FICHA TÉCNICA



Título obra Las alegres comadres de Windsor

Autoría Wiliam Shakespeare

Dirección Ignacio Sotelo

Elenco Mónica Miguel, Tara Parra, Chela Nájera, Charles Lake, Rafael Esteban, Alberto Velázquez, Javier Sije, Alfredo Sevilla

Escenografía Kleomenes Stamatiades

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Las alegres comadres de Windsor” en El Día, 14 septiembre 1981, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Las alegres comadres de Windsor

Malkah Rabell

Ante el genial autor isabelino, William Shakespeare, me dominan dos pasiones opuestas: adoro al trágico, y no soporto al comediógrafo. Y de todas las comedias shakespearianas, Las alegres comadres de Windsor, me parece la más pesada y aburrida. Publicada por primera vez en 1602, ¿qué aporta su puesta en escena a estas alturas del siglo XX, en un México lleno de problemas cada día renovados, en un mundo desgarrado por miedos y angustias? Comedia escrita en 14 días –lo que hasta para el gran William resulta excesivamente rápido–, se podía explicar en su tiempo, cuando su autor quiso darle gusto a la reina Isabel I de Inglaterra, y revivió en su nueva comedia, Las alegres comadres de Windsor al personaje de Falstaff, que tanto había fascinado a la soberana en una representación anterior, en la tragedia Enrique IV, donde por primera vez apareció el monstruoso gordo, para amenizar en el prólogo las terribles escenas de muerte y horror. Algunos estudiosos consideran que el tipo de Falstaff fue creado con la concepción humorística más grandiosa que haya aparecido sobre la escena, sólo comparable con el personaje cervantino: Sancho Panza. Se ha llegado a decir que Falstaff es el Sancho Panza inglés, y Shakespeare por boca del príncipe Enrique lo llama John Panza. Mas, esta comparación no me convence y me parece muy tirada de los pelos. La humanidad, la sencillez del pueblo, la capacidad de amor hacia quien considera su ídolo, el hidalgo de la Mancha, que caracterizan al personaje cervantino, no existen en el "monstruo" inglés, que sólo se le parece por la gordura, por la "panza". Falsfatt, hombre cobarde, ruin, fanfarrón, bebedor, ladrón y mentiroso, sólo, se ve atraído por la bajeza humana, en tanto nuestro Sancho sigue ciegamente a un amo por su nobleza de alma. En resumen, ese personaje que le fue sugerido a Shakespeare por una figura real, el caballero Oldcastle, sólo puede inspirar repugnancia y asco.

La historia y las aventuras matrimoniales, y extramatrimoniales, de las señoras Ford y Page, esposas de 2 burgueses instalados en Windsor, dan a la obra un sabor a comedia italiana, con un final de carnaval, de disfraces, que recuerda otra comedia shakespeariana: Sueño de una noche de verano, pero sin el encanto de ésta. A pesar de reducir los 5 actos originales a 2, la representación no deja de prolongarse con exceso, y las risas en la sala son escasas. De los 20 actores que forman el reparto, sólo las 3 mujeres: Mónica Miguel como la señora Ford; Tara Parra, como la señora Page, y Chela Nájera, como la celestina de ambas, son las únicas que divierten y llaman la atención... Las 3 son dueñas de una dicción clara, de unas voces sonoras y de un temperamento cómico vivaz y natural. La aparición de estas 3 figuras en el escenario sacude la modorra del auditorio y da al espectáculo un nuevo interés.

En cuanto a las figuras masculinas, muy numerosas, la mayoría carece de la presencia necesaria. Shallor, el juez, interpretado por Charles Lake, resulta demasiado alto, y sus 2 acompañantes, su sobrino Slender y el reverendo Evans, interpretados por Rafael Esteban y Alberto Velázquez, respectivamente, resultan demasiado bajos, lo que da al trío un permanente aspecto de caricaturas, probablemente buscado por el director, pero muy desagradable de presenciar. En el papel de Caius, el doctor francés, Javier Sije, físicamente adecuado y parecido a Enrique Tercero de Valois, tiene una pronunciación tan enrevesada que no se entiende nada. Falsfatt, en realidad la figura central, el personaje clave, en la interpretación de Alfredo Sevilla, sobreactúa y no logra darle a ese protagonista la importancia exigida por el texto.

La dirección de Ignacio Sotelo –que tan magníficamente dirigió El campo, hace unos meses en el teatro del Politécnico– en cambio en la presente oportunidad no agrega nada nuevo a la tradicional puesta en escena. La costosa producción –de 5 millones– con sus trajes de mal gusto y su escenografía de Kleomenes Stamatiades, resulta gratuita. Ni el vestuario, ni la escenografía pueden salvar el espectáculo, que no es malo, sino gratuito.