FICHA TÉCNICA



Título obra Leoncio y Lena

Autoría Karl Georg Büchner

Dirección Luis de Tavira

Elenco Leszek Zavadka

Coreografía Tulio de la Rosa

Música Federico Ibarra

Notas de Música Armando Zayas / dirección musical

Vestuario José de Santiago

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Leoncio y Lena, una ópera visual” en El Día, 28 septiembre 1981, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Leoncio y Lena, una ópera visual

Malkah Rabell

Reclamado por los naturalistas de fines del siglo pasado como a uno de ellos; considerado por los expresionistas como su precursor; en realidad Georg Büchner sólo en nuestra época logró cosechar laureles duraderos. Y los consiguió con la transformación en ópera de una de sus tres únicas obras que dejó al morir a los 24 años, en 1837. De esas tres piezas: Woyzeck; La muerte de Dantón; y Leoncio y Lena; sólo la primera llegó a conseguir fama y ser conocida por un público más numeroso con la música operística de Alban Berg. Y es apenas en el presente año, en México, en nuestro ambiente universitario, que al director de escena, Luis de Tavira, se le ocurrió poner música a otra de las piezas del malogrado dramaturgo alemán, a la comedia Leoncio y Lena, la música original encargada a Federico Ibarra.

Esta deliciosa obrita, que los teatros experimentales van redescubriendo, algunos críticos y estudiosos la pretenden precursora del teatro del absurdo. Lo que se me hace excesivo. El lenguaje de Büchner en Leoncio y Lena no pertenece al reino de las adivinanzas y de los enigmas. Su filosofía y sus moralejas son demasiado claras y comprensibles. Es más bien al reino de las hadas, al cuento de los niños, que corresponde la obrita, en su historia de un príncipe: Leoncio, y de una princesa, Lena, que forzados por sus padres a casarse sin conocerse, deciden cada uno por su lado, a huir, a fugarse a Italia, el país de las naranjas, donde se encuentran y se enamoran. ¿Fatalidad? ¿Destino? ¿O irónica parodia de muchas comedias de la época que solían recurrir a semejantes argumentaciones?, Pues Leoncio y Lena sin conocer sus recíprocas identidades, se casan y desean alzar una torre que se eleve hasta el infinito. "Pero todos los cimientos se resquebrajan y la tierra se abre hasta los abismos".

Como en la mayoría de las operas, la palestra tiene poca importancia y la letra casi no se la entiende. Sólo algunas frases merecen permanecer en la memoria: "...el que trabaja es un suicida refinado, y un suicida es un criminal. Y un criminal es un canalla. Entonces el que trabaja es un canalla..." Señor, humanamente sólo hay tres maneras de ganar dinero: encontrarlo; sacar a la lotería; heredar; o en nombre de Dios, robarlo. . . el que gana dinero de otra manera, es un canalla."

Pero, ¿hay alguien a quien le importe el texto en la sala? Es un espectáculo visual, cuya importancia y cuyo interés reside en la imagen debida a la puesta en escena de Luis de Tavira, a la escenografía y a los extraños trajes de José de Santiago, a la coreografía de Tulio de la Rosa. Espectáculo creado como un juego de niños, escenografía formada por un conjunto de juguetes grandes y chicos, por un conjunto de juegos de feria, como el tiovivo, los caballitos. Y los personajes resultan como muñecos, como títeres, o como figuras de la comedia del arte, con sus trajes de múltiples colores, rellenos como de jorobas en distintos lugares del cuerpo, con sus rostros enharinados. La constante agitación, los saltos y brincos de los intérpretes, creaban una coreografía más cercana de la acrobacia que del drama. Todo ello sugería algo mágico, un sueño infantil. La imagen atrae mucho más que la palabra y entre el público se oía mucho la repetición de la palabra: "mágico". El estilo de esta representación nos resulta ajena a la habitual creación de Luis de Tavira. Es un espectáculo novedoso y alejado de sus otras puestas en escena.

En cuanto a la música de Federico Ibarra, era realmente hermosa. No siempre muy accesible al oído, pero sugestiva. La presencia de los músicos en el escenario era un detalle especialmente fascinante, sobre todo por su colocación en la parte superior de la escena, como sobre un estrado. Lo que permitía al espectador observar cada movimiento de la batuta del director musical, Armando Zayas. la ópera se anunciaba como de "actores". ¿En qué consistía la diferencia? ¿En la falta de divos, o en la intervención de los micrófonos? Estos realmente no se notaban. Quizá la dirección se preocupó mayormente de la actuación en lugar del bel canto. No obstante pese a esa presencia de actores, había entre ellos una voz que no podía dejar de notarse. Una voz soberbia, la de Leszek Zavadka, en el papel de Leoncio. En cuanto a los demás, es cierto, su canto desaparecía ante tanto movimiento, ante tanta imagen, ante tanta recitación musical, ante tanto espectáculo visual.