FICHA TÉCNICA



Título obra La vida es sueño

Autoría Pedro Calderón de la Barca

Dirección Luis G. Basurto

Notas de dirección Guillermina Bravo / asistente de dirección

Elenco Carlos Bracho, Oscar Yoldi, Rosenda Monteros, Alfonso Meza

Escenografía David Antón

Coreografía Guillermina Bravo

Grupos y compañías Compañía del Claustro de Sor Juana

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Vuelve La vida es sueño” en El Día, 30 diciembre 1981, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Vuelve La vida es sueño

Malkah Rabell

Por una corta temporada, la Compañía del Claustro de Sor Juana Inés de la Cruz –que pasó la mayor parte del año 1981 viajando por España– vuelve a presentarse en México con la obra de Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño, esta vez en el Teatro de los Insurgentes.

Para comprender cómo este argumento, que se considera ha sido tomado de un cuento oriental, se pudo transformar en una típica y hasta didáctica creación cristiana del monje Calderón de la Barca, volvamos a repasar su tema, hagamos un breve resumen de su contenido. Historia de un joven príncipe polaco, Segismundo, a quien el sabio rey Basilio, su padre tiene encarcelado en una torre desde el nacimiento, porque le han predicho que su hijo llegará a ser un tirano muy cruel. Pero antes de morir, el anciano rey quiere hacer una prueba y permitir que Segismundo sea soberano un día. Libre de pronto de sus cadenas, en medio del boato cortesano, el príncipe revela tanta ferocidad que apenas llegada la noche y se duerme, lo llevan de vuelta a su prisión. Al despertar, su guardián el viejo Clotaldo, le ofrece como explicación del extraño suceso de que todo fue un sueño. Y el prisionero lo toma como verosímil. Pero en la última escena ocurre una revolución que arrebata el trono a Basilio y libera nuevamente al hijo, colocándolo en la cima del poder. Pero Segismundo, en la presente oportunidad, decide que pudiendo elegir libremente entre el bien y el mal, se porta con bondad y grandeza de alma. No toma venganza de su padre, sino que le pide perdón y restablece el orden. Es la derrota del antiguo hado de los gentiles. La teología cristiana, que permite elegir entre el instinto y la razón con libre albedrío, triunfa. Es la victoria cristiana de la buena voluntad sobre la predicción de los astros y resulta moralmente cristiana. Lástima que ese filosófico poema tenga como lunares unas historias galantes muy poco apropiadas para el conjunto del caso. Mas, en su época eran obligatorias para adornar el contenido de un drama.

¿Y cómo resolvió las complejidades de la puesta en escena el director Luis G. Basurto? Por de pronto, la representación contó con un excelente príncipe Segismundo, Carlos Bracho, que desde algún tiempo falta del escenario mexicano. Con esta vuelta, crea a un personaje que no se contenta con ser un héroe clásico, es decir siempre grandioso, sino que busca en su papel las razones realistas de su sicología y de su comportamiento. Este prisionero cargado de cadenas, educado en la soledad de una sierra montañosa, tiene mucho de una bestia, de un animal salvaje, y como tal se comporta. El peso de las cadenas lo acercó durante años al suelo, y así anda cuando ya se siente libre. A veces nos extrañarnos cómo ese joven feroz y sano se deja vencer físicamente por el viejo y enfermo rey Basilio. Hay también momentos, sobre todo en las ultimas escenas, cuando Segismundo, en la interpretación de Carlos Bracho y bajo la dirección de Basurto, adquiere tonos de alta comedia en lugar de tragedia. Y esto no deja de sorprender. La duda del príncipe ante la vida, si ésta es o no un sueño, en lugar de problema existencial grave, se torna en cierto modo cómico. Pero si el director considera que tal debe ser el tono de las ilusiones de Segismundo, y de que una obra donde todo termina bien también puede ser comedia, pues, indudablemente lo logró.

La misma incomprensión me embargó ante Clarín, el Gracioso, papel en el cual Oscar Yoldi no es ni cómico ni dramático, y a veces parece un padre de familia que se hace el payaso, y no logré comprender hacia qué intenciones tiende el personaje.

En cambio, Rosenda Monteros, como la Dama Rosaura, me pareció excelente, sobre todo en la parte cuando viste ropa masculina, y su voz de contralto le ayudaba a sostener la verosimilitud del personaje. En cuanto a Sergio Klainer, no me pareció a su acostumbrada altura, sobre todo cuando de personajes de carácter se trata. Como Astolfo, Duque de Moscovia, Alfonso Meza tenía mucha prestancia y simpatía.

Debo admitir que de la intervención de Guillermina Bravo, como coreógrafa y asistente de dirección, esperé mucho más. No entiendo muy bien por qué los soldados deben caminar siempre con paso de baile, ni por qué los intérpretes han de girar en torno de sí mismos, ni por qué han de subirse en sillas y bancos para hablar. En cambio, me parece que desaprovechó muchas posibilidades de introducir coreografías.

Lamento no haber presenciado las puestas escénicas en escenografías naturales. La de David Antón –quien en el presente año realizó muchas bellas creaciones en diversos espectáculos– para esta de La vida es sueño, con sus violentos tonos rojos del conjunto, y ciertos elementos como sillas y bancos que parecen peñascos, resultaba de plano fea.

Pero para el espectador quedaba el ritmo, la dicción clarísima de todo el conjunto que nos hacía llegar el verso calderoniano con sonoridad, y todo el espectáculo resultaba atractivo, interesante y comprensivo.