FICHA TÉCNICA



Título obra La boda

Notas de Título Die Kleinburger Hochtzeit / título en el idioma original

Autoría Bertold Brecht

Notas de autoría Raúl Zermeño / adaptación

Dirección Raúl Zermeño

Elenco Guadalupe Bocanegra, Metztli Adamina, Rosalinda Ulloa

Espacios teatrales Teatro Milán, Foro teatral de la Universidad Veracruzana

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La boda o Brecht a la mexicana” en El Día, 13 abril 1981, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La boda o Brecht a la mexicana

Malkah Rabell

Cuando una obra nacional tiene éxito, lo tiene mucho más caluroso y prolongado que la mejor obra extranjera. Una pieza nacional que interesa, posee el don de despertar cuerdas sentimentales en toda clase de públicos indiferentes ante la mayoría de espectáculos foráneos. La boda, que llega a las 100 funciones en el teatro Milán, foro teatral de la Universidad Veracruzana, aunque basada en Die Kleinburger Hochtzeit de Bertold Brecht, resulta en la adaptación de Raúl Zermeño una auténtica comedia mexicana, que probablemente no hubiera dejado de divertir al mismo Brecht, quien sin embargo no era fácil de divertir. Y su éxito parece que va para largo, no sólo en la capital, sino en la provincia.

Adaptar una obra de ciudadanía determinada a otra, es asunto complejo, y casi siempre corre el riesgo de fracasar. Por que todo pueblo tiene una determinada idiosincrasia que inconscientemente transmite el dramaturgo. Cambiar los nombres de ciudades, de personajes, así como agregar algunos localismos, en nada altera esa pequeña vena idiosincrática que subyace en cada drama. Desde luego, Brecht siempre fue muy cosmopolita, la generalidad de sus creaciones dramáticas están situadas en los más distintos rincones del mundo: China, Inglaterra, Dinamarca, Suecia, etc., y tienden a mezclar los rasgos raciales para subrayar las características universales del hombre, y sobre todo de las clases sociales, como la "clase media" en este caso de Boda pequeñoburguesa.

Raúl Zermeño ha enfrentado a los pequeños burgueses brechtianos con un agudo bisturí y les ha cercenado su germanismo –aunque no del todo–, reemplazándolo por una capa bastante espesa –aunque no lo suficiente– de mexicanismo. Y nos presentó un espectáculo que hacía reír a carcajadas por sus características que de pronto se revelaron mexicanas, un auténtico estudio del "relajo". Tal vez muchos espectadores nos sentíamos en el fondo del alma un poco molestos ante tantos defectos que se nos iban amontonando en el escenario. No creo que un recién casado mexicano, si la noche de la boda se le presenta en casa el ex novio de su nueva cónyuge para insultarla en una canción alusiva, se quedaría de brazos cruzados y la boca cerrada. Lo menos que haría es matar a su rival. Tampoco creo que resultaba necesario desplegar tanto chiste a doble sentido que imponían a ciertas escenas un sello "Blanquita".

Mas, el público no dejaba de reírse con esa novia tan virginal, que no obstante iba pronto dar a luz; nos reíamos con la suegra que preparó el mole tradicional acompañándolo con las más tradicionales recomendaciones, expresiones y gracejos; nos reíamos con el suegro que contaba las anécdotas que menos venían al caso en semejante situación; con la hermanita de la novia que se perdía con su galán en la cocina para preparar la crema; con los amigos vecinos, un marido víctima y una esposa de una maldad tan odiosa que terminamos por odiar a la inocente actriz, quien en compañía del amigo del novio, no menos odioso, ayudaron a echar a perder la alegría de la boda. Y de lo que más nos reíamos era de los muebles hechos por el novio que se rompían a cada rato hasta dejar la casa en la desolación; lo que en realidad resultaba como un símbolo de esa pequeña burguesía que se autodestroza, que se destruye hasta quedar en la ruina.

Quizá lo que más admiraba en esa representación era la capacidad de los actores, o mejor dicho la capacidad del director de manejar a tan jóvenes actores, probablemente principiantes, que cantaban, bailaban y se desenvolvían en el escenario con muchas naturalidad. Sobre todo llamaba la atención la novia, Guadalupe Bocanegra, que ejecutó una danza en la mesa con mucha gracia, y con no menos gracia bailó el rock and roll; la hermanita, Metztli Adamina, encantadora imitación de Marilyn Monroe en el caminar, hablar y mover el cuerpo; y hasta la sirvientita, Rosalinda Ulloa, parecía como si el director la hubiese ido a buscar a su pueblo nativo. En general, Raúl Zermeño se mostró muy hábil en buscar para cada personaje la exacta presencia necesaria.

Para terminar la velada, la placa de las 100 representaciones fue develada por nuestro genial camarógrafo Figueroa, lo que cerró la noche con un broche de oro.