FICHA TÉCNICA



Título obra Las columnas de la sociedad

Autoría Henrik Ibsen

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Julio Alemán, Mercedes Pascual, Virginia Gutiérrez, Virginia Manzano, Blanca Torres, Carmen Sagredo, Yolanda Mérida, Miguel Córcega

Escenografía David Antón

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Teatro Jiménez Rueda

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Las columnas de la sociedad de Ibsen” en El Día, 12 octubre 1981, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Las columnas de la sociedad de Ibsen

Malkah Rabell

La obra que actualmente presenta la Compañía Nacional en el teatro Jiménez Rueda, Las columnas de la sociedad, ni es de las mejores, ni de las más conocidas creaciones ibsenianas. No obstante, este melodrama, con su final feliz y su feroz maniqueísmo, resulta mucho más actual e interesante para el espectador moderno que infinidad de obras más famosas del dramaturgo noruego. Toda la acción y sus conflictos tienden a una finalidad: demostrar la rapacidad del sistema capitalista y la absoluta deshumanización de su clase representativa, la burguesía, capaz de las mayores villanías en su persecución del dinero. El protagonista, el cónsul Bernick, el hombre más rico y el negociante más dinámico de su ciudad –una pequeña ciudad costera de Noruega–, admite que se opuso a la construcción del ferrocarril porque: "no habría beneficiado a las clases pudientes". También admite, convencido de sus razones, que abandonó a su novia para casarse con la hermanastra de la misma porque ésta era una rica heredera, o como dice, para salvar el negocio de su familia, porque: "...un hombre de negocios está unido, bajo una desmesurada responsabilidad, con el negocio que ha heredado. ¿Sabes que el bienestar de centenares de personas dependen de él? ¿No piensas como toda la sociedad a la cual nos debemos habría sido afectada si la Casa Bernick pereciera?..." Bernick, como los políticos considera legítimo tener las "manos sucias" para agitar con ellas la bandera de sus "ideales". Y para Bernick, sus "ideales" son la defensa de los intereses de las clases pudientes. Ibsen lo pinta como un villano ¿en defensa de los obreros o en defensa de la nobleza?, es una cuestión que habría de estudiarse más a fondo. Pero es indudable que las simpatías de Ibsen van hacia el individuo y no hacia la colectividad. Pero como Ibsen no puede dejar de ser un artista, y un gran artista, su protagonista, pese a todos sus tintes oscuros resulta si no un héroe, por lo menos un antihéroe que probablemente Brecht hubiese adoptado con todas sus contradicciones.

Pese a ciertas situaciones que han cambiado desde aquel 1877 cuando el drama fue escrito, la clase burguesa y los intereses del capitalismo se antojan bastante semejantes a los de hoy, Ese Bernick, tan rígidamente "moral" y severo con la conducta de los demás, que compra en secreto todos los terrenos, a precios mínimos, a los costados del futuro ferrocarril, antes de anunciar su construcción; o que exige que se lance al mar uno de sus buques en malas condiciones, porque está asegurado, jugando con la vida de la tripulación (Bruno Traven usa el mismo tema en El barco de los muertos, hoy tiene bastantes imitadores) En cambio, podemos pensar que Ibsen se ilusionaba mucho al creer que las lejanas tierras americanas eran un paraíso para los caracteres rebeldes, y que en los Estados Unidos los inmigrantes se encontraban con una gran libertad individual y una ausencia de prejuicios. Eugene O'Neill, en su Soledad –que vimos en la misma Compañía Nacional– nos presenta una pequeña ciudad norteamericana de los principios del siglo, igualmente mojigata, hipócrita, chismosa y prejuiciada que el pueblo ibseniano.

Bajo la dirección de Rafael López Miarnau, ciertas escenas resultaban de verdadera belleza, como la de los inicios del primer acto, cuando un grupo de mujeres de la "Buena Sociedad" local está reunido en la casa de la señora Bernick para hacer labor de beneficencia, bajo el ojo vigilante del vicario. El cuadro femenino parece el de un coro clásico, pero éste es de chismosas. En cambio no tenía la misma belleza la escena colectiva de los ciudadanos que llegan a la casa de Bernick para festejar sus cumpleaños. Episodio que no lograba escapar a cierto caos.

En cuanto al manejo de las actuaciones, la noche del estreno el reparto aún parecía sufrir de cierta tensión nerviosa, que hasta se notaba en Julio Alemán, en su difícil papel de Bernick. El excelente actor se presentaba por primera vez en la Compañía Nacional y todavía daba la impresión de hallarse fuera de casa, pero ya demostraba haber captado las características de su personaje. Asimismo Mercedes Pascual en el papel femenino más importante, el de la señorita Hessel, la única mujer con tendencias emancipadoras, pero muy ajenas a las habituales vikingas ibsenianas, ya era estupenda en su personaje, aunque a veces le fallaba la memoria. Todos los episódicos papeles femeninos han sido interpretados por primeras figuras, como Virginia Gutiérrez, Virginia Manzano, Blanca Torres, Carmen Sagredo, y sobre todo Yolanda Mérida como la hermana de Bernick, han hecho todo lo posible para darle a sus mínimas apariciones la máxima calidad. Lástima que las figuras masculinas no ofrecieron las mismas virtudes y sólo Miguel Córcega tuvo cierto lucimiento en el papel de carácter de Hilmar Tonnesen.

Creo que la representación con un poco más de adaptación al ambiente escénico, adquirirá el ritmo necesario y tendrá una larga vida en el foro del Jiménez Rueda.