FICHA TÉCNICA



Título obra ¿Mi vida es mi vida?

Autoría Brian Clark

Dirección Rafael López Miarnau y Susana Rodríguez

Elenco Héctor Bonilla, Rolando de Castro, Silvia Mariscal, Teresa Valenzuela, Graciela Doring

Espacios teatrales Teatro Reforma

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. ¿Mi vida es mi vida? las 400 rerpesentaciones” en El Día, 27 octubre 1982, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

¿Mi vida es mi vida? las 400 representaciones

Malkah Rabell

Cuando un espectáculo llega a las 400 funciones –o más–, es por algo. A menudo se adjudica el éxito de una obra a la intervención de un intérprete renombrado, popularizado por la pantalla grande o chica. Tal explicación tiene algo, o mucho, de verdad. El nombre de un actor atrae al público al estrenarse una obra desconocida. Pero ya más adelante, es el texto mismo, la obra, o si se prefiere, el argumento que llega a ser el meollo de las largas temporadas. Hemos presenciado más de un fracaso pese a una figura brillante en el reparto. Y sin duda la presencia de un actor joven como Héctor Bonilla, que goza de una especial simpatía entre los espectadores, no es ajena al triunfo de ¿Mi vida es mi vida? Pero su prolongada existencia en dos teatros, se debe más que nada a esta inteligentísima obra del inglés Brian Clark, que despertó el interés tanto de los partidarios de la libertad del suicidio –es decir de la libertad de tomar su propia determinación acerca de lo que a la vida de uno mismo concierne–, como de sus detractores.

El autor, en una oportunidad (creo que durante su visita a México) afirmó que su finalidad no era proteger el suicidio, sino defender el derecho humano de elegir su vida y su muerte. Me parece un poco hipócrita. El inteligente Brian Clark tal vez se asustó ante su propia audacia al aseverar –sin ninguna interrogante como lo hace el título para protegerse– que la vida de un ser humano le pertenece exclusivamente, por lo menos en lo que a la muerte se refiere. Ya que con la existencia de un hombre la sociedad hace lo que le conviene, y cuando necesita mandarlo a la guerra para matarlo en plena juventud, no se preocupa de lo sacrosanto de ese don divino que es la vida. Pero uno de los personajes de la obra, y el mismo protagonista, en el transcurso de la acción, mencionan el hecho de que la economía de un país deja a menudo morir a niños y adolescentes atacados de enfermedades benignas, en tanto gasta millones, inútilmente, en salvar a seres que ya vegetan, que sufren sin esperanza y sólo piden la muerte corno último descanso. Como sucede con Ken Harrison, el protagonista, un joven escultor víctima de un accidente automovilístico que desde seis meses lo mantienen inmovilizado en una cama de hospital condenado a nunca recuperar la movilidad de sus miembros ni la utilización normal de todas sus funciones anatómicas. Mas, este hombre, con la única ayuda de su mente y de su palabra, milagrosamente salvadas, logra poner fin a una vida de sufrimiento, con el consentimiento de autoridades y médicos.

Iniciadas las representaciones de ¿Mi vida es mi vida? en el escenario circular del Polyforum Siqueiros, actualmente, desde algunas semanas, el espectáculo se ofrece en el teatro Reforma con su escenario a la italiana, cuadrangular y fijo donde los actores sólo se les puede ver desde una sola perspectiva. El espectador, que tuvo !a oportunidad de presenciar la obra en ambas salas, puede elegir a su gusto. Para mi, creo que las posibilidades de movimientos corporales y del desplazamiento del reparto se presentan a mayor libertad y originalidad en el foro circular. En cambio quizá la perspectiva fija permite seguir con mayor cuidado todos los detalles del rostro y del cuerpo martirizado de Harrison.

En esas 400 representaciones también han ido cambiando muchos actores. El en papel del Dr. Emerson, un actor que desconozco, Rolando de Castro, es excelente y físicamente muy apropiado. Otro cambio fue realizado en el papel de la Dra. Claire Scott, y su nueva intérprete, Silvia Mariscal, es deliciosa su actuación y en su presencia. Pocas actrices he visto desplazarse con tal donaire. A Teresa Valenzuela le tocó la nada grata tarea de reemplazar a una intérprete de la calidad de Graciela Doring en el papel de la Hermana Anderson, y lo hizo con toda corrección, naturalidad y muy linda voz. En cuanto a Héctor Bonilla, como el escultor Ken Harrison, algunos profesionales del teatro, que ya vieron la representación en diversas oportunidades, pretendieron que la repetición del mismo papel durante una larga temporada, le quitó calidad a su actuación. Nada más equivocado, por lo menos según mi humilde opinión, Héctor Bonilla, sigue a las 400 representaciones tan espléndido intérprete, con sus cambios neuróticos, con su desesperante deseo de esconder su depresión bajo una máscara humorística, como lo fue la noche del estreno. La inteligencia del texto y la inteligencia del director, Rafael López Miarnau –en mancuerna con Susana Rodríguez– permiten a los actores permanecer incansables ante la obra y ante la dirección.