FICHA TÉCNICA



Notas Balance del X Festival de Teatro de la Universidad Veracruzana

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. X Festival de Teatro de la Universidad Veracruzana” en El Día, 12 noviembre 1981, p. 32




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

X Festival de Teatro de la Universidad Veracruzana

Malkah Rabell

La fama de la Institución Cultural extremadamente activa, la Universidad Veracruzana la tiene bien fincada desde hace muchos años: literatura, ediciones de libros y revistas, exposiciones de artes plásticas, y sobre todo sus grupos teatrales, ya profesionales, ya a nivel estudiantil, son conocidos y admirados por toda la República, sin perder nada de su aceptación en la capital donde a menudo sirven de ejemplo a los capitalinos. Los festivales de teatro que durante una época prolongada sólo se manifestaron esporádicamente, en los últimos 10 años adquirieron un cariz permanente y quedaron establecidos como una actividad anual, que en este 1981 por vez primera abandonó su sede en Jalapa, y como un esfuerzo más por la descentralización, se presentó en el hermosísimo puerto de Veracruz, bajo el cielo descubierto, en la Plazuela de la Campana, que durante la semana de su actividad gozó de unas noches tibias, y ¡Oh!, maravilla de maravillas, de un cielo estrellado, como ya nunca veremos en este triste D.F. nuestro. Y lo que tampoco hubiese podido suceder en Jalapa con las fantasías caprichosas de su clima.

Por azar me tocó ser jurado hace 10 años, en 1972, y la suerte me volvió a elegir para igual honor en este décimo festival de 1981. Creo que antes de preocuparme por los espectáculos, admiré al público que llenaba la plazuela con su sugestiva campana en el centro, que lamentablemente no fue aprovechada por los montajes escénicos. Los espectáculos se realizaban en un escenario tradicional improvisado, lo que tal vez era de lamentar, porque el espacio natural de la plazuela podía dar lugar a otra clase de foro capaz de permitir el aprovechamiento de todos los elementos propios del sitio. Pero si no lo utilizaron los directores (lo que seguramente harán en otras oportunidades), en cambio lo utilizó el auditorio, que llenaba los balcones de las casas vecinas, se asomaba a las ventanas se sentaba en las escalinatas. Y no sólo ignoraban cualquier molestia de esas nuevas manifestaciones a la puerta de sus casas, sino que sentíanse felices, interesados y entusiasmados, por igual que todos los demás espectadores que colmaban todos los rincones de la plazuela y no dejaban vacíos ni un solo de los incómodos asientos. Y era una multitud de espectadores de lo más heterogénea: niños, ancianos, estudiantes, amas de casa, damas de sociedad, jóvenes y adultos. Y todos felices de asistir a las representaciones de sus propios hijos, de su propia gente, tanto del puerto, como de Jalapa y de otras ciudades del Estado Veracruzano.

¿Qué decir de las 12 obritas breves que de a dos se representaban noche tras noche en el improvisado escenario de la Plazuela de la Campana? Desde luego, tanto las actuaciones como las direcciones en su mayoría ofrecían un valor a nivel estudiantil, y como tal habría de juzgarlas. Quienes surgían de los Talleres libres de actuación, o de otros grupos experimentales, ya ofrecían cierta experiencia en el desempeño de los quehaceres dramáticos. En cambio otros, los individualmente improvisados, no lo habían adquirido aún. Pero no es justo pensar que sólo los premiados tuvieron algo que decir al público. Los premios en la mayoría de los casos sólo poseen valores relativos. No se los puede estimar como una expresión de valor definitivo, ni tampoco se puede juzgar a los premiados como lo único valioso del festival. He asistido a gran número de festivales de teatro en el D.F. que no llegaban, ni remotamente al mismo nivel cualitativo que esta manifestación de jóvenes artistas veracruzanos. No se puede mencionar a todos, ni todos se lo merecen, algunos hasta más vale olvidarlos. Mas, por ejemplo, un espectáculo como La pira, de Óscar Villegas, dirigido por Sergio Peregrino con el Grupo de los Talleres Libres de Actuación del Puerto de Veracruz, aunque no obtuvo el premio al mejor grupo, no es menos valioso (según mi humilde opinión) que el premiado Grupo Gerundio en El alto y el bajo de Agustín del Rosario, que es más impresionante como obra del teatro del absurdo, pero también más fácil de dirigir con sus dos actores, en tanto que La pira enfrenta al director el manejo de 10 intérpretes. A su vez la dirección de El nido de amor, igualmente debida a Sergio Peregrino se nos antoja la más original del festival, pero rechazada por lo desagradable de la obra, tan cercana a lo pornográfico. Por fortuna, como todos los participantes del festival son aún muy jóvenes, si el teatro les importa de verdad, ya tendrán oportunidades de llegar mucho más lejos que a la victoria de un simple premio.

A menudo los festivales de teatro reflejan un estado de espíritu de la época. Hemos visto festivales que reflejan la moda del psicoanálisis; luego otros que trasmitían el espíritu preocupado por la política de los años posteriores a los 68, sobre todo entre los estudiantes. Actualmente en los concursos dramáticos se halla muy subrayada la inquietud por las repúblicas hermanas del Continente. Es extraño como la mayor parte de las obras de este X Festival de Teatro de la Universidad Veracruzana señala una gran heterogeneidad de gustos, con cierto predominio de la curiosidad erótica.