FICHA TÉCNICA



Título obra El hombre y su máscara

Autoría Margarita Urueta

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Carlos Ancira, María Teresa Rivas, Javier Marc, Bernadette Landrú, Mercedes Carreño, Lily Inclán, Eduardo Borja. Niños: Fernando y Ramón Aguirre

Notas de elenco Músicos: Armando Alvírez, George Alduvín, Luis Urías

Escenografía Alejandro Jodorowsky y Luis Urías

Música Luis Urías

Vestuario Alejandro Jodorowsky y Luis Urías

Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta

Notas Bernardette Landrú puede ser Bernadette Landrú, Javier Marc puede ser Xavier Marc

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 13 diciembre 1964, pp. 4 y 7.




Título obra Locuras felices

Autoría Alfonso Arau

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Alfonso Arau

Notas de Música Federico Smith, Leo Prower y Jesús Ferrer / arreglos musicales

Espacios teatrales Teatro Milán

Notas de productores M. P. Boulesteix / representante

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 13 diciembre 1964, pp. 4 y 7.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

El hombre y su máscara

Mara Reyes

El hombre y su máscara. Teatro Jesús Urueta. Autora, Margarita Urueta. Dirección, Alexandro Jodorowsky. Escenografía y vestuario, Alexandro y Luis Urías. Música, Luis Urías. Reparto: Carlos Ancira, María Teresa Rivas, Javier Marc, Bernadette Landrú, Mercedes Carreño, Lily Inclán, Eduardo Borja, Armando Alvírez, George Alduvín, Luis Urías (estos tres músicos) y Fernando y Ramón Aguirre (dos niños).

Obra netamente sicológica en la que los problemas del inconsciente toman cuerpo en imágenes, a través de una dirección escénica que se desenvuelve sin temor a la verdad a veces cruel e impura de los instintos. Margarita Urueta expone las relaciones que existen entre los miembros de una familia –entre sí, y entre ellos y el mundo exterior– dándoles trascendencia de símbolo. El personaje que como un vampiro extrae de todos los demás su vitalidad, es la madre, eje de la acción pero siempre visto a través del lente adulterado de uno de sus hijos, el mayor: Alain.

Parece que Alain estuviera siempre dentro de la madre, sin poder nunca cortar el cordón umbilical. Primero se siente atrapado por no poder competir con su propio padre, quien al morir le deja el campo libre al lado de su madre. Después siente la rivalidad con el hermano, Tomás, quien a su vez siente una recíproca rivalidad por Alain que acapara la atención de la madre. Para Alain no es suficiente atraer a la novia –y después esposa– de Tomás; el deseo incestuoso por Elena no le salva de su pasión edípica. Surge un nuevo rival, el amante dela madre; Alain vuelve los ojos al exterior. La manicurista es el blanco. Es su venganza. Pero no es suficientemente fuerte, la cadena no se ha roto. Al abandonar a la manicurista en medio del peligro se entera de la muerte de su madre. Es entonces cuando sobreviene la tragedia de Alain. Su culpabilidad no es tanto por haber abandonado a la manicurista, sino por haber dado muerte inconscientemente a a su madre, muerte que al verificarse, por azar, en la realidad, desencadena su sentimiento de culpa. Su refugio es crear un mundo propio en el cual la madre revive, ahora tiene a su madre para él, nadie se la arrebatará, no existe posible rival, puesto que ella vive sólo en él. Se recluye en este nuevo mundo e incapaz para renunciar a él, de creador de muñecos se convierte él mismo en muñeco de cuerda manejado por ese mundo inconsciente que desde ese momento será también su mundo real.

Ningún director podría haber plasmado en forma mejor ese universo onírico de [p. 8] Margarita Urueta, que Alexandro. Cada palabra va cimentada por una acción que la hace trascendente. No se trata de hacer definiciones y decir que su forma teatral es “expresionista” o “simbolista”, no se trata de poner etiquetas, sino simplemente de observar cómo un director encuentra la forma idónea para transmitir un mensaje. Por ejemplo, en un momento dado, el personaje de Alain expresa que “siente un gran peso”, en ese instante, para mostrar cuál es ese gran peso, Elena (novia del hermano) se cuelga en la espalda de Alain. De este modo que parece tan simple, pero que, como el huevo de Colón había que descubrirlo, el contenido inconsciente de la frase queda a la vista. Y como este, todos los parlamentos van apoyados con esas imágenes plásticas que revelan el inconsciente de cada personaje, el móvil de cada acción. Alexandro con esta obra vuelve a demostrar que su talento es de aquellos que se imponen a pesar de todos los obstáculos, de todas las diatribas en su contra y de todos sus detractores, porque su arte es verdadero.

Carlos Ancira, el insustituible actor del teatro vanguardista, vuelve a la escena después de haber dejado un imborrable recuerdo con la interpretación de El diario de un loco de Gógol. Esa ternura y esa profundidad que sabe proyectar, denuncian su gran sensibilidad. Cada matiz lleva una emoción implícita, sea dosificada, sea exaltada, pero siempre correspondiente a la medida exacta de la intención.

En una actuación totalmente diferente de aquellas que a lo largo de su brillante carrera ha brindado María Teresa Rivas, esta actriz deja adivinar el enorme influjo que el director ha tenido en ella. Su expresividad se ha hecho más rica, su técnica más depurada.

Hay en todos los actores, lo mismo en Javier Marc que en Bernadette Landrú, ese afán de dar a su actuación una trascendencia, de borrar lo convencional, de destruir el molde para abrirle paso a la expresión pura, dejándola en la mayor libertad posible.

Una nueva actriz –como siempre, Alexandro descubre nuevos elementos– Mercedes Carreño hace su aparición entrando por la puerta grande. La música como otro personaje (esta vez tomando cuerpo sobre la misma escena) viene a representar el mundo exterior, la periferia del conflicto entre Alain, su madre y su mundo. Excelente la sencilla escenografía, ese álbum familiar que muestra sus fotografías como un museo, la historia a retazos de la humanidad, escenografía de la que son coautores Luis Urías (de quien es también la música) y el propio Alexandro.

Locuras felices. Teatro Milán. Dirección, Alexandro. Arreglos musicales de Federico Smith, Leo Prower y Jesús Ferrer. Un espectáculo de Alfonso Arau.

Otro espectáculo dirigido por Alexandro se halla en cartelera, éste no de teatro, más bien, si hay que adjudicarle algún nombre podría llamarse de “variedad”, en la acepción literal de la palabra, ya que ahí hay como un muestrario, un poco de todo: de mímica, de canto, otro poco de baile y hasta de pantomima de manos. El showman es Alfonso Arau, un cómico de buena cepa que sabe dar a cada número la atmósfera debida.

En momentos todo es regocijo, en otros es crítica de una realidad, como cuando Arau es un pollito que al romper el cascarón ve el mundo tan desagradable que quisiera volver al interior del huevo; en otros es ternura, como cuando convertido en titiritero de manos, que no de títeres, obsequia toda su ganancia a los niños. Largo sería enumerar las implicaciones de cada uno de los “números”. Solamente queda decir que se trata de un espectáculo completo que Alexandro, Arau y su representante, la señora M. P. Boulesteix piensan llevar a Francia y a otros países. Con toda seguridad cosecharán muchos aplausos.