FICHA TÉCNICA



Título obra Rómulo Magno

Autoría Friedrich Dürrenmatt

Notas de autoría Nicholas Wenckheim / traducción

Dirección Ignacio Retes

Elenco Augusto Benedico, Virginia Gutiérrez, Héctor Andremar, Patricia Morán, Enrique Lizalde, Alfredo W. Barrón, José Carlos Ruiz, Luis Gimeno, Tomás Bárcenas, Álvaro Carcaño, Jorge Mateos, Daniel Villarán, Manuel Aguiluz

Escenografía Julio Prieto

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Notas Daniel Villarán puede ser Daniel Villagrán. Luis Gimeno puede ser Luis Jimeno

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Rómulo Magno”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 4 julio 1965, pp. 4 y 6.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Rómulo Magno

Mara Reyes

Teatro Hidalgo. Autor, Friedrich Dürrenmatt. Traducción, Nicholas Wenckheim. Dirección, Ignacio Retes. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Reparto: Augusto Benedico, Virginia Gutiérrez, Héctor Andremar, Patricia Morán, Enrique Lizalde, etcétera…

Friedrich Dürrenmatt tiene la facultad de conducir de la mano a su público hacia la aventura. Sus personajes lo llevan a uno a través de lo insólito por un mundo que no teme afrontar ciertas realidades. La paradoja es exagerada a su máximo, para de esta manera dar una perspectiva a los hechos de los hombres; una perspectiva que se ahonde en la retina, que hiera los sentidos.

En Rómulo Magno, Dürrenmatt no nos relata la historia de la caída del Imperio Romano de Occidente: nos advierte del posible derrumbe del Imperio Humano. Su obra es tautológica, pues si las ideas que maneja el autor son múltiples, todas ellas están fincadas en una sola premisa: la de que el orden del mundo se ha contravertido y sólo podremos devolverle su armonía si aprendemos a respetar la vida humana en todos sus aspectos.

Si en La visita su forma de denunciar cómo con dinero puede comprarse la vida de un hombre es espeluznante; en Rómulo Magno la oferta del comerciante de pantalones de salvar al Imperio dando él el dinero necesario para sobornar al jefe del ejército invasor, a condición de que le sea entregada en matrimonio la hija del emperador es aún más aterradora. La aceptación de tal proposición por la hija y el novio de ella (si no por el emperador) equivale a decir que en el mundo en que vivimos los valores han llegado a su quiebre total: ya que en la parte superior de la escala están colocados el dinero y la prostitución.

Los recursos de que Dürrenmatt echa mano no podrían calificarse de simbólicos, van más allá del símbolo; tampoco de simplemente paradójicos: van más allá de la paradoja, rozan lo extravagante, lo descabellado, se sumergen en lo inverosímil para destacar lo contradictorio, lo absurdo de nuestra aceptación de un mundo regido por tal desorden. Las gallinas llevan nombres de emperadores como una manera de materializar una idea: la de que el mundo está poblado por seres que se dejan manejar, sin oponer la resistencia de su propio razonamiento.

Dürrenmatt exhibe a la patria como un Saturno devorador de sus hijos. Y al patriotismo como una aberración antihumana, ya que se le hace sinónimo de luchas, combates y muerte y sólo se enarbola su estandarte como justificación del hombre para matar al hombre. Al través de su personaje de Rómulo, Dürrenmatt exclama con toda su rebeldía: “La patria vale menos que una sola vida humana”. Y si Rómulo se queda hasta el final en su trono, si no huye, si se ofrece voluntariamente en sacrificio, no lo hace por el Imperio, sino por el Hombre.

En la obra, el autor enfrenta el pasado de la humanidad con el futuro. No es otra cosa el encuentro de Rómulo Emperador –al cual el pasado del Imperio le hace estremecerse de terror por su cadena de dominación y muerte–, con Odoacro –jefe hérulo que teme por el futuro de su pueblo ávido de sangre, de héroes y de víctimas–, para llegar a concluir que a todos se les ha olvidado el presente y que la vida no es sino una serie continua de presentes en los cuales nadie recapacita por estar abrumados con las tradiciones y las aspiraciones, con lo que se “fue” y con lo que se “será”. Nadie piensa en lo que se “es”. En su encuentro descubren que a ambos les gusta criar [p.6] gallinas. Lo que puede significar que ambos aman la vida sencilla del campo, en su implicación más obvia, pero también que a pesar de que quisieran dar luz a los hombres, no pueden zafarse de propiciar lo que rechazan: la irreflexión, la crianza de pueblos con instinto animal.

Estos dos personajes representan la recuperación de los valores humanos, el orden que se ha restablecido dentro de ellos quiere proyectarse a los demás hombres, sin embargo ellos saben que no pueden luchar con las armas de la paz, el humanismo y la dignidad, mientras haya seres que no se respetan a sí mismos en tanto hombres, que busquen la dominación, la guerra y la heroicidad.

La puesta en escena concilió este doble aspecto que Dürrenmatt da a su obra, de farsa grotesca y de tragedia, esa paradoja análoga en la forma y en el contenido, que el autor explica: “Podemos obtener lo trágico por medio de la comedia, producirlo como un momento espantoso, como un abismo que se abre. Parece importante la conclusión de que la comedia es la manifestación de la desesperación, pero esa conclusión no es imperiosa. El que ve lo insensato, lo desesperante de este mundo puede ciertamente, desesperar, pero esa desesperación no es una consecuencia de este mundo, sino una respuesta que da a este mundo y otra respuesta sería acaso su no desesperar, su determinación a resistir ese mundo en el que muchas veces vivimos como Gulliver entre los gigantes.”

Ignacio Retes mantuvo latente durante todo momento la paradoja exacerbada y Augusto Benedico, ese actor cuyo nombre se pronuncia siempre con respeto, da a su personaje la faz humana que indudablemente soñó Dürrenmatt al escribir su obra. No es la reproducción ficticia de un emperador del que la historia se acuerda y al que un dramaturgo dibuja a su manera, sino la creación de un ser humano que sacrifica un imperio en aras del Hombre.

Sobresalen entre los actores: Virginia Gutiérrez, Héctor Andremar, Enrique Lizalde, Alfredo W. Barrón, José Carlos Ruiz, Luis Gimeno, Tomás Bárcenas, Álvaro Carcaño, Jorge Mateos. No satisface totalmente el trabajo de Patricia Morán, cuyos parlamentos suenan siempre a hueco. La falsedad que despiden sus palabras y gestos hacen imposible de aflorar cualquier destello emocional. En cuanto a Daniel Villarán, lo que desagrada es su entonación. Cada frase la dice “cantando” como si se tratara de una recitación y no de la interpretación de un personaje teatral que debe hablar como consecuencia de lo que piensa y no que piensa como consecuencia de lo que habla.

Pero estas fallas no son nada en comparación con Manuel Aguiluz –afortunadamente en un papel breve en extremo–, a quien ni siquiera se le entiende lo que dice.

Se comprende, si no se justifica, que en una obra donde intervienen numerosos actores algunos no estén al máximo de lo que se reclama de ellos. De todas maneras, el saldo es generoso, las objeciones se ven compensadas por Benedico, Andremar y muchos otros actores.

La escenografía que realizó Julio Prieto en esta ocasión es impecable, la atmósfera lograda, especialmente en el segundo acto (en el que las palabras suenan en medio del cacareo de las gallinas presentes en la escena), fue idónea.