FICHA TÉCNICA



Título obra Los persas

Autoría Esquilo

Dirección Jebert Darién

Elenco Claudia Cortés, Héctor Bojórquez, Rafael Magallanes, Armando Lazcano, Alejandro Gutiérrez

Vestuario Guillermo Barclay

Espacios teatrales Casa de la Paz

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 23 mayo 1965, pp. 4 y 5.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Los persas]

Mara Reyes

Los persas. Casa de la Paz. Autor, Esquilo. Dirección, de Jebert Darién. Vestuario, Guillermo Barclay. Reparto: Claudia Cortés, Héctor Bojórquez, Rafael Magallanes, Armando Lazcano, Alejandro Gutiérrez, etc.

Después de la presentación cotidiana que la Casa de la Paz ofrece al público, del telón mural de Manuel Felguérez, con luces, música y poesía, todo combinado en forma excelente, con verdadero arte, fue escenificada una de las siete tragedias de Esquilo: Los persas, dirigida por Jebert Darién. Por cierto que algo que llama la atención del programa con que se anuncia la obra, que se le llaman “corifeos” a los integrantes del coro. Siendo que corifeo –que viene de la palabra koruphé que significa cabeza, era en la Grecia antigua, el que guiaba el coro. En cambio nombran en el programa como coreutas, a los que son en realidad los corifeos...

Pero vayamos al punto que interesa, que es la representación misma. Cuando Jebert Darién se aventuró por primera vez con esta difícil obra de Esquilo, hace aproximadamente un año y medio, demostró que su interés predominante era el de conseguir un desbordamiento plástico, algo así como una pintura mural en movimiento. Desfiles simétricos, movimientos de brazos, gestos a la vez rígidos y móviles. Dentro de este terreno, el resultado de la actual representación no añade nada a su primigenia concepción. Encontramos el mismo tipo de plástica, no hay nuevos colores, ni nuevas imágenes. Lo que quiere decir que la concepción que Jebert Darién tiene de la obra se mantiene dentro de los mismos linderos.

Esto no es censurable de ninguna manera, puesto que el resultado es positivo.

Lo deplorable en el caso de la actual reposición, es el elemento sonoro. Las voces de los intérpretes a fuerza de dar volumen, pierden la noción del matiz. El grito se confunde con la voz natural a tal extremo que deja de ser grito y por ende pierde su eficacia. Darién hace al grito sinónimo del dolor, pero se olvida que el dolor nace por dentro del individuo y que hay un largo camino entre ese nacer y la exposición sonora. El grito debe originarse en alguna parte (emocionalmente hablando) y en esta representación, los personajes gritan, saltándose la infancia del grito, la adolescencia, llegan a la madurez de él sin ningún tránsito y se eternizan en el grito sin [p. 5] mesura, olvidándose que también el grito muere y que para que surja otro grito, éste debe también nacer y madurar. De este abusar del volumen en las voces viene a resultar que el grito deja de significar dolor y se convierte en algo monocorde, sin significación, y de tan reiterado, uniforme, casi desagradable.

Por otra parte, la mayoría de las voces con que cuenta Darién en su actual grupo teatral, no están bien templadas y la ausencia de matiz las disminuye más aún en su calidad.

Y todavía más, la forma del recitado, con sus acentos parejos y monótonos revela falta de imaginación auditiva. Ocasiones hay que, inclusive, los acentos de las palabras son indebidos, como ejemplo, se da énfasis a la primera sílaba de “CAlamidades” siendo que el acento tónico de esta palabra lo lleva la penúltima de las sílabas, Y estos errores repetidos al unísono por todo el coro, colman de desaciertos la representación.

Sacar emoción forzada, a base de elevar el volumen de la voz, podría ser un recurso en un momento dado, si no muy legítimo, al menos excusable, pero repetir el recurso a lo largo de toda una obra, es excesivo. El grito debe ser consecuencia de la emoción y no la emoción consecuencia del grito.

Y no hablemos ya de ese final desafortunado que deja una sensación de cosa inacabada. Ese encuentro incierto entre Atosa y su hijo Jerjes, que no aparece en la obra de Esquilo, no produce otra cosa en el espectador, que desconcierto. En suma, que esta reposición de Jebert no supera a la primera vez que él montó dicha obra y muy posible es que ni siquiera la haya igualado.