FICHA TÉCNICA



Título obra El contrario Luzbel

Dirección Alejandro Aura

Elenco Alejandro Aura, Paloma Woolrich, Mario Iván Martínez, Julieta Egurrola, Arturo Beristáin, Gina Pedret, Jorge Carrillo, Rosa María Gutíerrez, Antonio Monsell, Miguel Fernández

Grupos y compañías Sindicato de Actores Independientes (SAI)

Espacios teatrales Teatro Coyoacán

Notas El Teatro Coyocacán fue dado a conocer por Seki Sano veinte años antes

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Pastorela: El contrario Luzbel” en El Día, 28 diciembre 1981, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Pastorela: El contrario Luzbel

Malkah Rabell

El SAI, en su pequeño y bello teatrito, Coyoacán, en el mismo barrio del cual lleva el nombre, sigue representando en estas últimas noches del año, la tradicional pastorela anónima, que se supone es del siglo XVI: El contrario Luzbel. Muy simpático espectáculo que tiene la gran ventaja de realizarse bajo techo y no imponer a los espectadores el peligro de una gripe o peor aún, de una bronquitis. Pero el espectáculo empieza por una procesión que llevan a cabo todo el conjunto de actores, seguido por el público previsto de faroles y estandartes, que da un aire misterioso a ese recurrir bajo un cielo frío, nublado y sin estrellas, de los patios y claustros de la vieja casona colonial; y así tenemos la oportunidad de conocer ese edificio que Seki Sano hace 20 años descubrió y puso al servicio del arte escénico. Todos los pasillos, salas y salitas de la casa están adornados con los tradicionales símbolos de la Nochebuena: los nacimientos, las figuras de los Santos Reyes, los estandartes, los faroles, las piñatas. Luego, todos los espectadores vuelven a sus lugares en la sala, donde tampoco hace excesivo calor. Y empieza un espectáculo muy sencillo, sin pretensiones experimentales ni tampoco antropológicos. Con un conjunto de excelentes actores, en su mayoría muy jóvenes, de mucha frescura y espontaneidad, que le dan al verso una sonoridad melodiosa, un ritmo cantarín, digno del texto.

La historia es la de siempre, la tradicional: Luzbel, el Ángel Caído, el Señor del mal, trata de hundir la humanidad en el pecado, en el cieno de la maldad y del morbo. Pero en Belén, en un pesebre, nace un niño inocente que redime el mundo, y son los más inocentes, los pastores que los primeros lo reciben con sus cantos, sus dones y su amor. Muy interesante es la aclaración que en el programa de mano hace el director de escena, Alejandro Aura, en lo que a las pastorelas se refiere: "Hago una pastorela no por cristiano sino porque la pastorela tenía sentido para mis padres y para los padres de mis padres... Y cuando me pregunten, o me pregunte a mí mismo, quién soy, a dónde pertenezco, quiero saber por lo menos que no soy el primero que se hace esa pregunta y que tampoco tengo que contestar a solas".

En el papel de Luzbel, el mismo Alejandro Aura, excelente actor, aparece en traje moderno, y crea una figura de Satanás gran señor, con una especie de dignidad en su satánica búsqueda de la destrucción universal. Nada de exageraciones ni de caricaturesco. Nada de ese diablo risible que muchos directores se creen obligados de presentar para hacer reír a los niños. Alejandro Aura fue un diablo que sabía recitar versos y provocaba respeto. El papel del pecado lo tenía a su cargo la joven actriz que también es bailarina, Paloma Woolrich e impuso a su creación una permanente coreografía que acompañaba el texto. Graciosa en sus actitudes bailables, fue también excelente en su pronunciación. El pastor cantante Mario Iván Martínez tenía una preciosa voz. El breve grupo de pastores contaba con la muy conocida actriz Julieta Egurrola, que con una ejemplar humildad realizaba un personaje de conjunto, el de la pastora Flora, que Luzbel casi conquista, en tanto Arturo Beristáin hacía de Baro, otro pastor del grupo. Completaban el reparto Gina Pedret, Jorge Carrillo, Rosa María Gutiérrez, Antonio Monsell, y Miguel Fernández.

La escenografía resultaba muy graciosa precisamente por su sencillez, que imitaba la inocencia de los nacimientos populares, pero en tamaño natural.

El espectáculo se terminó por una procesión para pedir y dar posada. Y otra vez recurrimos todo el edificio cantando a voz en cuello y con mucha alegría, a pesar del frío, el ora pro nobis. Luego los niños, que eran numerosos, se dedicaron a romper la piñata entre gritos, risas y bromas de chicos y adultos. En tanto a los niños mayores y a los adultos les vendaban los ojos, a los chiquillos, por fortuna, se les dejaba dar de palos sin venda. Pero la máxima alegría que experimentó todo el público fue cuando aparecieron los deliciosos tamales con el no menos delicioso atole y ponche.