FICHA TÉCNICA



Título obra Tartufo

Autoría Jean Baptiste Poquelin Molière

Notas de autoría Carlos Solórzano / traducción

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Alma Muriel, Luis Couturier, Claudio Obregón, Sergio Corona

Escenografía David Antón

Música Harvin Hamlisch

Espacios teatrales Teatro de la Nación

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Tartufo en el Teatro de la Nación” en El Día, 5 mayo 1982, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Tartufo en el Teatro de la Nación

Malkah Rabell

Quizá ninguna otra obra suya le ha creado a Molière tantos enemigos, ni ha alzado tan fuertes cábalas en su contra como Tartufo, pese al largo monólogo laudatorio al príncipe que el autor se vio obligado de imponer a uno de sus personajes al finalizar la comedia para salvar –quizá– la cabeza. La esposa morganática de Luis XIV, la devota ex-aya de sus hijos, Madame de Maintenon, no era un elemento muy propicio para servir de apoyo a Molière en su feroz crítica de la falsa devoción. Y hasta la actualidad esta sátira encuentra más de un enemigo, como por ejemplo G. Lanson que escribe en su Historia de la Literatura Francesa: "Por la manera como Molière comprende la piedad, los cristianos fervientes sólo pueden ser imbéciles o hipócritas. Para ser devoto, según Molière, hay que encontrarse alejado de la religión. Molière se haya muy cerca de Voltaire, cuya voz parece ya oírse en algunos versos de Tartufo."

En Tartufo Molière defiende casi todas sus ideas de la moral "natural", según las cuales la naturaleza humana es buena, el hombre obra bien cuando se abandona al instituto y el pecado máximo es precisamente contradecir, repudiar, falsear los instintos naturales. Molière siempre se muestra indulgente con la carne, combate las prohibiciones, ataca las restricciones, defiende a los jóvenes contra los viejos, y parece simpatizar con toda la familia de Orgón que trata de gozar de la vida de una manera sana, en tanto muestra como odiosos y estúpidos a los pocos miembros de la misma, como Orgón en persona y su madre, que se inclinan ante las "virtudes" de Tartufo, ese maestro hipócrita que se ha introducido en el seno de una familia decente donde corrompe todo en su derredor con su falsa devoción.

Quizá los enemigos de Molière le hubiesen perdonado muchas de sus críticas, si los hubiera hecho reír. Pero en Tartufo el público no parece muy dispuesto a la risa de una obra que hoy tal vez llamarían melodrama en lugar de comedia. Por lo menos no tuvimos muchos deseos de reír la noche del estreno en el Teatro de la Nación. Ninguno de los protagonistas de esta comedia de caracteres resultaba risible. Tartufo más bien se antojaba lúgubre en lugar de ridículo. Tampoco era risible Orgón, porque sus ridiculeces llevaban a tales desastres que más bien teníamos ganas de matarlo. Quizá la única que hubiese podido provocar la carcajada y la alegría era Damis, entre sirvienta y amiga de la familia, entre dama de compañía y protectora de los jóvenes, interpretada de una manera completamente errónea por Alma Muriel. Esta joven actriz ni física ni temperamentalmente resultaba apropiada para el personaje. Demasiado joven, demasiado bonita, y en cambio sin el don de la comicidad, que reemplazaba por la sobreactuación, echaba a perder una figura clave de la comedia.

La mayoría del conjunto estaba formada por jóvenes principiantes que no aportaban nada a sus actuaciones. Luis Couturier no podía dar vida a un papel gris. Sólo salvaban la situación Claudio Obregón como Orgón y Sergio Corona como Tartufo. El primero, aunque su papel no se halla en su habitual línea interpretativa, supo darle unos rasgos novedosos. Cuando hizo su primera aparición en el escenario, su caracterización no permitía reconocerlo, y este gran actor creó un personaje no tonto –como tal vez lo deseó el autor– sino un poco loco, como puede exigirlo un análisis más moderno de la psicología de Argón. A su vez Sergio Corona en Tartufo no tuvo ni un momento de sobreactuación, nunca cayó en lo caricaturesco, como algunos habrían hecho para provocar una risa fácil. Casi podría decirse que creó una figura dramática, que a veces hasta lograba emocionar.

En cuanto a la puesta en escena, el excelente director José Luis Ibáñez en esta oportunidad impuso un ritmo algo falto de agilidad, y la comedia de tanto en tanto caía en la monotonía. Tampoco la escenografía de David Antón, quien por lo general logra imponer un peculiar encanto a lo barroco y a lo rococó, dio la imagen adecuada del siglo XVII, usando unos coloridos rosados bastante desagradables. Asimismo el vestuario abusaba de lentejuelas y de colores excesivamente vivos. Parecía más la corte del Rey Sol que una casa de un buen burgués de Tartufo.[palabra errada y corrección en manuscrita en el original. N. del E.] Comedia en verso, que la traducción de Carlos Solórzano adoptó a la prosa, es una de las obras molierescas menos representadas en México, y pese a ciertas fallas, nada fáciles de remediar, su presentación en un escenario capitalino no deja de ser un aporte positivo.