FICHA TÉCNICA



Notas Balance anual del teatro en México en 1964, primera parte

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Balance de 1964”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 27 diciembre 1964, p. 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Balance de 1964 - I

Mara Reyes

Récord Olímpico: ni un autor nuevo

Nada halagüeño ha sido el panorama creativo dentro de la dramaturgia mexicana. Maruxa Vilalta presentó tres obras breves y una de duración normal, esto es: Soliloquio del tiempo, Un día loco, La última letra (tres monólogos) y Un país feliz. Antonio González Caballero estrenó dos obras: El medio pelo y Una pura y dos con sal. Aparte de estos autores sólo seis más (salvo alguno que se me escape involuntariamente) vieron representar una obra de ellos: Ricardo Pozas (Juan Pérez Jolote); Federico S. Inclán (Una noche con Casanova); Luis G. Basurto (Y todos terminaron ladrando); Juan García Ponce (Doce y una trece); Margarita Urueta (El hombre y su máscara); y Héctor Azar (Olímpica). Se representó también Landrú, una opereta escondida de Alfonso Reyes y algún disparate cómico de Alfonso Anaya.

¿Qué autor nuevo? Sólo podría hablarse de Ricardo Pozas, sin embargo no puede tomársele como dramaturgo pues siendo la ciencia su verdadera profesión, es de sospecharse que su incursión en el teatro sea esporádica. ¿Es posible pensar que no haya un solo autor nuevo en un México de varios millones de habitantes? ¿No es más factible pensar que los autores mexicanos encuentran siempre dificultades para llevar a la escena sus obras y que la mayoría de las veces estas dificultades son insalvables? Cómo no creer esto si los mismos autores a los que se considera “consagrados” no logran hacer que los empresarios se interesen en ponerles sus piezas.

¿Dónde está Un día de ira de Emilio Carballido –y señalo esta obra por ser la primera que viene a mi memoria– y tantas otras que sería largo enumerar?

La temporada de Oro del Teatro Mexicano que organizó el INBA terminó cuando precisamente se acabaron las “reposiciones”. En un año sólo presentó dos obras nuevas: Una noche con Casanova y la antes mencionada obra de Basurto; como puede verse no hubo en dicha temporada ningún interés en presentar nuevos autores ¿Quiere decir esto que no hay? No. Sí hay nuevos autores, lo que ocurre es que nadie se preocupa por darlos a conocer.

¿Cómo pedir que haya en México un movimiento teatral en auge si el autor –nuevo o no– se encuentra no sólo con que no puede escribir para que el teatro, sino que ni siquiera consigue que sus obras vean la luz? Un movimiento teatral no se nutre solamente de obras extranjeras, éstas deben completa [sic], pero el cimiento debe ser ante todo la producción nacional que es la que a fin de cuentas da fisonomía a un movimiento teatral. La Temporada de Oro fue un paso, pero todavía faltan muchos más.

Si analizamos qué cualidades debe tener un autor mexicano para que sus obras sean representadas nos encontramos ante el hecho real y denigrante de que debe ser: talentoso, trabajador y muy rico, o en su defecto “político”. ¿Por qué? Por la razón simple y llana de que en México no hay un organismo que se dedique a fomentar el teatro mexicano y al nuevo autor, aunque existe un Instituto Nacional de Bellas Artes. Un festival anual, como el que organiza el INBA no es suficiente para solucionar el problema ya que de ese festival se premia sólo una obra en UN AÑO. ¿Qué van entonces a hacer todos los otros que hayan escrito obras de teatro en ese año? ¿Qué medios tiene un autor para hacer representar sus obras? O la amistad con las altas autoridades o bien… tener dinero para pagar él mismo la escenificación de ellas y esto representa muchos miles de pesos, irrecuperables, debido, primero: al costo elevadísimo de cualquier producción y al bajo precio de las localidades y segundo: a que un autor sin “nombre” no puede llenar un teatro ya que en nuestro medio cuenta más “el nombre” que “el talento” y cómo se va a hacer “el nombre” si no se da oportunidad de representar sus obras a los nuevos autores. Es un círculo vicioso que la nueva administración debe tratar de romper.

Y no se hable ya de que un autor mexicano haga representar sus obras en el extranjero, para ello es preciso pertenecer a las altas esferas políticas, de lo contrario nadie se empeña en hacer una eficiente difusión fuera de nuestro país –sea por medio de ediciones, sea por otros medios– de los autores dramáticos mexicanos. El nuevo autor está condenado a buscar por él mismo que sus obras sean representadas y ésta no es su tarea, su tarea es escribir, trabajar en su superación, sin distraerse en otras actividades que van en detrimento de su propio trabajo creador.

Así como se fomenta la agricultura, la industria, se debe fomentar la educación… y el teatro, lo mismo que la novelística, la música o la pintura, forman parte de esa educación que no consiste sólo en aprender el abecedario. El aprendizaje del abecedario es un medio para llegar a la comunión espiritual entre los hombres y esa comunión espiritual se consigue a través del arte.