FICHA TÉCNICA



Título obra Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores

Autoría Federico García Lorca

Dirección Jorge Lavelli

Elenco Nuria Espert, Carmen Bernardos, Julia Martínez

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Nuria Espert:La dama de la Rosa en el Teatro de la Nación” en El Día, 10 mayo 1982, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Nuria Espert: La dama de la Rosa

Malkah Rabell

"¿Comedia he dicho? Mejor sería decir el drama de la cursilería española, de la mojigatería española, del ansia de gozar que las mujeres han de reprimir por fuerza en lo más hondo de su entraña enfebrecida". He aquí palabras del autor, de Federico García Lorca, quien en este "drama de la cursilería española", en esta Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores, vuelve a bucear en el contexto de la vida femenina en su país. Y si en Yerma presentó el caso de la mujer estéril destrozada, burlada, aniquilada por los prejuicios de una sociedad que sólo ve en la mujer a la reproductora; en Doña Rosita la soltera pone en el banquillo de la acusación a un ambiente que sólo admite a la mujer casada y hace de la soltera, de la "solterona" el hazmerreír de sus congéneres. "Drama de la cursilería española", ¿qué más puede decirse? ¿Cómo mejor calificar este teatro-poema? Es la explicación más clara y más acertada de lo que el dramaturgo quiso expresar en esta obra en tres actos, donde en el primero empieza por hablar el poeta con sus tres Manolas y su lenguaje más floreado que de las flores –no se puede hablar de la cursilería sin caer a su vez en ella–, y en una constante ascensión hacia lo teatral, termina por dominar el dramaturgo en un tercer acto en el cual la protagonista se transforma en esa "cosa grotesca y conmovedora que es una soltera en España" y llega a la cima del dramatismo, cuando el drama –o melodrama– se hace clásico.

Las mejores puestas en escena son aquellas donde menos se nota la mano del director. De Jorge Lavelli es menester admitir que su dirección se nota excesivamente, casi a cada paso y en cada gesto de los actores. Tal vez porque quiso subrayar las exageraciones cursis de la época, hizo caer a la mayoría de sus intérpretes en la sobreactuación; sobre todo a los secundarios, a quienes hacen apariciones episódicas, en especial a las dos "Ayala" y a las tres "Manolas" o a ese personaje "catedrático de la economía". Pero en el tercer acto, por igual que el autor, Jorge Lavell abandona el lenguaje de las flores para hablar el desolado idioma de los seres humanos. Deja de mover las sillas de un lado para otro en un inútil movimiento. Y aunque puede parecer melodrama –y lo es–, este tercer acto es desgarrador y sus intérpretes llegan a lo espontáneo, a lo más natural de la ternura y del dolor. Y el final, cuando el escenario queda desierto, desnudo bajo la lluvia lenta de pétalos de rosa blanca "como una mejilla de sal", se antoja una escena chejoviana.

Rosita, Rosita, la actriz que habla el lenguaje de las flores y lleva una rosa de fuego en la mano, Nuria Espert, que hace ya mucho llamé la "Dama de la Rosa", vuelve sin esfuerzo, o como sin esfuerzo, a ser la gran actriz que fue en Yerma. Aquí, ninguna escenografía se luce con exceso para anular o empequeñecer al actor. Aquí, una escenografía basada en elementos románticos, velos y transparencias y armarios pasados de moda, colabora con los intérpretes, y hace la silueta de Rosita la Solterona más tierna, más cercana y familia a las flores... y, ¿por qué no?, más cursis. Y poco a poco más desolada y desgarradora. Espléndida actuación de una protagonista original, que pasa, sin recurrir a maquillajes, con el simple efecto de su interpretación, de la adolescencia a la plenitud femenina, y de ésta a un madurez en decadencia.

Y al lado de Nuria Espert, dos actrices ¿coactuación o co-starring, como dicen los sajones? La tía y el ama. La primera, Carmen Bernardos, excelente en su papel de madre postiza. La segunda, Julia Martínez, va un poco más lejos y hechiza al público con este personaje tan de Federico García Lorca, que también encontramos en otras de sus obras como La casa de Bernarda Alba. El personaje –casi molieresco– de la sirvienta amiga, protectora de la prole, apoyo en la vejez de la dueña, y el sostén de toda la casa: el Ama.

Un espectáculo que emociona, que pese a ser una de las obras de García Lorca más buscadas y socorridas de toda clase de compañías, a pesar de habérsela visto a muchas actrices en México, no deja de ser original, y como si la viéramos por primera vez.