FICHA TÉCNICA



Título obra Amor... amor... amor

Elenco Guillermo Capetillo

Espacios teatrales Teatro Venustiano Carranza

Notas La autora menciona que la obra es un programa cultural poético sobre el amor

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Espectáculo del lunes: Amor... amor... amor” en El Día, 25 agosto 1982, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Espectáculo del lunes: Amor... amor... amor

Malkah Rabell

Aunque se presenta en una sala como la Venustiano Carranza, que durante toda la semana suele tener un repertorio frívolo, para los "lunes" un joven actor. Guillermo Capetillo la ocupa –y la ocupará durante las próximas 8 semanas, cada lunes– con un programa cultural poético sobre amor. El amor que cantaron a través de los siglos los más famosos, y también los más ínfimos, poetas del mundo entero.

Nada más difícil que hablar de un recital sin programa de mano guión del texto. Así que me perdonarán si no me atengo a datos estrictos, y tenga que darle crédito a mi memoria, que ya no es tan fiel como en años pasados. En realidad se trata de una representación que difícilmente puede llamarse "recital". Tampoco sé si su realizador lo pretende. El muy culto actor, que antes de entregarse al arte escénico estudió economía, reúne en este Amor... amor... amor diversos géneros, desde los clásicos hasta la comedia musical; desde Dante y Shakespeare hasta poetas populares; desde el drama hasta el melodrama; desde Ifigenia en Áulide hasta Papacito Piernas Largas cuyo autor no recuerdo. Recita, canta, baila, actúa e improvisa. Trata de lograr un género nuevo, que todavía no está del todo logrado. Da la impresión de ensayar algo novedoso, de buscar hallazgos, de dirigirse ya en un sentido, ya en otro, sin encontrar todavía la perfección. Mezcla su vida personal con palabras desde siglos impresas. Salta con mucha facilidad de relatos de vidas ajenas, vidas de ficción, al relato de su propio primer amor por una joven guatemalteca a la que tuvo que abandonar por necesidades profesionales. y la que al volver ya encontró casada. Y esta sentimental historia de cuya veracidad dudo, la entreteje y la adapta a La niña que murió de amor. O bien, nos hace creer que lo llaman por larga distancia y la urgencia del caso obliga a sus ayudantes a traer el aparato telefónico al escenario. Entonces el joven actor interpreta un monólogo –o más bien un diálogo con una sombra muda– que nos introduce por una parte en la vida sentimental de Capetillo, y por la otra, en sus actividades artísticas y en su pasión por su oficio. Quizá lo hace porque sabe cuán interesado se muestra el público por la biografía de los actores. A tal vez busca esta salida para Crear un género extraño. De todos modos, estas indiscreciones no siempre resultan agradables. La pasión de un creador se juzga por su creación y no por sus declaraciones públicas. Tampoco en el escenario nos gusta escuchar las confesiones sentimentales del intérprete. Ni siquiera se lo han perdonado a Arthur Miller cuando escribió La caída.

Pues, este ensayo de un nuevo género da la impresión de no hallarse todavía redondeado. Preferí escuchar al actor en su interpretación de Aquiles y de Romeo que de Capetillo. Mas, dentro de esta mezcolanza de géneros y de fragmentos en prosa y en poesía, preferí la primera parte del espectáculo, donde trata de aunar en una unidad poética. diversas obras de numerosos bardos. Algunas de estas interpretaciones eran excelentes. Por falta de programa no puedo señalar con exactitud cuáles. (Odio hacer apuntes mientras el actor sigue en el escenario, y resulta mucho más importante seguir paso a paso su juego, su actuación, en lugar de desviar la atención hacia insípidos apuntes). La segunda parte, el autor-intérprete la dedicó a los poetas modernos, a los románticos del siglo XIX v a quienes los heredaron en el siglo XX, que según Capetillo lo son casi todos. Esta segunda parte fue mucho más debida a su propia persona que a los creadores ajenos. Terminó con Pablo Neruda. Y en esta sección se volvió a mostrar excelente actor, sensible, claro, cambiante. Pero sobre todo es un estupendo narrador, casi un maestro de literatura que nos ofrece una clase, a menudo, comparada, entre siglos y géneros.

Lástima que este "show" de un solo hombre, sólo contó con la ayuda de tres jovencitas, cuyos nombres ignoro, que cantaban, bailaban, intervenían a veces en el texto, todo ello con muy poca experiencia profesional, y con un atuendo de malla con velo, horrible. En cambio, el protagonista, el "show man", Capetillo, usaba un muy sugestivo vestuario, que se adaptaba a la interpretación de los diversos personajes, por algunos detalles que el actor cambiaba en el escenario.

En resumen, a pesar de ciertas fallas tanto del texto como de la interpretación, que probablemente en las siguientes funciones irán adaptándose y adquiriendo plenitud, ya teníamos a la vista noche del estreno, un espectáculo original, con ambiciosa persecución de algo agudo, novedoso e inesperado.