FICHA TÉCNICA



Dirección Julia Alfonzo

Elenco Julia Alfonzo, Graciela Orozco, Ludmila Martínez

Espacios teatrales Teatro Orientación

Notas Homenaje a Rosario Castellanos a partir de textos de la escritora.

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Homenaje a Rosario Castellanos” en El Día, 23 noviembre 1981, p. 32




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Homenaje a Rosario Castellanos

Malkah Rabell

Tres actrices, Julia Alfonzo, Graciela Orozco y Ludmila Martínez, en el escenario desnudo, sólo vestido de las luces cambiantes de las diablas, del teatro Orientación, ofrecían un espectáculo que aunaba verso y prosa de la eximia escritora chiapaneca, prematuramente desaparecida, Rosario Castellanos. La sala se hallaba llena de estudiantes de la Escuela de Actuación del INBA a quienes iba dedicada la representación, y quienes escuchaban en religioso silencio únicamente interrumpido de tanto en tanto por los aplausos y alguna breve risa.

Especie de collage antológico debido a Julia Alfonzo, que también fungía como directora de escena, el texto muy inteligentemente aunaba episodios breves, versos y párrafos de obras diversas de manera a crear una imagen autobiográfica de la poeta-novelista dramaturga en su máxima desnudez interior. Y era esa increíble modestia, esa pasmosa sencillez de Rosario Castellanos que en primer lugar surgía. Desde esas palabras en boca de la nodriza, tomadas de Balún-Canán: "Guárdala, como hasta aquí la he guardado yo, de respirar desprecio. Si uno viene y se inclina ante su faz no alardee diciendo: yo he domado la cerviz de este potro. Que ella también se incline a recoger esa flor preciosa –que a muy pocos es dado cosechar en este mundo– que se llama humildad" Lenguaje que algo tiene de bíblico. Y parece como si esta flor llamada humildad fuera a florecer en el jardín de su corazón con tan profundas raíces que nunca pudo arrancarla viento alguno. Y por más que se la conociera como creadora, por más que su obra adquiriera fama, ella siguió siendo la pequeña, la humilde Rosario, que de sí misma decía: "Soy más o menos fea. Eso depende mucho –de la mano que aplica el maquillaje...– Soy mediocre lo cual por una parte me exime de enemigos y por la otra me da la devoción de algún admirador" y más adelante, en el mismo poema, sigue: "Por lo general rehuyo los espejos –me dirían lo de siempre: que me visto muy mal– y que hago el ridículo cuando pretendo coquetear con alguien". Una imagen dura y despiadada de sí misma.

Y para terminar el diseño del autorretrato la antologista, Julia Alfonzo cita un párrafo muy conocido de Rosario Castellanos: "Soy la madre de Gabriel; ya usted sabe, ese niño –que un día se erigirá en juez inapelable– y que acaso, además ejerza de verdugo. –Mientras tanto lo amo–". Gabriel es ese niño de quien hablaba Rosario frecuentemente en sus artículos "que escribía una vez por semana" y en sus cartas, de Jerusalén. Ese niño que hoy, puede ser, es alto y moreno y ya nunca podrá ejercer de verdugo.

Luego, el ojo íntimo el que ve por dentro, así como el oído, pasan a otra secuencia. La del ambiente que rodeó a la escritora en su infancia. La de Chiapas. la de su Comitán natal, la de su Chactajal. Y basta una anécdota, también debida a Balún-Canán, donde interviene un indio orgulloso y rebelde, para crear el ambiente. La autora nos cuenta la celebración de una feria en Comitán, donde se instaló lo nunca visto: la rueda de la fortuna. La nana y Rosario van a subir. Pero he aquí que delante de ellas va un indio que pide su boleto en la taquilla: "Oílo vos, este indio igualado. Está hablando castilla. ¿Quién le había dado permiso?" "¡Un indio encaramado en la rueda de la fortuna! ¡Es el Anti-Cristo!" Pero mientras la rueda gira, la multitud que mira desde abajo empieza a gritar. La barra del lugar donde va el indio se ha desprendido. El hombre está a punto de matarse. Lo salvan. Pero en lugar de agradecer, pregunta sin gratitud: "¿Por qué pararon?" Y cuando se lo explican, alega orgulloso: "No me caí. Yo destrabé el palo. Me gusta más ir de ese modo". Y sostiene el desafío: "Quiero otro boleto. Voy a ir como me gusta. Y no me vaya a mermar la ración".

Las tres actrices en el escenario siguen representando diversos episodios, sugiriéndolos con sus voces y con sus actitudes plásticas. Episodios del pasado y otros de la época cuando va se luchaba contra el blanco, contra el patrón, contra la "Casa Grande", donde traen a un indio macheteado. "Un machetazo casi le habla desprendido la mano". Y como lo explica la nana: "Lo mataron porque era de la confianza de tu padre. Ahora hay división entre ellos, y han quebrado la concordia como una vara contra sus rodillas. Unos quieren seguir como hasta ahora, a la sombra de la casa grande. Otros ya no quieren tener patrón".

Pero el más bello poema nos llega en la voz de una canción. Es breve y doloroso como una paloma herida de la que habla: "Yo conocí una paloma –con las dos alas cortadas– andaba torpe, sin cielo –en la tierra desterrada...– La tenía en mi regazo –y no supe darle nada. Ni amor, ni piedad, ni el nudo– que pudiera estrangularla..."

No he llorado al leer Balún Canán este libro en prosa de las "Nueve Estrellas", nombre que dieron los antiguos al sitio donde hoy se alza Comitán. Tampoco he llorado al leer diversos poemas de Rosario Castellanos. Pero he Dorado al escuchar en boca de las tres actrices esos textos que la desaparecida escritora dejó en su corto paso por la tierra.