante en el drama. Hay ciertos momentos conmovedores y dolorosos, que logran emocionar espectador. Esta vejez desolada, sin hijos, en casa ajena, atendida por nietos ajenos que no son suyos, con el vástago de una amiga, Belisario, que narra la juventud de Mamaé y la transforma en la materia prima de una obra teatral, no deja de ser trágica. Sobre todo es el primer acto que logra mantener el interés del auditorio. El segundo acto se alarga, se cuelga y empieza a pesar en el ánimo del espectador que ya espera impaciente el final. Un segundo acto que se vuelve aburrido y se diluye en la permanente transformación del personaje central de joven anciana y viceversa. Como técnica, ya no es novedosa, estuvo muy de moda hace unos treinta años.

Como protagonista que ha de soportar todo el peso dramático del espectáculo, Silvia Pinal tal vez no llega a cumplir con la difícil tarea. Físicamente sigue siendo preciosa, y en primer acto parece muy adecuadamente la jovencita casta que espera la primera noche de bodas. En cambio, quizá le falta el arte que exige un papel de carácter cuando ha de transformarse en anciana.

Algunas escenas de Rubén Rojo pueden ser muy alabadas, pero no todas. Cuando reaparece como joven atraído por el deseo carnal hacia una de las trabajadores del campo, tanto él como toda la escena resultan muy desagradables. Y esta muchacha que lo atrae no se sabe muy bien por qué es blanca y rubia. Quizá porque ha de simbolizar su ensueño. La única figura que no decae en todo lo largo de la representación es Adriana Roel, en el papel de "Abuela Carmen", prima y antigua amiga de Mamaé, que como ésta va transformándose constantemente en los recuerdos de su nieto Belisario de antigua joven en la presente anciana. Del resto del reparto, nadie fue malo o incorrecto, pero tampoco hizo una especial creación. Ni siquiera ese excelente actor Sergio Klainer, que se adaptó a un papel de "galán", el joven Belisario, que no es de su especialidad, ha dado lo que suele dar en papeles más a su medida.

En resumen, una representación que no entusiasma, pero que no me parece tan desdeñable como opina cierta crítica.