FICHA TÉCNICA



Título obra Los siete ahorcados

Notas de autoría Leónidas Andreiev / autor del cuento homónimo; Alejandro Cessar Rendón / adaptación teatral

Dirección Jebert Darien

Espacios teatrales Teatro Anexo a la Facultad de Arquitectura de la UNAM

Notas El Teatro Anexo es el actual Teatro Carlos Lazo de la Facultad de Arquitectura de la UNAM

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los siete ahorcados” en El Día, 30 marzo 1983, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los siete ahorcados

Malkah Rabell

Tal vez para el espectador que nunca vio una dramatización de ese relato de Leonidas Andreiev: Los siete ahorcados con actores competentes, ni ha leído el original, la versión de Alejandro Cessar Rendón, puede parecer aceptable. Para quien ya conoció la desgarradora obra del escritor ruso, quizá su mejor creación y tuvo la suerte –como me sucedió a mí– de verla con excelentes intérpretes de origen eslavo, y además conoce el original, la versión de Rendón resulta simplemente inaguantable. Por de pronto, si a una persa le desagrada tanto Andreieff, como lo dice el firmante A.C.R. en su introducción al programa de mano, ¿para qué lo traduce y lo dramatiza? Probablemente porque consideró el texto útil para comparaciones actuales con América Latina. Mas, como para el adaptador la tragedia de una pena capital, como la horca, no parecía suficientemente dramática ni "fuerte" para conmover al público –en una época cuando ya no se sabe qué inventar para subir la dosis de emociones "fuertes", cruelmente artaudianas– decidió introducir una escena de torturas, que se antoja absolutamente inútil.

Una vez que el adaptador se sintió a la altura de Mario Benedetti, se dio cuenta que el teatro actual, mejor dicho la tendencia de moda, exige la risa a cualquier precio y en cualquier drama, hasta en una tragedia. Y se dedicó a transformar la voz trágica de Andreieff –un autor que supo elevar el horror y la violencia al rango de un valor estético–, en una payasada. El personaje de Mischka Tziganiok, una figura trágica, a pesar de tratarse de un bandido, se vuelve cómica. Sus aullidos de lobo, debido al hombre acostumbrado al bosque y a la estepa, quien no aguanta el encierro, se torna un elemento de carcajadas, para un auditorio que va al teatro en busca de diversión. Otra escena absurda es ese final, cuando Mischka, en medio de sus compañeros de condena, empieza a correr por el escenario gritando: "Me oriné en los pantalones", frase que no recuerdo, pero que se me hace ajena al temperamento de Andreieff, y que probablemente en la época de la publicación de la mayoría de sus obras, entre 1902 y 1912, ningún autor respetable hubiese aceptado. Parece una frase más bien dentro del espíritu moderno, como sacada de un cuento de Sartre, El muro.

Tampoco los cinco revolucionarios, condenados a la horca, porque iban a lanzar una bomba en el camino de un ministro, son las trágico-líricas figuras que creó el autor ruso. Esos 5 jóvenes, son recluidos en celdas separadas, dejando que cada cual soporte a su manera el tiempo que le resta de vida. Cada cuál con sus pensamientos, cada cuál con su soledad. Y esa última noche ante una muerte horrible, que ha de ser el meollo del drama, pasa casi desapercibido en la versión que dirige Jebert Darien en el teatro de la Ciudad Universitaria. En la presente versión, los cinco presos revolucionarios, ni siquiera parecen darse cuenta de lo que les esperaba. La visita de una madre en la celda de su hijo, al colegio Vasili, que desde el principio teme a muerte, es de un dramatismo que una gran intérprete lograría transmitir con la más fuerte emoción, que le merecerla una ovación del auditorio al finalizar la breve escena (como lo he visto personalmente). Aquí es un fugaz episodio que una actriz sin la menor experiencia echa a perder. El sugestivo papel de Yanson, un criado que asesina a su amo e intenta violar a su mujer, precioso papel para una creación dramática, ya que se trata de un débil mental. Aquí, realizado por un joven actor igualmente inexperto, no provocó ni emoción, ni piedad, ni interés. Y lo peor fue la penúltima escena, cuando los siete condenados viajan en un vagón rumbo al cadalso.

El reducido lugar de ese último encuentro reúne aún más a los siete presos, en tanto el ritmo de las ruedas del tren y el silbido de la locomotora subraya la intensidad de la atmósfera, hace más dramática la espera de la muerte y más humana la última solidaridad. ¿Cuál es la ocurrencia del director? Dispersar a todos por el inmenso escenario del teatro "Anexo a la Facultad de Arquitectura" y hacerlos bailar, cantar y realizar gimnasia.

En resumen, un espectáculo fracasado, en toda su extensión, de drama y de actuación.