FICHA TÉCNICA



Título obra Los espectros

Autoría Henrik Ibsen

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco María Rivas, Raúl Zermeño, Leticia Perdigón, Alejandro Camacho, Justo Martínez

Escenografía José Cuervo

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los espectros” en El Día, 28 octubre 1981, p. 30




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los espectros

Malkah Rabell

Una de las obras más famosas del repertorio ibseniano, una de las más representada en los escenarios del mundo entero en los 100 años de su existencia, desde aquel 12 de diciembre de 1881 cuando apareció publicada, hecho que conmemora el Teatro de la Nación, Los espectros de Henrik Ibsen, hoy resulta envejecida por el enfoque de su argumento que se basa en la herencia de las enfermedades venéreas, mal actualmente superado (esperemos que en algún futuro no muy lejano el cáncer resultará igualmente superado y olvidado como un mal incurable). No obstante, pese a lo demodé de su meollo, la obra tiene tal garra dramática, tal creación de ambiente, tal diseño realista de los personajes con sus reacciones psicológicas, que el público permanece en tensión desde el primero hasta el último momento del espectáculo. El interés ni siquiera logra perderse, en esta representación en el teatro Julio Prieto, debido a una muy insuficiente puesta en escena, una pésima actuación de sus dos protagonistas y una absurda escenografía.

El papel de la Sra. Elena Alving, quizá la figura femenina más hermosa en la larga pléyade de personajes femeninos de Ibsen, es el de una mujer cabal, víctima de una sociedad hipócrita y mojigata, pero que en lugar de responder a esta sociedad con odio y una venenosa superioridad –como lo hace Hedda Gabler–, reacciona con la bondad de un ser humano preocupado por sus semejantes. Y esta mujer fuerte, comprensiva, madre abnegada dispuesta a los máximos sacrificios, hasta asumir la responsabilidad de la eutanasia de su único hijo, crea un orfanato en la pequeña ciudad, a orillas de una gran fiordo, donde vive. Lamentablemente ese hermosísimo papel ha sido entregado a María Rivas, la actriz menos apropiada tanto física como históricamente, para semejante interpretación. Las telenovelas son una mala escuela. Mas, si ella estuvo fuera de las exigencias de ese personaje, mucho menos captó las características del suyo Raúl Zermeño, como el pastor Manders. María Rivas es una actriz de poca proyección dramática, y el acento no le ayuda, pero tiene mucho oficio, en cambio Raúl Zermeño no lo tiene y se antoja un aficionado sin matices vocales, sin la necesaria presencia física y con una increíble monotonía en la creación del personaje. A Raúl Zermeño lo conocemos sobre todo como director escénico, becado durante varios años en Polonia, lo que no pareció ayudarlo mucho en sus primeras direcciones. Pero con el tiempo adquirió madurez profesional que en su último montaje para la Universidad Veracruzana: La boda, dio óptimos frutos. Mas, según parece, ser director no es lo mismo que ser actor. El propio Stanislavsky fue pésimo intérprete, según él mismo lo admitía. En su papel de Manders, Zermeño se veía como un joven que trata desesperadamente de imitar da madurez de ese sacerdote no tan malvado como estúpido y mediocre, a veces ingenuo y otras veces hipócrita, dispuesto a cerrar los ojos ante cualquier villanía si eso le resulta conveniente.

Sin llegar a lo óptimo, los dos intérpretes jóvenes, Leticia Perdigón y Alejandro Camacho, se adaptaban mucho más a sus personajes, ella como Regina, la sirvienta, y él, como Óscar Alving, el hijo enfermo de la Sra. Alving que en la última escena ha de imponer todo el clima dramático de la obra. Ambos jamás molestaban en sus episódicas apariciones. Un actor desconocido, Justo Martínez, resultó el más apropiado físicamente para el personaje de Engstrand, un viejo pillo, padre de Regina, que sabe aprovecharse de todas las debilidades de sus "superiores", de los de "arriba", para su propio interés.

Lo más extraño para esa representación de obra naturalista, donde debe predominar una atmósfera de oscuridad física y moral, en un clima frío y lluvioso geográfica y existencialmente, fue la escenografía, toda blanca, bella, etcétera y modernista, realizada por José Cuervo, con un montón de escaleras que subían y bajaban. Todas estas escaleras podían ayudar al desempeño de los intérpretes y hacer la obra menos estática. Pero en conjunto, todo ello se antojaba fuera de lugar y ahogaba la atmósfera dramática y realista de estos Espectros.

¿Hasta donde es culpa del director Rafael López Miarnau, por las fallas del montaje? Se me hace difícil responder. ¿No hay en el ambiente teatral de nuestra ciudad otra Sra. Alving que María Rivas? ¿No hay otro Pastor Manders que Raúl Zermeño? ¿Y esta imposición de una escenografía simbolista –simbolismo que en Ibsen aparece con tanta frecuencia, pero que en en el presente caso se me hace ausente–, a quién se debe? Las responsabilidades suelen adjudicarse al director, y no podemos negar que Rafael López Miarnau ha cometido en esta puesta en escena muchos errores.