FICHA TÉCNICA



Título obra El presente perfecto

Autoría Carlos Olmos

Dirección Soledad Ruiz

Elenco Enrique Singer, Margarita Isabel

Escenografía Miguel Couturier

Grupos y compañías Actores del Sindicato de Actores Independientes (SAI)

Espacios teatrales Teatro Celestino Gorostiza

Eventos Nueva Dramaturgia Mexicana organizada por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)

Notas El teatro Celestino Gorostiza estuvo ubicado en Comonfort 72.

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El presente perfecto en la UAM” en El Día, 24 febrero 1982, p. 31




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El presente perfecto en la UAM

Malkah Rabell

La Universidad Autónoma Metropolitana continúa con su ciclo de Nueva Dramaturgia Mexicana que ya dura varios años, y el sábado 20 de febrero le tocó a la obra de Carlos Olmos: El presente perfecto subir al escenario del teatro Celestino Gorostiza en Comonfort 72. Según lo aclara el autor en el programa de mano: "La obra es una pieza realista concebida originalmente como un ejercicio de género y estilo indispensable en la formación de todo dramaturgo". En realidad no deja de ser un ejercicio, aunque realizado con bastante maestría, pero que un autor ya tan multipremiado y que ha presentado obras infinitamente mejores como La rosa de oro y Juegos fatuos debería guardar ya en un cajón de recuerdos.

Quizá Carlos Olmos eligió este material dramático para la UAM porque trátase de un conflicto escolar, que sucede en una Escuela de pueblo donde los alumnos emprenden una huelga de protesta contra la imposición de un nuevo director, antiguo alumno de la misma Casa de Estudios, pero desconocido de los alumnos nuevos que ingresaron en esos 12 años que el ex discípulo vivió en la capital. Los conflictos que se presentan entre los cinco personajes de la pieza no dejan de ser complejos y reiterativos, además de poco claros. Esta última característica no sería un defecto, sino más bien una virtud si impusiera al drama una mayor hondura y cierto misterio, dejando que nuestra curiosidad indague. Mas, pese a los largos parlamentos y numerosos diálogos, que a menudo repiten las mismas cosas, tenemos la impresión que las intenciones del autor se nos escapa y al final nos preguntamos sorprendidos: ¿cuál fue la finalidad del dramaturgo? ¿Demostrarnos que toda la humanidad está hecha de un material poco noble? El liderzuelo de la huelga se vende al mejor postor; la maestra maneja a los alumnos por razones de rencores personales; el nuevo director, que se casó por intereses creados, tuvo una aventura amorosa en sus tiempos de estudiante con la maestra diez años mayor que él y trata de vengarse de ella porque ésta lo acusó con sus padres de tener relaciones homosexuales con uno de sus compañeros de estudio ¿mentira?, ¿celos?, ¿fantasías enfermizas de una mujer madura y fracasada en su vida sentimental? El nuevo director lo niega todo, pero ella no ceja en sus acusaciones y sólo consigue un violento despido. Hasta el pobre diablo de portero, un analfabeta, lleva a cabo un comercio vergonzoso con los alumnos, a quienes proporciona revistas pornográficas. Sin duda se trata de un mundo muy feo, en un ambiente aparentemente quieto, donde las pasiones innobles se agitan bajo el agua. Carlos Olmos no parece amar mucho a la humanidad. Lo que no podemos reprocharle. Lo que más bien molesta es la falta de unidad entre los numerosos conflictos que configuran la obra y la inútil repetición de las inculpaciones entre los protagonistas.

Bajo la dirección de la maestra de actuación de la UNAM, Soledad Ruiz –una dirección especialmente dedicada al manejo de los actores– sobre todo son las cuatro figuras masculinas que hacen gala de una dicción clara y de una voz matizada. En particular Enrique Singer en el papel de Ismael, el líder huelguista, manifestó mucho temperamento dramático. En cuanto a Margarita Isabel, que ya en numerosas oportunidades nos demostró ser una excelente actriz, que tiene infinitamente más oficio que sus jóvenes colegas –todos ellos actores del SAI– parecía no obstante como si la mano de la directora la hubiese abandonado a sus propios esfuerzos, y muchos de sus parlamentos se perdían por la premura con la cual los recitaba. Quizás por deseo de dar mayor naturalidad a su personaje.

La creación del ambiente escenográfico, que debía presentar un jardín botánico, debido a Miguel Couturier, resultaba de lo más agradable. Y pese a ciertas fallas del texto, el público nunca se aburrió y escuchó en el más respetuoso de los silencios, el transcurso de la obra que sólo tenía un acto y no se prolongó más allá de los 90 minutos.