FICHA TÉCNICA



Título obra El salto del tigre

Autoría Santiago Moncada

Dirección Alberto Rojas (El Caballo)

Elenco Alberto Rojas (El Caballo), Leopoldo Ortín (Polo), Gabriela Baez, Roberto Rojas, Lucero Reynoso

Espacios teatrales Sala República

Notas La Sala República estuvo ubicada en Antonio Caso no. 34

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El salto del tigre” en El Día, 28 enero 1982, p. 28




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El salto del tigre

Malkah Rabell

Por ausencia de estrenos y por falta de algo mejor, no tuve otro remedio que volver a buscar en la cartelera de los teatros comerciales algún vaudeville, y fui a caer en las garras del "Tigre", –que bajo el título de El salto del tigre– se presenta en la sala República de la calles Antonio Caso 34. La obra (?) no tiene ni saltos ni tigres, pero tiene un caballo llamado Alberto Rojas, a veces relincha y otras rebuzna. Y vuelvo a repetir –puesto que seguramente ya lo dije infinidad de veces– que no soy enemigo de la comedia, de la farsa y ni siquiera del melodrama. Todos son géneros muy dignos, muy aceptables, siempre que tengan buena hechura, siempre que se trate de una realización correcta y de un texto hecho con conocimiento del oficio.

¿Cuál es el caso de este salto del tigre? Ni siquiera se trata de un vaudeville, ni tampoco de una comedia erótica. Más bien, se halla muy cercano de una obrita pornográfica. El texto pertenece a Santiago Moncada, para mí un ilustre desconocido. Y no sé si conoce su oficio de escritor de teatro. Pero que bien conoce a su público. Y éste llenaba la sala hasta los topes, no había una sola butaca desocupada. Se trataba, de unos espectadores muy simples, muy sencillos. Gente del pueblo, y hasta del campo algunos, de quienes uno se pregunta ¿Cómo hacen para gastar $150 por la entrada, y mucho más si son varios. Y la mayoría llegaba en grupo o en pareja y no dejaba de gastar varios cientos de pesos en la dulcería por chocolates y refrescos. Una taza de café por $20 y un paquete de pistache $50. Todo esto para ver una obrita sin pies ni cabeza, con malos actores, y para escuchar unos chistes de doble sentido, colorados, que resultan difíciles de entender. . . para mí; para presenciar cómo en la oscuridad del escenario una pareja resuella en la cama y sugiere con palabras lo que la semi-oscuridad esconde y que el público imagina. ¡Y cómo se ríen! Hubo momentos cuando observaba yo más a los espectadores que a los actores, y sorprendida me di cuenta que algunos se aburrían Lo que me dio mucho gusto. Pero al perseverar en la observación comprendí que se aburría porque el "chiste" resultaba demasiado de "salón", excesivamente "fino". Se trataba de personas cuyo oído estaba acostumbrado al humorismo de la Carpa México.

No sé a qué género trató de recurrir el señor Santiago Moncada. El programa de mano anuncia una comedia. Pero sea cual fuere el género, carecía de argumento, de conflicto y de acción, basándose en un permanente bla-bla-bla, que por desgracia me resultaba la mayor parte de las veces incomprensible. De los cuatro actores que formaban el reparto sólo Polo Ortín hablaba con dicción clara, y tampoco era del todo oscuro el lenguaje de la joven Lucero Reynoso. Tanto Gabriela Baez como Alberto Rojas "El Caballo", farfullaban de un modo insoportable. Lo que aumentaba el misterio de las risas. ¿Cómo tanta gente comprendía lo que para mí era chino? Sobre todo me molestaba el farfulleo de Alberto Rojas. En el caso de Gabriela Baez simplemente se trata de una malísima comediante. Pero Alberto Rojas no lo es, y además de primer actor figura como director, y como tal por lo menos debía cuidar su propia dicción. En Alberto Rojas dos tendencias resultaban claras: como director trataba, en esta "comedia" sin carne dramática ni cómica, de introducir ciertas escenas "originales" de flash back, bastante bien logradas, aunque con técnica ya muy usada por otros directores, sobre todo en cuestión de luces; y como actor trata de imponer un tipo estilo Buster Keaton.

Si algo he logrado sacar en limpio de esta comedia, es que tratase de una pareja formada desde cinco años de un músico (Polo Ortín) con la esposa de su amigo del alma (Alberto Rojas), quien se halla muy conforme con este cambio y con esta gratuita libertad, en cambio se pone furioso cuando su amigo decide cambiar de pareja al enamorarse de otra. Mas, como todo ello se trasmitía a través de larguísimos parlamentos que no entendía en toda su "magnitud", mi aburrimiento fue tal que a ratos no pude vencer el sueño.