FICHA TÉCNICA



Grupos y compañías Ballet Teatro del Espacio

Espacios teatrales Teatro de Bellas Artes

Notas Presentaciones de las coreografías Kinéticas de Bernardo Benítez; Muerte de un cisne, Tierra sombría y La ópera descuartizada de Michel Descombey

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Un ballet mexicano de gran altura” en El Día, 1 noviembre 1982, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Un ballet mexicano de gran altura

Malkah Rabell

Nunca he sido crítica de danza, ni lo he pretendido. Tengo la perfecta perspectiva de todas mis ausencias profesionales para emitir juicios en esta materia. Pero soy público, soy espectador. Y como tal puedo dejarme llevar y vencer por las más diversas sensaciones: entusiasmo; indignación; indiferencia. El Ballet Teatro del Espacio no siempre me ha gustado. Algunas de sus creaciones han escapado a mi entendimiento. Otras me han parecido ya excesivamente conocidas. ¡Y de pronto... como si algo se hubiera arrancado en mi interior! ¡Sorpresa! ¡Admiración! ¡Desgarramiento! Fue una cosa extraña. Las sensaciones iban en aumento. ¡En crescendo! Poco a poco...

Empezó a gustame el primer número: Kinéticas, con la coreografía de Bernardo Benítez. No sé si tiene, o no, argumento. A mí me pareció una danza geométrica, con un conjunto perfectamente disciplinado, coherente. Bailarines dueños de su oficio. Luego vino un número individual, bailado por Tonio Torres, con la coreografía de Michel Descombey y música de Saint-Saens. Un joven bailarín estupendo que danzaba con cada uno de sus músculos, y hasta los dedos de sus manos parecían interpretar esa Muerte de un cisne. Una danza que borraba en la memoria la de algunas bailarinas rusas vistas en nuestra infancia. Un bailarín que podía permitirse el lujo de permanecer solitario en el foro y conquistar la sala. (Hace poco vi a un bailarín cubano, Rubén Rodríguez, que ejecutó en el homenaje a Anna Sokoloff una danza individual igualmente magnifica: La jaula y el estanque).

Luego el telón del Bellas Artes se alzó sobre una auténtica danza-teatro llamada Tierra sombría. Y aun cuando no tuve tiempo de informarme en el programa de mano, de inmediato resultaba claro que de Romeo y Julieta se trataba. Y otra vez la muerte se hizo presente, envolviendo a todos los personajes. Resulta extraño cómo la muerte parece perseguir e introducirse en la creación de Michel Descombey. ¿Será verdad que los artistas que han pasado por la guerra ya nunca pueden escapar a una atmósfera de aniquilamiento? El detalle cuando el conjunto, vestido de aristocráticas ropas renacentistas, se los arranca para quedar en harapos contemporáneos, deja un amargo sabor a miedo y angustia. Aunque toda la compañía participa en esta Tierra sombría, son cuatro figuras que destacan especialmente: Lino Perea, como Romeo; Solange Lebourge como Julieta; Carlos Oropeza como Teobaldo, y otra vez Tonio Torres, como Mercurio. También la escenografía impresiona, con su tela de araña como fondo, por el cual Romeo sube hacia una invisible altura de amor y de muerte.

La segunda parte del programa lo ocupa una sola danza, un solo largo ballet-teatro, que el coreógrafo, Michel Descombey llama: La ópera descuartizada, y que casi da ganas de llamar: La revolución descuartizada con sus cinco partes: Revolución, Fiesta; Amor y deber; Contrarrevolución; Caída y miedo. El ballet es demasiado denso, demasiado intenso, barroco y rico en temas distintos que van entretejiéndose, como para poner explicarlo después de presenciarlo una sola vez. Únicamente permanecen sensaciones, que dejan inmóvil y trastornado al espectador. No, no se trata de la Revolución Mexicana, ni tampoco de la cubana, aunque oíamos constantemente una música popular cubana, atravesada por acordes de la "Marsellesa". Tampoco es la revolución francesa, aunque resulta natural que, francés, Michel Descombey se encuentre más cercano de su propio pueblo y del pasado de éste. Pero ni la inmensa bandera roja que servía de telón de fondo a la Muerte, ni la "Marsellesa" cuyos acordes parecían acompañar todo el ballet, ya más lejos, ya más cerca, imponía una sola nacionalidad a este desgarrador ballet. Bandera e himnos pueden pertenecer a todas las revoluciones socialistas del mundo. Pero lo que sí, de pronto, arrancó toda incógnita, todo anonimato y designó a Francia sin lugar a dudas, eran esos pasos de botas, rítmicos, duros, crueles, que despertaban en nuestra memoria un eco. Sonidos concretos, como los llama Descombey, que sólo podían pertenecer a las botas del ejército invasor nazi marchando por las calles de París.

Y la última escena, con la compañía entera reunida en el foro en un espacio muy reducido, bailarines apretujados unos contra otros, como en una cámara de gas, era otra imagen de guerra... Y luego, ya no sí. Sólo recuerdo ese intenso dolor en lo más hondo del corazón que este ballet deja... Y también sé que de pronto me embargó la alegría: ¡México ya tiene una ballet que puede enfrentarse a lo más importante de la danza universal!