FICHA TÉCNICA



Título obra Una vida de teatro

Autoría David Mamet

Dirección Benjamín Cann

Elenco Claudio Obregón, Miguel Ángel Ferriz

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Una vida de teatro” en El Día, 31 enero 1983, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Una vida de teatro: triunfa Claudio Obregón

Malkah Rabell

En realidad, la obra del dramaturgo norteamericano David Mamet, que actualmente se presenta en el teatro "Granero", debería llamarse más bien: Dos vidas en el teatro. Pues trátase de dos actores, uno aún muy joven y que apenas se inicia, Juan; y el otro, Roberto, ya maduro, que ha pasado en el escenario "toda" una vida. Enfrentamiento de dos existencias, de dos hombres, uno que empieza, y otro que casi está por terminar; uno que comienza a saborear el gusto del triunfo tanto del público como de la crítica; y el otro que ya siente llegar el final, el fracaso, el rechazo de público y crítica, y no puede escapar a un sentimiento de rencor contra su involuntario rival, y no puede pasar por alto una frase que es como un pinchazo de su joven colega: "A los que SOMOS buenos, NOS va bien". Enfrentamiento que resulta muy interesante, con sus bruscos cambios psicológicos y de humor tan variado en el actor. Pero también muy difícil de mantener en el mismo nivel durante una hora y media, y sobre todo durante 26 escenas, especies de flash que obligan a un constante rompimiento de la unidad dramática. Veintiséis flash que tratan de captar los más variados ángulos de esas dos vidas: en su camerín; en el gimnasio; en la calle; y en especial sobre el escenario, ante el público, en múltiples obras y múltiples personajes. ¡Teatro dentro del teatro! que da la posibilidad a esos dos intérpretes de crear una gran diferenciación de tipos y caracteres, sólo posible de realizar para grandes actores, y son el sueño de todo actor inquieto y creativo. De todo verdadero intérprete.

En esta competencia de actores en papeles de actores, desde luego, gana la batalla Claudio Obregón como Roberto, el actor maduro. Y aunque Miguel Ángel Ferriz, como Juan, el joven actor principiante fue excelente y va a grandes pasos camino de imponerse como nuestro mejor actor joven (premiado como tal por la AMCT), no pudo borrar, ni hacer olvidar por un solo instante la imagen de su colega mayor, Claudio Obregón que fue simplemente extraordinario. Obregón es un intérprete que se distingue por sus cambios de una obra a otra. Desde su primera aparición en esta Una vida en el teatro, ya era otro. Ya ninguna semejanza tenía con el atormentado intelectual polaco de Los emigrados; ni tampoco con el necio protector de un impostor e intrigante de Tartufo. Era un actor, con toda su fascinación y cierta falsedad que semejantes personajes suelen demostrar en la vida real. Y luego este actor renovado empezó a renovarse durante veintiseis escenas, durante veintiseis flash. ¡Uf! ¡Grandioso... y un poco cansador!

Quizá esta obra encerrada dentro de un solo ambiente y dentro de intereses únicos, sin clímax alguno, donde nada sucede, nada se mueve ni consigue extremos dramáticos o cómicos, llega en cierto momento a decaer, adquiere cierta monotonía, y hasta un leve aburrimiento, que sólo un director de mucha experiencia teatral, hubiese podido salvar. Lo que aquí no era el caso. Benjamín Cann es un joven director de la televisión, que da sus primeros pasos en el teatro, la presente obra de David Mamet, es su primer experimento en el campo escénico. Le faltó soplo para llegar con igual fuerza hasta el final. En las últimas escenas Claudio Obregón daba la impresión de cansancio y comenzaba a desviarse de las características de su personaje. Se necesitaba la mano férrea de un director experimentado para mantener tanto al personaje como a toda la obra dentro de la disciplina de una línea trazada desde el principio hasta el final. Sobre todo en un escenario circular como es el de El Granero que exige una técnica muy especial. Desde mi lugar perdía casi la totalidad de los juegos faciales de Obregón, a quien por lo general veía por la espalda. También la escenografía con sus constantes cambios de elementos padecía cierto desorden y cuyos cambios duraban demasiado. Quizá con los espectáculos futuros, tanto los intérpretes como el director, reencontrarán el camino exacto, y esta representación, que se inició estupendamente, cerrará el ciclo de sus 26 escenas con el mismo brío.