FICHA TÉCNICA



Título obra El eclipse de los dioses

Notas de Título The Entertainer (título en el idioma original)

Autoría John Osborne

Dirección Xavier Rojas

Elenco Jacqueline Andere, Carlos Baena, José Baviera, Gloria García, Jesús Colín, Salvador Machado, Carlos de Alba

Notas de elenco Conjunto musical Dragsters

Escenografía Armando Gómez de Alba

Notas de escenografía José Gómez Rosas / carteles

Música Raúl Sáyago

Notas de Música Alejandro César Rendón / letra

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. El eclipse de los dioses”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 15 agosto 1965, p. 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

El eclipse de los dioses

Mara Reyes

Teatro del Granero. Autor, John Osborne. Dirección, Xavier Rojas. Música, Raúl Sáyago. Conjunto musical, “Dragsters”. Letra de las canciones, Alejandro César Rendón. Escenografía, Armando Gómez de Alba. Carteles, José Gómez Rosas. Reparto: Jacqueline Andere, Carlos Baena, José Baviera, Gloria García, etcétera...

Xavier Rojas, quien hace años dio a conocer al público capitalino la pieza que hizo famoso a John Osborne: Recordando con ira (o Rencor al pasado, como la bautizó este director), ha llevado a escena otra obra del mismo autor: El animador (The Entertainer) a la que también ha cambiado su nombre original, por el de El eclipse de los dioses.

De gran interés era comprobar si esta segunda obra superaba la eficacia escénica de Recordando con ira. Pero a mi modo de ver, esto no sucedió. La intención del autor era nada menos que la de identificar la decandencia de un género: el music hall (que en Inglaterra es de gran tradición y a la cual contribuyeron grandes artistas –Chaplin entre ellos–), con la decadencia de ciertos sectores del pueblo inglés. “El music hall está muriendo y con él una parte significativa de Inglaterra”, dice Osborne en la nota preliminar de su obra.

Desgraciadamente el infierno está empedrado de buenas intenciones... Osborne escogió para su obra una técnica que siguiera en cierta forma los lineamientos de un espectáculo de music hall, con sus secuencias seccionadas a manera de pequeños “números” o sketches que facilitaran la simultaneidad de varias acciones. La idea era buena, salvo en lugar de presentar “acciones” –simultáneas o no–, toda la obra se redujo a relatos, sólo relatos de acciones sucedidas, interrumpidos por oscurecimientos, lo que hace a la obra totalmente antidramática.

No se encuentran en ella diálogos vivos, sino esqueletos, remembranzas, de diálogos pasados: “yo dije”, “él me contestó”, “yo hice”, “ella hizo”... Osborne echa mano de una técnica realista, cuajada de efectismos; huyendo del naturalismo, apenas escapa a “la rebanada de vida” proclamada por los portavoces de este estilo.

Los planteamientos no se perfilan como una ruptura con las tradiciones; es más, la crítica a la sociedad inglesa no llega nunca a ser incisiva. Osborne, acomodado ya en el afelpado sillón del teatro comercial (recuérdese que el papel de Archie en la première de esta obra en Londres, fue interpretado por LaurenceOlivier), no se atreve ya a la denuncia tajante.

Osborne no tiene disculpa para su debilidad, pues ¿cómo se puede ser tradicional en un país en el que la propia reina Isabel encabeza la ruptura con las tradiciones, haciendo nobles a los Beatles? ¿No sería más lógico esperar una mayor reacción antitradicional de los dramaturgos que de los reyes? No hay que ser más papistas que el Papa.

La realización de Xavier Rojas quitó de manera apreciable mucho del marco naturalista del que Osborne rodeó a sus personajes, acentuando, en cambio, con decisión, el enfoque realista. Pero por más que haya luchado por dar vida a los personajes, tenía delante de si una barrera infranqueable: el relato continuo. Tanto Rojas, en su papel de director, como todos los actores, tuvieron que enfrentarse al gran problema: la ausencia de acción y de situaciones dramáticas vivas.

Los diálogos “crudos”, encaminados a escandalizar al público, dan la impresión de estar sometidos a un “baño maría”, nunca al fuego directo.

De todos los actores, es quizá Jacqueline Andere la que sale mejor librada, debido a que el autor sitúa a su personaje (Jean) más como observador que como participante del drama. En cuanto a José Baviera, es imposible sustraerse a la idea de su carácter español, nunca se le ve como a un ex payaso de music hall inglés.

Carlos Baena se mantiene siempre tibio. A Gloria García le falta sinceridad. Y es natural, ya que la obra no permite una realización entera, en tanto que personajes, ya que éstos están pintados en una sola de sus caras. No es el caso de Jesús Colín, Salvador Machado y sobre todo de Carlos de Alba, cuyas deficiencias son intrínsecamente suyas y no adjudicables a fallas de composición o de dirección.