FICHA TÉCNICA



Título obra El extensionista

Autoría Felipe Santander

Dirección Felipe Santander

Elenco Luis Mercado, Alejandro Rivera, Lisbeth Garinián, Antonio González, Miguel A. Zevada

Escenografía Félida Medina

Grupos y compañías Actores del Sindicato de Actores independientes

Espacios teatrales Teatro del CREA

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El extensionista” en El Día, 14 marzo 1983, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Las 1,500 funciones de El extensionista

Malkah Rabell

Un título muy simple: El extensionista, para un drama muy complejo, del cual hay que ir sacando la problemática poco a poco, como un hilo de la madeja. En primer plano la historia de un joven ingeniero agrónomo, Cruz López, presentada con un gran sentido del humor y mucha vivacidad.

Y en su torno los conflictos colectivos de una comunidad agraria, Tenochitlen, cuya insinuación a la gran Tenochitlán es bastante obvia. Y esos conflictos colectivos van involucrando cada vez más en su dramaticidad al recién llegado "extensionista", enviado para dar ayuda técnica a la población campesina, hasta llevarlo al clímax de su capacidad de entrega. Pero no es para arribar a un happy end: se casaron y vivieron muy felices. ¡No! muy al contrario. El final es trágico e irreversible: la muerte. Mas, en este drama escrito con tanta habilidad, con una comicidad que nunca permite llegar a una excesiva tensión nerviosa, ni perder la esperanza, en este drama, el conflicto dramático no es solamente el de Cruz, sino de Tenochitlen, el joven ingeniero, no es más que un tornillo de un gran engranaje, finalmente arrancado de cuajo y destrozado.

Y este gran engranaje, tan complicado, tan enrevesado, de la vida campesina con sus luchas contra el caciquismo que los devora y destroza, con su problema del pan diario, con su incapacidad de defender a su gente sin armas y sin preparación intelectual, contra un ambiente adverso que posee el poder del dinero, de la corrupción, de la violencia y se burla de todas las leyes creadas para defender al más débil, presenta una infinidad de preguntas. El autor parece ser defensor de la parcela agraria. Y el espectador, aunque poco idóneo en semejantes problemas se interroga: ¿Es posible erigir una economía nacional sobre un sistema de pequeñas parcelas donde, como en Tenochitlen, el campesino sólo siembra maíz y frijol para apenas saciar el hambre de su propia familia? Con la carestía del material agrícola, con la necesidad de maquinaria para modernizar el trabajo del campo, con el desconocimiento de los sistemas más avanzados de sembrar y cosechar ¿puede el campesinado responsabilizarse por las necesidades económicas de una nación, de un país? Y tanto un hombre de la izquierda corno el de la derecha contestarán No! El socialista sostendrá la necesidad de colectivizar el trabajo agrícola por medio del ejido o del Kolhos y el hombre de la derecha sostendrá la necesidad de entregar las grandes extensiones de tierra a manos individuales, provistos de posibilidades financieras. Pero en el Tenochitlen de Felipe Santander, hay parcelas, y hay hambres, y hay caciques –uno solo, Don Máximo puede servir de símbolo para muchos de su ralea– que matan, roban, imponen burocracia y se burlan de todos los sueños de algunos gobernantes idealistas. Y lo peor del caso. Hay tal corrupción en Tenochitlen que nada ni nadie puede salvarse: desde el y el fertilizante están adulterados hasta el dinero destinado al campesino para la compra de la semilla por el gobierno, es entregado por la burocracia a los usureros para que negocien el hambre del campesino. ¡Hambre, muerte, violencia y corrupción! Ante semejante situación ¿qué hacer? Esta es la pregunta con la cual Felipe Santander finaliza el drama, y se hace a los espectadores, en espera de una solución.

La obra ha llegado a las 1500 funciones en una sola temporada ininterrumpida de cuatro años y medio. Lo que es un hecho único en la historia de la dramaturgia mexicana. Y cada vez más le encontramos nuevos ángulos tanto a la obra como la representación toda. Desde luego, se puede explicar esta prolongada existencia en el escenario de una sala poco calentada por el público, como lo es la de el CREA por el actual interés por los problemas políticos que se ha despertado en todos los auditorios del país. Sobre toda la pasión, la indignación, la angustia que en nuestro auditorio urbano provoca ese desconocido –o muy poco conocido– problema del campo. Pero, ningún interés político podría sostener tanto tiempo en el escenario a una obra si ésta no tuviera el apoyo de un esqueleto dramático, de una excelente hechura profesional, de una gran habilidad de oficio acompañados de un sentido del humor, de un conocimiento profundo tanto de la psicología de sus personajes como de un modo de expresarse y de actuar en distintas situaciones. Un bello drama de estilo brechtiano.

En el transcurso de esos cuatro años de representación, algunos elementos del amplio reparto han sido cambiados. No es nada fácil reemplazar a una figura central que durante mucho tiempo triunfó, en el papel del ingeniero, el Extensionista, como fue el caso de Luis Castañedo. Pero ¡Oh, milagro! como todos los milagros que abundan en ese espectáculo de una obra atea, Cruz encontró a otro intérprete a la medida del personaje, Luis Mercado, actor muy joven muy fresco, espontáneo, con algo de ingenuo en su aspecto y en su manera de actuar que le da una simpatía muy peculiar al protagonista. También fue reemplazado el cancionero –el narrador brechtiano–, Gabino Palomares, por un joven actor Alejandro Rivera, que posee una muy linda voz, pero aún demuestra falta de experiencia. Lisbeth Garinián como la nueva Manuela, la novia del ingeniero, es bonita y ,correcta. Y como algunos compañeros de ruta volvemos a ver a Antonio González, en el papel del viejo campesino Benito, estupendo papel, que el actor realiza cada vez mejor. Lo mismo pasa con Miguel A. Zevada como Don Máximo, en cuyo papel se instaló como en su propia casa. En cuanto a la escenografía a Félida Medina, que lucía mucho en los tiempos del estreno, al cabo de cuatro años de uso, parece ya algo deslucida y cansada.

Y ahora, sólo nos resta desear al autor y director Felipe Santander, y a toda esa compañía de miembros del SAT, que lleguen a festejar las 3000 funciones.