FICHA TÉCNICA



Título obra Víctimas del deber

Autoría Eugène Ionesco

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco María Teresa Rivas, Carlos Ancira, Héctor Suárez, Bernadette Landrú, Enrique Reyes

Escenografía Arnaldo Cohen

Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta

Notas Bernardette Landrú puede ser Bernadette Landrú

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 20 marzo 1965, pp. 7 y 8.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Víctimas del deber]

Mara Reyes

Víctimas del deber. [Inserción manuscrita de la autora.] Teatro Jesús Urueta. Autor, Ionesco. Dirección, Alexandro. Escenografía, Arnaldo Cohen. Reparto: María Teresa Rivas Carlos Ancira, Héctor Suárez, Bernadette Landrú y Enrique Reyes.

Lo que ha hecho Alexandro con la obra de Ionesco es más que dirigirla, más que comprenderla, más que interpretarla, es recrearla, completarla, llevarla a sus últimas consecuencias. Cada idea, cada situación ha sido desarrollada, elaborada por Alexandro con un refinamiento y una profundidad que rayan en la interpretación sicoanalítica. Investigar con detalle las significaciones de cada momento escénico rebasaría los límites del ensayo periodístico. El espectador no puede descubrir a la primera cada uno de los hilos de esa inmensa tela de araña que Alexandro ha tejido. Es como un retablo barroco, que cuando se mira por segunda vez se le descubren mil ornamentos que en la primera impresión pasaron inadvertidos, y que al verse por tercera vez aparecen otros mil detalles y así cada vez que se le mira, llegándose a la conclusión de que a medida que se contemple surgirán nuevos aspectos, nuevas figuras, en forma casi inagotable.

Lo más impresionante de la dirección de Alexandro, es que la representación va dirigida directamente al subconsciente –o inconsciente, como se prefiera llamar– del espectador, remueve sus más íntimos secretos conmociona antes de cualquier análisis, antes de cualquier razonamiento.

Mucho podría decirse sobre la obra, mucho estudiarse, mucho investigarse, podrían escribirse muchas páginas sobre el posible significado de Mallot, ese ser que para unos puede descifrarse como la búsqueda de Dios, para otros de la Verdad, y que lo más probable es que tenga tantas significaciones como espectadores haya en la sala, representando todas las búsquedas que el hombre se impone así mismo o se ha impuesto a lo largo de su historia. Cada espectador tiene la libertad absoluta de completar a su antojo el símbolo dado por Ionesco completando de ese modo la creación del autor, del director, de los actores y del propio escenógrafo. Lo importante no es lo que pudiera escribirse sobre la obra, sino la impresiónvivida por cada espectador al presenciar la representación. Ese fluido vital que emana de la obra y que crea en el estado de ánimo un torbellino, es quizá la virtud más alta de la obra.

Se ha calificado el teatro de Ionesco como "teatro del absurdo"porque en él –globalmente hablando– figura lo insólito como elemento de realidad; pero, ¿qué realidad no es insólita?, ¿podría decirse que la forma en que Joyce hace hablar, pensar y conducirse a sus personajes es menos real que aquella en que se expresa nuestra mente durante un sueño?, ¿acaso por ser sueño no tiene una vigencia de realidad? Y si admitimos lo insólito en el sueño, ¿cómo no admitirlo en el teatro?; si admitimos lo insólito en lo cotidiano, ¿cómo no admitirlo en el arte? Si el arte no es sino reflejo de nuestra vida, lo mismo aparente, social, externa, que verdadera, individual, interna, ¿acaso un impulso inconsciente es menos verdadero que un condicionamiento consciente de la realidad circundante?

Rechazar lo inconsciente por traumatizante, es obrar como un avestruz que esconde la cabeza para no ver el peligro que la amenaza, como si con ello el peligro desapareciera.

Me parece interesante reproducir algunas palabras que ha dicho el propio Ionesco al hablar de su teatro:

"La obra, considerada en su totalidad, es una imagen del universo Interior proyectada sobre el escenario de las oposiciones y las réplicas de un mundo síquico con los lineamientos de unas fuerzas abstractas, un dibujo pleno de interior dinámico. Pero este mundo individual lleva dentro de sí al universal. Cuando se logra liberar, develar este mundo interior, se forma según la imagendel universo exterior, del mismo modo que el microcosmos refleja el macrocosmos. Este teatro interior puede ser incluso más rico, más amplio, más real y, en todo caso, más puro que el teatro épico, histórico, social o tendencioso que se encierra y estrecha con su propio mensaje. El teatro de la realidad, esto es, de la realidad exterior, tan sólo expresa cosas externas; lo privado no conoce universalidad alguna. Después de un tiempo determinado, o [p. 8] un significado [sic]. Carlos Ancira, personificando al Hombre, eternamente atormentado por la búsqueda de “algo” y por muchas otras cosas; María Teresa Rivas en ese personaje que encarna lo mismo a la esposa que a la madre, dominantes, destructoras, inhibidoras y protectoramente inhumanas, y Héctor Suárez en el “policía” que obliga al hombre por todos los medios a su alcance, desde la simple insinuación hasta el latigazo o la humillación, a buscar a Mallot, erigiéndose lo mismo en padre que en Dios, lo mismo en rival que en Hitler y que termina por sucumbir frente a un verdugo que toma su propio puesto, dando a entender que las cosas no se modifican, que simplemente cambian las figuras, cambian los hombres, los dioses o los nombres. También Enrique Reyes y Bernadette Landrú realizan sus respectivos trabajos en forma magistral.

Hay algo en la obra que recuerda un filme que acaba de exhibirse: La mujer de arena, quizá su forma de captar el mundo actual tiene cierta semejanza. Todos los personajes son víctimas de un deber que los reduce a una condición más que infrahumana, animal: vivir para una casa –en el filme–, vivir para masticar en la obra de Ionesco.

Puede estarse de acuerdo o no con las ideas de Ionesco y de Alexandro, pero quien trate de negarle valor a la obra y a la representación –en tanto que el teatro sólo se entiende como forma viva– estará negando una realidad de nuestro tiempo.

La escenografía de Arnaldo Cohen es todo un mundo, deforme quizá como una gota de agua vista a través de un microscopio, con sus dimensiones trastornadas. La conjunción de: obra, dirección, actuación y escenografía, pocas veces es tan completa, tan mágica. Cuando no falla uno de los elementos suele fallar otro; en cambio, en esta representación de Víctimas del deber, no sólo nada falló, sino que todo llegó a la cima de su realización, ¡para fortuna nuestra!