FICHA TÉCNICA



Título obra Los piratas de Penzance

Autoría William de Gilbert

Dirección Marta Luna

Elenco Guillermo Capetillo

Música Atrhur Seymour Sullivan

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los piratas de Penzance” en El Día, 30 agosto 1982, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los piratas de Penzance

Malkah Rabell

El género más complejo, más difícil para el intérprete es, tal vez la opereta. El drama y el melodrama pueden enseñarse a un principiante con determinada disciplina y con ciertas triquiñuelas. Hasta la comedia, que sin embargo exige un don natural de comicidad, también puede encontrar formas de engaño, tales como, por ejemplo, la payasada. Pero la opereta requiere, con absoluta exigencia, voz, plasticidad, capacidad dramática y capacidad cómica. Un actor de opereta tiene –o tenía– que saber cantar, bailar, actuar en una escena sentimental dramática, y a continuación intervenir en una escena chusca. Hoy las grabaciones y los micrófonos han invadido los escenarios y reemplazaron la amplitud vocal. El micrófono multiplica las ínfimas posibilidades de un cantante desprovisto de tonalidades fuertes; y las grabaciones permiten a todo cantante que ha de subir al escenario noche tras noche, y hasta repetir la misma representación dos veces al día de mover descansadamente los labios en tanto en los entretelones una grabación reproduce en los más altos tonos la voz de un "cantante" que quizá por su propio esfuerzo no podría ser oído ni en las primeras filas. ¡Ay, milagro y engaño de la tecnología! Hoy, la opereta ya casi no existe, reemplazada por la comedia musical, a la cual el gran actor que carece de voz puede salvar por la "interpretación", casi recitada, pero con un ritmo musical, de una canción.

Pero he aquí que Los piratas de Penzance es una opereta del siglo pasado. Para colmo una opereta inglesa, –país que en su tiempo no era muy famoso en el género–. El reino de éste pertenecía a los austriacos, sobre todo a Viena. No sé si estos Piratas de Penzance –del guionista William de Gilbert y del compositor Arthur Seymour Sullivan, pareja que durante años de trabajo juntos–, llegaron a ser muy conocidos en su época. Pero fueron rescatados del olvido hace poco, en 1980, cuando la opereta fue repuesta para festejar los cien años de su estreno original. Su éxito, tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos, probablemente se debió a la perfección de la puesta en escena que contó con una magnifica escenografía, indispensable para reproducir la vida de los piratas en pleno mar, y con actores-cantantes perfectos, sin olvidar que estos intérpretes (según noticias transmitidas por quienes han visto la representación en el vecino país) gozaban de muchas perfecciones físicas.

¿Qué sucedió entre nosotros? La obra fue elegida con excesiva ambición, para ofrecerse en el teatro Orientación por alumnos del 3ero y del 4o. año de la Escuela de Actuación del Bellas Artes. ¡Grave equivocación! Estos jóvenes candidatos a ser actores en el futuro, no saben aún cantar, ni bailar, ni siquiera actuar. Sobre todo carecen de este don cómico que la directora Marta Luna trató de sacar a relucir para imponer cierta viveza al poquísimo texto de la obra. Y no ha podido ser salvado ni por las grabaciones que en las bambalinas hacían eco a las apagadas voces naturales, ni por dos micrófonos, ni por los "Us, Os y As", exclamaciones con las cuales trataban de ser cómicos. Marta Luna es una brillante y joven directora que ha dado más de una muestra de sus múltiples capacidades. Tal vez sus intenciones eran muy loables. Según tengo entendido tenía el deseo de llevar a sus jóvenes actores hacia un género poco transitado por ellos, que tiene las posibilidades de crecerles trabajo en los teatros profesionales. Pero nadie hace milagros.

Desde luego, se exige al crítico que tome en consideración la condición de alumnos, de principiantes de estos jóvenes actores. Pero un espectáculo que cobra $120 pesos la entrada no puede exigir mucha tolerancia. El que va al teatro que se presenta como profesional, juzga lo que ve y no las intenciones de sus creadores.