FICHA TÉCNICA



Título obra Aprendiendo a ser señora

Autoría Federico S. Inclán

Dirección Nancy Cárdenas

Elenco Carmen Salinas, Berta Moss, Ángeles Aragón, Raymundo Capetillo, Javier Esponda

Espacios teatrales Teatro La Ciudadela

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Aprendiendo a ser señora” en El Día, 6 junio 1983, p. 22.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Aprendiendo a ser señora

Malkah Rabell

La comedia pertenece al dramaturgo mexicano fallecido hace dos o tres años: Federico S. Inclán. Y viéndola montada en el teatro La Ciudadela, no puedo escapar a la pregunta: ¿Federico Schroeder Inclán se mostraría ufano, satisfecho, o simplemente conforme de que esa obra, que sospecho nunca fue estrenada, o si lo ha sido sería bajo pseudónimo, fuera llevada al escenario, lejos de todo control del autor? Dramaturgo muy fructífero, podía escribir con la misma facilidad un excelente drama, un conmovedor melodrama, una graciosísima comedia, o simplemente una obra de muy poco valor, como en el caso de esta Aprendiendo a ser señora, que tiene cierta semejanza con La criada malcriada. Me imagino que el título no le pertenece. Los títulos de Inclán eran por lo general inteligentes e imaginativos. Lo eran hasta los títulos de obras mediocres. Aprendiendo a ser señora suena excesivamente a deseo de atraer un público mayoritario de teatro comercial. ¿Esta comedia fue realmente acabada y desbrozada para subir al escenario? Parece carecer de final y de maduración, escrita a la carrera, en un momento de humor negro que se volcaba hacia la comedia con enojo. En verdad parece un simple ejercicio cómico. Yo no creo que el autor de Hoy invita la Güera, Una esfinge llamada Cordelia, La muerte de Sócrates y Yo Moctecuhzoma, quien antes de morir entregó al Bellas Artes la que él consideraba su mejor obra: Yoshua, estuviera muy contento de ver su nombre en letras de molde sobre el programa de mano de la hace poco estrenada Aprendiendo a ser señora.

¿Es saludable hacer reír? Indudablemente. Quizá la directora Nancy Cárdenas lo enfrentó de este modo. ¡Reír y nada más! Mas, aquí, surge otra interrogante. ¿Hace reír la obra, o lo consigue la participación de Carmen Salinas, que cuenta con un público de fieles admiradores? Lo que no deja de sorprender. ¿Qué le ven? ¡Si es una increíblemente mala actriz! Aunque el papel le iba muy bien –tiene el físico del personaje–, no pudo darle vida. Ni siquiera logró mostrarse buena comediante en lo que se considera su máxima virtud: la imitación, con la cual cierra el espectáculo. Lo que realmente carece de toda lógica. Pero el teatro es un misterio. No se entiende por qué a menudo los espectadores se entregan con todo el alma a unos actores que carecen de todo valor, en cambio rechazan frecuentemente a verdaderos talentos, tanto en el plano de la interpretación como de la dramaturgia.

La única intérprete que hacía reír de verdad era Bertha Moss, igualmente buena actriz en el drama. La señora Moss es como el buen vino, más pasan los años y parece cada vez mejor actriz. Aunque a decir verdad su papel de la Tía Agripina nada tiene para lucirse. En cambio en el terreno de la imitación, Bertha Moss de repente nos sorprendió don un nuevo don al imitar a la Doña, María Félix, con tanta gracia que fue la única vez durante todo el espectáculo que pude reírme con ganas.

El resto del reparto no fue ni bueno ni mal. Ángeles Aragón, actriz que veo por vez primera, Raymundo Capetillo y Javier Esponda, resultaban personajes que muy poco interesaban al auditorio. El público esperaba impaciente que salieran del foro para que !legara Carmen Salinas y los hiciera reír. En cuanto a la dirección de Nancy Cárdenas, se hacía superflua. No había nada que dirigir. Cuando no hay obra, tampoco hay dirección. Carmen Salinas, probablemente nunca en su vida tomó en consideración a un director. Bertha Moss, realmente no lo necesitaba para un papel tan estúpido y gris corno la Tía Agripina, que hablaba francés, idioma que el público no entendía. Para el resto del reparto, no había nada que hacer, fuera de los acostumbrados señalamientos que impiden el caos en el foro. Y si algo era merecedor de aplausos tanto en el texto como en la dirección, era la absoluta ausencia de palabras gruesas y de chistes a doble sentido.

En fin, Aprendiendo a ser señora, no nos aprendió nada. Resultaba un espectáculo casi tan mal como lo fue en su tiempo La criada malcriada. Pero se me hace que por igual que esta última obra, también la presente "Criada" va tener una larga existencia. ¡Misterios de la vida teatral!

Sólo me queda pedir perdón a la memoria de Federico S. Inclán.