FICHA TÉCNICA



Título obra Salón Calavera

Autoría Alejandro Aura

Dirección Alejandro Aura

Elenco Maria Luisa Campuzano, Paloma Woolrich, Margarita Isabel, Alejandro Aura

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Salón calavera: espectáculo tridimensional” en El Día, 25 octubre 1982, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Salón calavera: espectáculo tridimensional

Malkah Rabell

La obra –no sé si llamarla comedia, revista o espectáculo musical– es del poeta, actor, director y a sus horas dramaturgo, Alejandro Aura quien también dirige la representación. Esta empieza en una comisaría, de madrugada, cuando Ramón despierta de un largo sueño alcohólico, para enterarse que durante una noche de juerga ha cometido el más terrible de los crímenes: prender fuego a un cabaret donde se amontonaba la gente. Incendio que costó la vida a no pocas víctimas. Con este principio, basado en un hecho verídico que ha ocupado las secciones amarillistas de la prensa durante algún tiempo, para después desaparecer sin dejar huella, se despertó el interés de muchos espectadores amantes de la novela policial, quienes se arrellanaron en sus asientos para seguir con mayor cuidado el hilo a esta misteriosa historia que nunca legró descubrirse si era crimen o accidente. Lamentablemente, apenas empezado, este episodio desaparece, se desvanece, y el autor-director nos transporta a una sala escenario de cabaret de ínfima calidad, donde se inicia el programa musical, el cual ocupa las tres cuartas partes de la función.

Aquí, ante la segunda dimensión de este Salón Calavera, surge una pregunta: ¿Para un espectador absolutamente indiferente a las artes de un cabaret –elegante, lujoso o de rompe y rasga–, y con igual indiferencia o antipatía para los programas revisteriles, qué clase de interés le puede despertar una parodia de tales programas? Ni siquiera puede llamársele parodia. Más bien es una imitación, sin excesos ni vulgaridades, de las "tandas" de ciertos cabaretuchos. Se trata de sketches sin unidad alguna entre sí. Varios con cierta gracia humorística, sobre todo por sus insinuaciones políticas. Pero otros, como los números musicales interpretados por María Luisa Campuzano, que bajo el nombre rimbombante de "Malicha Radel", que señala en dirección a otra cantante de programas nocturnas, bastante famosa hace veinte años, de nombre muy parecido, canta mal, con una grabación muy mal acoplada. y ni la letra ni la música se nos "pega". Entre los números de conjunto, tradicionales, con las bailarinas adornadas de las famosas plumas en la cabeza, no pude menos que admirar la gracia de Paloma Woolrich, que además de actriz es bailarina. También me ha hecho reír Margarita Isabel como la "fayuquera" que paseaba su mercancía entre las bambalinas del local. En otro papel, como Conchita la misma intérprete supo exhibir las características de las "artistas" del género. También Alejandro Aura, por lo general excelente actor dramático, en el presente caso supo adquirir toda la comicidad de un "auténtico" animador grandilocuente y convencido de la importancia de sus "presentados". Gran parte del público se sintió entusiasmado por lo que llamaron: creación de un ambiente muy auténtico del género cabaretero. Pero yo pregunto: ¿a quienes el género disgusta –como me sucede a mí– por qué ha de gustarles una imitación? Desde luego, si este cabaret en el escenario hubiese durado media hora, y el resto de la representación se dedicara a un drama o a una comedia de buena hechura, de unidad argumental y de interesante construcción, merecería los aplausos de todos. Pero no era este el caso.

Y por fin, he aquí la tercera dimensión de la obra y del espectáculo. Pasando de las bromas y del tono humorístico revisteril, a la seriedad, el autor–director introdujo los episodios “saistas”. Y de repente las "ficheras" adquirieron un tono revolucionario de anarquistas rusas del principio del siglo (o por lo menos de las actrices que hacían papeles de tales por la década del 40). Lo que se antojaba bastante falso e introducido de fuerza. Y sobre todo se rompía cualquier unidad que en un principio parecía iba a tener la obra.

Y así, este espectáculo tridimensional resultaba como si apuntara en tres dimensiones diferentes, rompiendo entre sí todo hilo argumental, mucho más dedicado a divertir a los amigos que llegar a interesar a un público más amplio.