FICHA TÉCNICA



Título obra Armas blancas

Autoría Víctor Hugo Rascón Banda

Dirección Julio Castillo

Grupos y compañías Estudiantes del Taller de Actuación del quinto semestre del Departamento de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM

Espacios teatrales Sótano del teatro anexo a la Facultad de Arquitectura

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Armas blancas en un sótano” en El Día, 1 marzo 1982, p. 28




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Armas blancas en un sótano

Malkah Rabell

El estreno que la UNAM y el FONAPAS presentaron en el sótano del teatro de Arquitectura en la CU, de la obra del autor mexicano, Víctor Hugo Rascón Banda: Armas blancas, tiene 3 áreas bien definidas que pueden ser analizadas y comentadas separadamente, aunque forman una unidad. Tres áreas que son: un nuevo espacio escénico; la trilogía de un joven dramaturgo multipremiado; y la intervención directiva de una personalidad tan conocida y controvertida como Julio Castillo.

El sótano del teatro anexo a la Facultad de Arquitectura, que fue adaptado y usado por vez primera en la presente oportunidad, se hace muy difícil admitirlo como un teatro definitivo. Bajar 3 pisos para encontrarse con unos bancos que dan cabida a unos 70 espectadores, frente a un larguísimo espacio cuyas medidas exactas desconozco, pero que parecen ofrecer unos 40 metros de largo por 20 de ancho, para que se ofrezca en él una trilogía que nada tiene que ver con un sótano que aún conserva la frialdad, la inhospitalidad y el desagradable olor a humedad de tal, se me hace inútil. Sobre todo que en este caso ni siquiera se pueden invocar las razones del realismo, o del naturalismo. Este sótano –al cual Julio Castillo impuso escenas cuya imaginativa belleza no se puede negar–, en conjunto no sólo no sitúa el argumento en el corazón de su acción, sino que lo aleja y lo desvirtúa. No sólo en nada ayuda al acercamiento público-actores, sino que tal vez, logra todo lo contrario.

Segunda área: la del drama, la de los 3 dramas en un acto: El abrecartas; La navaja y La daga, a los que únicamente une el "arma blanca" que cercena la vida de algún protagonista en sendas obras. Armas blancas que atraviesan la trilogía como símbolos sexuales. Y aunque el autor barajea constantemente la sociología de un pueblo, de un país, con sus características nacionales, el subconsciente sexual de sus protagonistas termina siempre por imponerse y acaparar todo el escenario. Tal vez donde el sexo menos se impone, y en cambio es la vida económica con sus pequeñas y grandes inquietudes diarias, que destroza los nervios de cada uno de esos burócratas de una Secretaría de gobierno donde al cabo de un sexenio un nuevo jefe viene a imponer flamantes reglamentos y flamantes caprichos, es en El abrecartas. Y el misterioso asesinato cuya arma es un abrecartas, no se debe a complejos sexuales, sino a rencores profesionales, a la desesperación que impone el miedo de perder el empleo.

Las otras 2 obras son mucho más complejas, tal vez porque los protagonistas esconden su auténtico rostro detrás de una máscara. El homosexual bajo la del machismo, en La daga, y bajo la de la moralidad, los sentimientos de envidia, rencor y celos en La navaja. Víctor Hugo Rascón Banda maneja esas complicaciones sicológicas con una gran finura. Los sentimientos más violentos y brutales son más bien sugeridos que demostrados, y el autor sabe sorprender al final con los hechos menos esperados. Lo que parecía inminente, inevitable pasa siempre a segundo plano ante un suceso inesperado.

Lamentablemente, el temperamento de Julio Castillo no es de aquellos que se contentan con medios tonos. Siempre suele atacar todos los problemas de frente. Ante un hallazgo sugestivo nada ni nadie lo hará retroceder. Y sus hallazgos eróticos casi llegaban a lo pornográfico. Exceso de desnudos, exceso de escenas que se prefiere adivinar en la intimidad de la recámara. Sobre todo fue en La daga, donde se le fue la mano. Fue donde más cambios realizó y más hallazgos encontró. La primera escena de este drama, cuando el protagonista Ramón, desnudo, carga como si fuera el cadáver de una bestia, el cuerpo, igualmente desnudo de otro de los personajes, el "Mudo", es de una poesía violenta y dura. Pero cambia por completo el tono del dramaturgo que sólo sugería el homosexualismo de su héroe, en tanto el director lo señala desde esta primera escena. También las características de los demás personajes están subrayadas con colores demasiado violentos y brutales.

En la obra La navaja Julio Castillo permanece más fiel al espíritu y a la manera del autor, pero aquí, se necesitaba contar con actores mucho más profesionales, con mayores y más hondos conocimientos de las tablas y de las caracterizaciones histriónicas, que los que demostraron los jóvenes intérpretes del Taller de Actuación del quinto semestre del Departamento de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM. Fue la dirección del primer acto de la trilogía, la de El abrecartas que más me impresionó, tanto por la actuación de mucha frescura y naturalidad del conjunto, como por ciertos hallazgos directivos. Como ese final, muy dramático y muy teatral, lo más teatral de todo el espectáculo, con estos asesinatos colectivos, donde todos matan a todos. Aun cuando fue un final que cambiaba la lógica del autor, no dejaba de seducir. Y creo que el propio dramaturgo quedó seducido. Tal vez toda la representación hubiese ganado en fuerza y calidad si semejante final hubiese cerrado esta trilogía.