FICHA TÉCNICA



Título obra Asesinato en la catedral

Autoría T.S. Eliot

Notas de autoría Héctor Ortega /paráfrasis

Dirección Héctor Ortega

Elenco Marcofilio Amílcar, Roberto Sosa, Héctor Ortega

Grupos y compañías Sindicato de Actores Independientes (SAI)

Espacios teatrales Centro Cultural Copilco

Notas El Centro Cultural Copilco estuvo ubicado en Odontología no. 17

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Paráfrasis de Asesinato en la catedral” en El Día, 31 agosto 1981, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Paráfrasis de Asesinato en la catedral

Malkah Rabell

En la Colonia Copilco-Universidad, en la calle Odontología No. 17, se encuentra una librería, que tiene una minúscula sala de conferencias donde lleva sus actividades culturales bajo el nombre de Centro Cultural Copilco. En esta salita, de escenario apenas esbozado, donde apenas cabe una mesa y una silla, un grupo de jóvenes intérpretes del Sindicato de Actores Independientes, el SAI, decidió trasladar sus representaciones y crear una nueva fuente de trabajo. Dudo que fuera una "fuente de trabajo" muy próspera, ya que los espectadores no abundan. Pero con una terquedad muy digna, esos "saístas" continúan sus espectáculos desde tres meses, pese a todas las dificultades materiales.

Para iniciar su temporada y su repertorio, el grupo eligió un drama en verso del poeta-dramaturgo inglés, de origen norteamericano, T.S. Eliot: Asesinato en la Catedral, cuyo argumento, el asesinato del arzobispo Thomas Becket, ultimado en la Catedral de Canterbury el 29 de diciembre de 1170, por varios nobles enviados por el rey Enrique II de Inglaterra, adquirió en los últimos tiempos una repentina actualidad debida al asesinato del arzobispo Monseñor Oscar Arnulfo Romero en El Salvador, en condiciones no muy diferentes. Suceso que permitió al autor mexicano, Héctor Ortega, crear una paráfrasis –interpretación amplificada de un texto–, adaptada a las condiciones modernas. El drama de T.S. Eliot –escritor católico militante– se ajusta en lo esencial a la tradición religiosa que ha convertido a Thomas Becket en el santo más famoso de Gran Bretaña. Quizá con el tiempo, también el arzobispo salvadoreño, Monseñor Romero, llegará a adquirir la misma aureola.

Autor de la paráfrasis así como de la puesta en escena, Héctor Ortega, sin cambiar gran cosa al texto original, logra imponer una sensación de ámbitos y de finalidades distintos, con el solo recurso de vestuario y de ciertos elementos modernos. Sobre todo donde la dirección recurre al espíritu actual, es en el momento cuando, ya muerto el protagonista, Becket-Romero, sus asesinos, en un lenguaje visiblemente moderno, tratan de explicar sus actos al público, con las causas y razones que deben servir los intereses políticos de una clase social y de un determinado gobierno. Este repentino lenguaje de mitin, no deja de molestar. Pero no ha sido inventado para la necesidad de la causa por el director y autor, sino se debe al propio dramaturgo inglés, quien lo explica en el prólogo para la edición española: "...cuando mis asesinos se dirigen en prosa al público, les hago emplear un lenguaje tan claramente moderno, que al auditorio no le cabe la menor duda de que se hallan en presencia de un voluntario anacronismo..." Vestido de militar uno de los asesinos, y los otros dos con trajes modernos y actitudes de agentes secretos, hablando un lenguaje netamente político, el auditorio queda convencido, por si acaso aún dudaba; que la representación se refiere a hechos actuales.

La necesidad de un coro clásico, como lo exige el original, ha sido reducido, por razones obvias, en ese "Teatro Mínimo", a dos figuras femeninas. Dos mujeres del pueblo que logran dar la impresión de una colectividad poseída de miedo y desesperación ante la muerte cercana. A su vez, todo el conjunto contaba con ocho actores, que se veían a veces en la obligación de usar máscara, por las mismas razones que lo hacían en la antigüedad los actores griegos: para actuar en personajes diversos. Esos jóvenes intérpretes, entre quienes figuraban actores ya de muchas tablas, conocidos por sus actuaciones en obras teatrales y cinematográficas, como Marcofilio Amílcar y Roberto Sosa, formaron un conjunto que no dejaba de ser profesional a todo lo largo de la representación. En cuanto a Héctor Ortega, en el papel protagónico del arzobispo, se antoja mucho más director y escritor que actor. Su dirección, pese a lo reducido del espacio escénico, que creaba permanentes problemas, pudo imponer a la representación mucha disciplina y un movimiento plástico no sólo conveniente sino hermoso.

Lástima que la lejanía y la falta de publicidad impide a ese grupo artístico llegar hacia un público más amplio.