FICHA TÉCNICA



Título obra Libélula

Autoría Aldo Nikolai

Elenco Leonor Benedetto, Héctor Suárez, Carlos Bracho

Escenografía David Antón

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. ¿Libélula... o escarabajo?” en El Día, 24 enero 1983, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

¿Libélula... o escarabajo?

Malkah Rabell

La comedia del francés Aldo Nikolai, se anuncia en dos actos. En realidad son como dos comedias unidas entre sí por un leve hilo familiar. El primer acto parece una farsa de humor negro, que trata de asumir las pasiones del hombre moderno: el reinado del automóvil; la locura de la rapidez; la importancia de la terapia psiquiátrica con su espantosa maquinaria. Es un acto formado por rápidos sketches, en fina atmósfera de paranoia del mundo actual, interpretado por dos personajes, Paul y Eva: un hombre a quien le suceden las peores e increíbles desgracias debidas a la intervención de una mujer encontrada casualmente; en tanto ella, la culpable, de todas las catástrofes sale indemne. Y uno casi llega a preguntarse: ¿Por qué se ríe tanto la gente? ¡Qué extraño placer provocan en el espectador las desgracias ajenas! ¡Humor negro! En el segundo, la atmósfera modernista desaparece por completo. El ambiente se vuelve tradicional y la comedia también. Se agrega un tercer personaje que parece introducido de fuerza dentro de la historia. El clásico marido de quien decide desembarazarse la pareja del acto anterior: la escolopendra y su desdichada víctima que terminó por ser su amante. Y no les cuento más para no quitarles el sabor del descubrimiento. Y en esta Libélula hay mucho que descubrir. Los pormenores sobran y duran dos horas y 15 minutos.

Hay papeles que ayudan a conquistar el cariño y la simpatía del público hasta a un actor de pocas posibilidades. Pero hay papeles que ni a un santo pueden salvar de la caída final. Jamás he visto a un personaje más indicado para que lo asesinen después de la primera media hora que esta Eva, la mujer eterna, "Libélula", que más bien es una tarántula, un escarabajo. Jamás he encontrado a un protagonista a quien el público llega a odiar tanto. Se me hace casi imposible asegurar si Leonor Benedetto es una actriz insoportable, o es un papel simplemente inaguantable. Desde luego, es de esas bellezas frías, con un cuerpo demasiado perfecto para ser humana, cálida, tierna, y ni siquiera sensual. Parece de inmediato una modelo. Y como perfecta modelo, la actriz huésped es muy elegante y usa el escenario para un desfile de modas. También es muy monótona en el manejo de su personaje. No cambia de tono ni de matices a lo largo de dos horas, pero cambia mucho de vestuario. A fuerza de gritar no se entiende lo que dice, y su Eva resulta desagradable, antipática y venenosa sin descanso.

En cambio, como todo el mundo sabe, Héctor Suárez es un excelente actor cómico que puede usar y abusar de diversas máscaras. Logra transmitir todas sus desgracias de pobre diablo sin carácter, que despierta la piedad al mismo tiempo que la risa. Quizá estuviera mejor su interpretación, así como todo el espectáculo tal vez tuviera mayor calidad, si en lugar de dirigirse a sí mismo, tuviera que someterse a la dirección de un tercero, a la mano fuerte de un buen realizador y guía de actores. Ni modo, no se puede ser juez y parte.

En cuanto a Carlos Bracho, en el papel del marido, nos dio un gusto infinito –creo que a todo el auditorio– de verlo nuevamente en un escenario capitalino, después de tan larga ausencia ocupado con La vida es sueño y viajando por España y la provincia. Carlos Bracho, que no es un "cómico" tiene en cambio grandes dotes de comedia en la cual puede llegar a ser excelente. Y aquí lo es. ¡Bienvenido Carlos Bracho!

También cuenta el espectáculo de esta Libélula con una sugestiva escenografía, sobre todo en el primer acto, con su noche poblada de luces de automóviles, su tren que pasa y su gabinete psiquiátrico, debida a David Antón.

Una comedia, o farsa que podría ser simpática si asesinaran a la protagonista en el primer acto. Decididamente Aldo Nikolai tiene la misoginia arraigada muy hondo (¿será debida al recuerdo de alguna esposa, amante o madre?) Lo malo del caso, es que es tanta la sinceridad de su odio, que nos volvió misóginos a todos los espectadores.