FICHA TÉCNICA



Título obra Orfeo desciende

Notas de Título Orpheus Descending (título en el idioma original)

Autoría Tennessee Williams

Dirección Xavier Rojas

Elenco Carmen Montejo, Aldo Monti, Graciela Doring, Eva Calvo, María Rubio, Isabel Aguirre, Víctor Eberg, María Wagner, Alejandro Guerrero, Ruben Calderón, Sergio Elizondo

Espacios teatrales Teatro Sullivan

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 2 mayo 1965, p. 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Orfeo desciende]

Mara Reyes

Orfeo desciende. Teatro Sullivan. Autor, Tennessee Williams. Dirección, Xavier Rojas. Reparto: Carmen Montejo, Aldo Monti, Graciela Doring, Eva Calvo, María Rubio, Isabel Aguirre, Víctor Eberg, María Wagner, etcétera...

La puesta en escena de Orfeo desciende es todo un acontecimiento. Esta obra escrita por Tennessee Williams en 1940 (bajo el título de Battle of angels, Batalla de ángeles) y reelaborada después en 1956 con el otro de Orpheus descending, es una muestra clásica del teatro que fusiona lo sicoanalítico con lo simbólico. El autor contrapone el mundo de la ilusión con el mundo real y se rebela contra el confinamiento al que ve reducido al hombre y que lo condena a una soledad angustiosa ya que –como dice el personaje de Val, Orfeo–, nuestra piel es una cárcel de la que es imposible evadirse. Sin embargo, por medio de esta correlación anecdótica con el mito de Orfeo, Williams intenta fugarse de esa cárcel. ¿Qué es el descuartizamiento de Orfeo –Val– sino una fuga de esa estrechez carcelaria a que el cuerpo obliga? Cárcel de la que el ser humano debe procurar liberarse, según la doctrina órfica, recuérdese que ésta consideraba el cuerpo como una atadura que pesaba sobre el alma.

Identificado el personaje de Val con el de Orfeo –al que descuartizaran las bacantes– y éste a su vez con el mismo Zagreo –o Dionisos– al que descuartizaran los Titanes, Val se proyecta como una idea que va más allá de la superficie formal o puramente comparativa, hasta adentrarse en la mística órfica en la cual, como dijera Rohde, los Titanes “representan, convertidos en asesinos del dios, la fuerza primigenia del mal. Desgarran lo uno en muchas partes: su crimen hace que el dios-uno –la unidad divina– se pierda en la pluralidad de las figuras de este mundo”.

¿Cómo describe Williams ese averno moderno, esa región de las sombras a la que desciende Orfeo? Como la convivencia de un matrimonio desavenido, de una pareja en la cual la unión no se sustenta sobre el amor, sino sobre la conveniencia de un interés material.

Si para el hombre primitivo, Orfeo se identificó con el Sol y Eurídice con la Aurora (que etimológicamente quiere decir: la hora dorada y que lo mismo puede ser alba que crepúsculo) o sea que al casarse la Aurora y el Sol (por la tarde) ella moría y el Sol iba en su busca a la región de las sombras, para retornar a la luz con ella y volver a perderla por haber quebrantado la condición que impusieran las deidades del Averno de no mirarla hasta haber cruzado el río, quedando de nuevo el Sol en “sol-edad”; para el hombre civilizado –parece decirnos Williams– Orfeo puede identificarse con la pureza –ya para los órficos Orfeo fue un asceta cuyo ascetismo consistía en mantenerse sustancialmente puro– que se pierde precisamente en el momento en que siente el amor. Y Eurídice podría identificarse con la Vida –no es circunstancial que ella esté encinta en el momento en que es muerta por el marido– a la que no dejan unirse con la pureza, porque en el mundo, tal como Williams lo ve, no dejan a la .vida ir aparejada con la pureza, la cual, en este Orfeo moderno consiste en no dejarse comprar. Sólo la corrupción parece estar permitida. Como dice Val, sólo hay dos clases de seres: los que compran y los que se dejan comprar, aquellos que no pertenecen a estas dos clases de hombres, tienen que dejar de existir.

Si pueden encontrarse en la obra todos los elementos del mito helénico –la guitarra sustituyendo a la lira que regalara Apolo a Orfeo, el marido, encarnando a la muerte, el río que ha cruzado Val y debe volver a cruzar, y tantos otros– también pueden encontrarse en la obra los rasgos de los caracteres nítidamente perfilados, sicológicamente definidos. En esta síntesis de elementos se advierte claramente la mano maestra del autor que supo dar a los personajes una proyección simbólica, sin privarlos de una sicología propia que da a sus acciones una validez susceptible de ser analizada etiológicamente.

El montaje que realizó Xavier Rojas está lleno de aciertos, las escenas tienen una progresión, van llevando de una atmósfera a otra sin saltos abruptos, lo que es especialmente difícil en una obra dividida en tantos cuadros (nueve en total). Su dirección tiene además la virtud de haber sabido dar a los personajes su doble dimensión, caracterológica, y simbólica; las correspondencias míticas existen como algo natural, sin artificios; no resultan obvias, ni rebuscadas, simplemente están expresas. Carmen Montejo borda su personaje con una asombrosa armonía de colores.

Cada escena es un color que añade a la tela. Hay vida en cada una de sus palabras. Siendo el teatro un trabajo de conjunto, era preciso que la respuesta de los otros personajes se mantuviera a la misma altura para obtener el máximo en la interpretación, y esta respuesta la obtuvo de todos –salvo de dos actores que encarnan a dos personajes episódicos, estos actores (Alejandro Guerrero y Rubén Calderón) son los únicos lunares de la representación.

Aldo Monti –en el papel de Val o sea el correlativo de Orfeo– permanece en todo momento dentro de la alta tesitura de Carmen Montejo. Respuesta exacta, eficaz, certera. Monti se gana al espectador desde su aparición, y como si llevara el hilo de Ariadna, no se pierde más en el laberinto que le traza su personaje, su hilo conductor lo lleva y lo trae y por más vueltas que le haga dar, Monti encuentra el camino hasta la salida.

Excelente también es el trabajo de Graciela Doring que va haciendo crecer su personaje a medida que la obra transcurre. Una de las máximas dificultades para el desempeño de este papel es la aparición fraccionada de su personaje en escena y siempre en situaciones culminantes, de manera que no tiene la posibilidad de ir creando una atmósfera, de ir mesuradamente de un principio hacia un clímax, sino que aparece casi siempre en el momento “climático”, sin tener la opción de una preparación previa. Graciela Doring supo vencer este escollo.

María Rubio supo encontrar la exacta caracterización de su personaje; otras actuaciones sobresalientes fueron las de Eva Calvo e Isabel Aguirre. Víctor Eberg en un papel de primerísima importancia, aún cuando sean tan breves sus apariciones, no alcanzó toda la dimensión de su personaje. El tránsito de una situación a otra la realiza precipitadamente, además de que nunca llega a verse cómo “lleva la muerte en el rostro” que es la forma en que todos los personajes lo describen –recuérdese que éste personaje es precisamente el símbolo de la muerte.

Las intervenciones de María Wagner y Sergio Elizondo (este último en dos papeles) correctas, aunque el personaje de Pee Wee, resulta un poco convencional. La escenografía, sin crédito en el programa, contribuye en todo momento a la atmósfera en que se desarrolla el drama.

¡Ojalá todo el teatro comercial tuviera esta calidad!