FICHA TÉCNICA



Título obra Adiós, Good bye, Sayonara

Notas de autoría Miguel Mihura / autor de Las entretenidas, obra en la que se basó Adiós, Good bye, Sayonara

Dirección Luis de Llano

Elenco Kippy Casado, Guillermo Orea, León Michel, Celia Viveros, Eva Calvo, Alejandra Meyer

Escenografía David Antón

Productores Robert W. Lerner

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 24 enero 1965, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Adiós, Goodbye, Sayonara]

Mara Reyes

El primer estreno del año 1965 no es precisamente lo que se llama un buen augurio, si a supersticiones nos hemos de atener. Se trata de Adiós, Goodbye, Sayonara, versión mexicana de la comedia Las entretenidas, de Miguel Mihura. Comedia que tiene por características principales ser desabrida, sentimentaloide y lenta. El esqueleto de la anécdota está tan relleno de paja que el cuerpo entero de la comedia resulta soso. El diálogo es insustancial y el lenguaje plagado de barbarismos, galicismos –como por ejemplo el de decir “desapercibida” en lugar de “inadvertida”– y otros de muy mal gusto en el lenguaje culto. El programa no indica quién es el autor de la versión mexicana a quien probablemente –y no a Mihura– se deban estos descuidos o vicios de dicción.

Nada más cierto que en una capital como México debe existir todo género de manifestaciones teatrales, lo mismo representaciones de obras de contenido filosófico, que de obras de crítica social, que de comedias intrascendentes, melodramas sentimentales y hasta de astracanes, pero cada empresario y cada director de escena deben procurar ir superándose en la medida de sus posibilidades, lo que ni lejanamente es el caso de esta representación. Robert W. Lerner, empresario de algunas magníficas producciones, acometió ahora una tarea sin su empeño acostumbrado. Buscando el éxito económico fácil, fincándolo en la simpatía de dos o tres actores taquilleros y nada más.

Luis de Llano, por lo consiguiente, no llegó en sus esfuerzos ni a la tercera parte de lo obtenido por él, por ejemplo, en La pelirroja. Repetición de recursos cómicos de suyo restringidos de imaginación y ausencia de ritmo en las escenas, fueron las características fundamentales de su dirección escénica.

Las dos “estrellas”: Kippy Casado y Guillermo Orea, pasan por la escena sin pena ni gloria.

León Michel supone que el posar como “modelo” frente a las cámaras de televisión es un entrenamiento suficiente para darse de alta de actor, pero que él lo creyera no tendría importancia; lo deplorable es que los empresarios lo crean también, ya que ellos son quienes están plagando los escenarios de actores y actrices impreparados que sólo salen a escena a “lucir” una camisa, o un traje bien cortado, equivocando de esta manera toda la tabla de valores relativa al arte.

Si el lastre que dejó en México el teatro decadente español de principios de siglo, con su secuela de actores viciados, ha sido difícil de sobrellevar, el que ahora está arrojando sobre las espaldas de nuestra escena la televisión, con su secuela de improvisaciones, es quizá más difícil de arrostrar. Ahora que, mucho peor es cuando esa impreparación va unida al mal gusto y a la exageración grotesca, como es el caso de Celia Viveros que hace el papel de una prostituta en la forma más estereotipada posible.

Dos actrices mantienen su trabajo en un nivel normal de equilibrio: Eva Calvo y Alejandra Meyer, y en lo que toca a la escenografía, David Antón supo captar correctamente los requerimientos del autor al decorar “a la japonesa” –según la imagen que de Oriente puede tener una prostituta fina– un departamento en un piso alto de un edificio moderno.