FICHA TÉCNICA



Título obra La dama duende

Autoría Pedro Calderón de la Barca

Dirección Néstor López Aldeco

Grupos y compañías Alumnos del Departamento de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras

Espacios teatrales Teatro Independencia

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La dama duende” en El Día, 25 enero 1982, p. 28




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La dama duende

Malkah Rabell

Una sola obra, una sola representación me faltaba para completar el panorama del teatro en México en el año 1981: La dama duende de Calderón de la Barca, que se presenta hace varios meses en el teatro Independencia. Y al presenciar esta comedia profana, se nos antoja tan distinta del Calderón que conocemos, que fácilmente lo hubiésemos confundido con Lope de Vega, Tirso de Molina y hasta con Sor Juana Inés de la Cruz, la de Los empeños de una casa. Muy poco hay en el presente espectáculo del teatro habitual de aquel Calderón que a los 50 años, en 1651, tomó los hábitos sagrados, y quien durante largo tiempo tuvo la exclusividad de los autos sacramentales que se representaban el día del Corpus en muchas ciudades españolas. Autos en los cuales el espíritu hondamente católico del dramaturgo barroco triunfaba, por igual que lo hacía en los dramas de temas heroicos o religiosos. Pero su dedicación a los argumentos sagrados, nunca lo hizo abandonar del todo el teatro profano, y La dama duende, comedia no precisamente de las más famosas, pertenece a esta última categoría.

Por el consenso de los siglos, Calderón es considerado el más grande dramaturgo español. Pero si tuviera la desdicha de que La dama duende fuera la primera obra que viera del poeta barroco, nunca tomaría en serio a los románticos franceses y alemanes que lo consideraban como a uno de sus maestros. Sin duda esta "Dama duende" no puede compararse con La vida es sueño o El alcalde de Zalamea, para no citar más que dos de sus obras maestras que actualmente se presentan en nuestra capital.

En este reino del honor que es el teatro calderoniano, donde los gentileshombres se consideran dueños de la "honra" de sus mujeres cuya prisión es la casa, la dama duende se esconde en la alacena, donde puede olvidarse de esa suprema ley española de la época –y que todavía late con no pocos bríos en la España actual– de ser casta y fiel, pero no pasivamente, sino con ánimo y altivez viril. Según analiza la obra el programa de mano: "Doña Ángeles al igual que las feministas contemporáneas, se rebela ante tal situación, su naturaleza rechaza su doble cargo de ser, además de mujer, viuda, pero gracias a su arrojo y decisión defiende su libertad y la consigue no sólo por medio del matrimonio para poder salir de su casa-prisión, sino además con el hombre que ella ha escogido". Y para que la mujer pueda casarse, no falta el famoso hermano calderoniano, que no poco ayuda con su espada y su arte de esgrimista a la decisión del malhadado pretendiente. Hecho que ni siquiera en nuestro país ha dejado de dar buenos resultados para muchos casamientos tanto en el campo como en la ciudad.

La obra la ofrece en el teatro Independencia un grupo de alumnos de diferentes semestres del Departamento de. Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras. Jóvenes actores, que no sé si por temperamento propio o por indicaciones del director, Néstor López Aldeco, han exagerado los rasgos cómicos de sus personajes y en múltiples ocasiones han caído en la caricatura. Nada más difícil para un actor que el género cómico. Se puede enseñar a los aficionados al teatro el tono dramático, pero es vano imponer esa ligereza que exige la comedia. El actor de comedia no se hace, nace.

Por otra parte, como todo el argumento se desarrolló de noche. en la oscuridad de los múltiples aposentos –lo que da al director la posibilidad de usar muy a menudo el escenario giratorio de este lindo teatro del Seguro Social–, el foro casi constantemente permanece en una semioscuridad. Lo que no deja de ser molesto para el ojo del espectador, que no distingue ni los rostros ni los detalles. Por fortuna el público que llenaba la sala del Independencia se divertía en grande y no dejaba de reír y para terminar compensó a los actores con entusiastas aplausos.